jueves, 15 de septiembre de 2022

TRES POEMAS DE TIERRAS ALTAS DE FERMÍN HERRERO

 

 

 

 

Un pájaro amarillo y gris me mira,

diminuto, parado sobre un ruejo,

el tiempo, y desde la cabina del tractor

—toda la puta tarde quitando piedras—

lo envidio. Es la imagen de quien jamás

seré, donde no cabe la conciencia,

la muerte repentina. Y sin embargo,

desde su inapelable albedrío a salvo

del recuerdo, unos ojos naciendo súbitamente

en otros —muchas horas cargando solo

el remolque— o quizás buscándose

a sí mismos me acaban de decir

lo que sostiene mi trabajo, más allá

de su absurda mecánica. Ahora todo

es inminencia aunque fuera

un instante —voló y mi mirada

no lo encuentra—, aunque sólo fuera

un amago de diálogo imposible.

No conoceré otra manera

de apuntalar los días

 

—CABRIO—

 

 

 

Todo poema acota un espacio

y lo funda, baliza un territorio. Aquí

la altura es páramo

y remanso —los hombres callan— pero

el agua baja de los montes y su voz

desnudándose al aire me traspasa. Muchos

aquí se van y pocos

vuelven, los que se quedan vagan

como espectros rulfianos pero

su corazón sin catastrar ignora

la prisa y los registros. Aquí

los frutos son de otoño y cuando

llegan, porque las casas dan

al invierno y la flor se desploma

en ruina al pasmo de las noches

en pueblos sin escuela ni tabernas. Pero

todavía en algunos

es virtud la templanza y no se pierde

el hombre por el lucro o la apariencia. Estos

son los dominios del silencio. El tiempo

aquí se para. Y me traduce.

 

—MOJONERA—

 

 

 

Los girasoles son contorsionistas

a piñón fijo, su mirada preludia

la salida del sol y en él se embeben.

Son extraños aquí, parece

que sintieron pudor de su origen,

trasplantada su mala conciencia desde

las subvenciones de Bruselas. Suelen,

por eso, frecuentar testarales, redimirse

pedregosos de cerro en cerro. Aun con

todo, cautiva su belleza —porque además

no requieren abono y apenas necesitan

agua para criarse, les bastan

unos pocos chaspazos de tiempo—. Pero

es efímero su fulgor amarillo,

doblados bajo el peso del aceite

agachan pronto la cabeza, ennegrecen

hasta fundirse en el terreno. También

en esto son como nosotros. Si hay agua a mano,

en su vejez de octubre los aturden bandadas

de pardales atiborrándose de pipas. Su simiente

es tenaz, más baldía; resisten en invierno

el gradeo y la sementera, pero, al crecer, les va

robando el cereal la mirada nutricia

del sol. También en esto nos delatan.

 

—DE LO EXTRAÑO Y LO PROPIO—

 

 

 

Fermín Herrero

Tierras altas

 

Hiperión


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