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viernes, 3 de abril de 2026

CUATRO POEMAS DE BLANCA VARELA EN POESÍA REUNIDA

 






Mediodía


A José María Arguedas



Todo esta preparado para el sacrificio.

La res muge en el templo de adobe.

Lágrima dura y roja,

canchales de fuego,

silencio y olor fuerte de girasol,

de gallos coronados.


Ni una hoja caerá,

sólo la especie cae,

y el fruto cae envenenado por el aire.


No hay centro,

son flores terribles

todos estos rostros clavados en la piedra,

astros revueltos, sin voluntad.


Ni una hora de paz en este inmenso día.

La luz crudelísima devora su ración.


El mar está lejano y solo,

la tierra impura y vasta.



―――――――――――



Nadie nos dice



nadie nos dice cómo

voltear la cara contra la pared

y

morirnos sencillamente

así como lo hicieran el gato

o el perro de la casa

o el elefante

que caminó en pos de su agonía

como quien va

a una impostergable ceremonia

batiendo orejas

al compás

del cadencioso resuello

de su trompa


sólo en el reino animal

hay ejemplos de tal comportamiento

cambiar el paso

acercarse

y oler lo ya vivido

y dar la vuelta

sencillamente

dar la vuelta



―――――――――――



Persona



el querido animal

cuyos huesos son un recuerdo

una señal en el aire

jamás tuvo sombra ni lugar


desde la cabeza de un alfiler

pensaba


él era el brillo ínfimo

el grano de tierra sobre el grano

de tierra

el autoeclipse


el querido animal

jamás cesa de pasar

me da la vuelta



―――――――――――



Ternera acosada por tábanos



podría describirla

¿tenía nariz ojos boca oídos?

¿tenía pies cabeza?

¿tenía extremidades?


sólo recuerdo al animal más tierno

llevando a cuestas

como otra piel

aquel halo de sucia luz


voraces aladas

sedientas bestezuelas

infamantes ángeles zumbadores

la perseguían


era la tierra ajena y la carne de nadie


tras la legaña

me deslumbró el milagro mortecino

la víspera el instinto la mirada

el sol nonato


¿era una niña un animal una idea?


ah señor

qué horrible dolor en los ojos

qué agua amarga en la boca

de aquel intolerable mediodía

en que más rápida más lenta

más antigua y oscura que la muerte

a mi lado

coronada de moscas

pasó la vida.




Blanca Varela

Poesía reunida,

1949 – 2000


Casa de Cuervos & Sur Librería Anticuaria



lunes, 23 de febrero de 2026

CÉSAR VALLEJO HABLA DE LA MUSA CON BLANCA VARELA MIENTRAS SE BEBE UNA INKACOLA DE LUIS FELIPE COMENDADOR EN NO ESTAR COMPLICA EL IRSE

 






César Vallejo habla de la musa

con Blanca Varela mientras

se bebe una Inkacola




LA MUSA es nocturna,

como una lechuza vieja y canalla,

igual que un crimen

o el muslo de una diosa en el mármol pulido.


Dicen que aprendió a llagar en las cabezas de los hombres

bajo el techo de un prostíbulo de amapolas y cíngulos,

y que se fue de allí

para enclaustarse no se sabe dónde.


Algunas noches viene a verme sin avisar,

penetrando en mi cabeza como las aves que migran,

y lleva trenzas de matrona suiza

enmarcando su tez de arena…


Otras noches se me aparece de pronto

como un luto hecho de aguamarina,

y me muestra su esqueleto fluvial

mientras introduzco mis manos entre su blusa

para lavarme un poco

[esos días tiene cadencia de médula

y me presta sus mimbres para hacerme una silla]…


En otras ocasiones se me aparece como el caramelo

caliente, peligrosa y casi adolescente,

y me muestra sus caderas enormes

y hasta me invita a entrar en ellas

con un gesto de sus manos finísimas

[yo entro]…


Pocas veces llega como una lejanía y solo es aliento

[ánimo/ánima],

y esos días parece que soy yo quien pergeña los

textos y los trazos más inspirados

[ya aprendí hace tiempo que no es así],

que soy tan poderoso como un remanso

y tan efímero como un viento en verano…


Casi nunca trae pupilas,

pues utiliza las mías para verme

y hacerme ver por ellas…


Y nunca se despide

porque es tábano en su parte masculina,

porque es mis venas si no se trae sus branquias,

porque sabe el secreto

y se atreve a guardarlo

hasta que yo decida violarlo en los helechos de su pubis.


La conozco de siempre,

como al Cristo de las puertas

que muestra el corazón entre las manos,

como a la cruz que conforman las tijeras abiertas,

como al agua manando de una fuente,

como a las euphorbias

y al falso anís que crece en el pie de los muros,

como al pan caliente

y al olor a tabaco.


Hoy ha venido a verme

y me ha sembrado de líquenes en la pierna derecha…


«Camina siempre al Norte me dijo,

porque, si no,

no prosperarán nunca».




Luis Felipe Comendador

No Estar Complica el Irse


Reino de Cordelia


viernes, 14 de diciembre de 2018

CARTA A GEORGE B. MOORE EN DEFENSA DEL ANONIMATO UN POEMA DE JOSÉ EMILIO PACHECO




Carta a George B. Moore en defensa del anonimato


No sé por qué escribimos, querido George,
y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos
una botella al mar que está repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la arrojarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo.



Y sin embargo no es inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
me llama usted de Estes Park, Colorado,
me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
Después recibo un telegrama inmenso
(lo que se habrá gastado usted al enviarlo).
En vez de responderle o dejarlo en silencio
se me ocurrieron estos versos. No es un poema,
no aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, así lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.

Para empezar a no responderle,
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
dejo a otros el comentario, no me preocupa
(si tengo alguno) mi lugar en la historia.
(Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora,
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.

No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que algun desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto –dijo Pessoa–
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.

Extraño mundo el nuestro: cada vez
le interesan más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas y pleitos con los demás payasos del circo,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto de dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace mucho tiempo en editar una revista.
Iba a llamarse «Anonimato».
Publicaría no firmas sino poemas;
se haría con poemas, no con poetas.
Y yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.



José Emilio Pacheco

Las ínsulas extrañas

Antología de poesía en lengua española (1950-2000)
Selección de Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente, Blanca Varela

Galaxia Gutenberg