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lunes, 7 de septiembre de 2026

HAIKÚS DE LA SOGA DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ EN DIECISIETE ALFILES

 






HAIKÚS DE LA SOGA




Esparto ronco

que agita entre sus hebras

la flor del odio.




Salto, castigo

y pies que se deslumbran

por lo caído.




Favor muy flaco

el del hilo que niega

su desacato.




Cordel torcido

del que caen las palabras

y los mendigos.




Polietileno

que estremece el lenguaje

contra su cuello.




Palo en la rueda.

Y en la boca, empalada,

flor que no ceja.




Nombrar la soga.

Ganarle a su estampida,

su lengua rota.




María Ángeles Pérez López

Diecisiete alfiles


Adaba Editores


martes, 18 de febrero de 2025

TRES POEMAS DE RUPESTRE DE CELIA CARRASCO GIL

 



 

 

 

PALABRA EN RAMA

 

 

Quisiste ser un cuerpo de secano,

integridad promiscua de la harina,

ser afable calvario en cada exilio:

molino y tocador al mismo tiempo

del polvo

tamizado

por la lluvia.

 

 

―――――――――――

 

 

PRIMER EXILIO

 

 

Atravesar fronteras, entre estados

t  e  n  u  e  s    d e    l a    m  a  t  e  r  i  a

y ser postilla en celo hacia la luz,

ser linde de haz crispado entre los párpados

en un

fugaz

intento

de entraña hacia su marcha o apertura.

 

Tañer la piel del mundo.

cicatrizar la linfa del dolor

y ser la claridad fosilizada

de un hueco germinal que se vacía.

El nimbo pedregoso

de un ensueño hacia afuera,

pirita que se comba y que proclama

el residuo precioso de su vida.

 

 

―――――――――――

 

 

BOCA DE INCENDIOS

 

 

Vacía está la concha de los nombres,

y, sin embargo,

la voz limaco todavía sueña.

Su aire súbito

duerme un fuego molusco y pegajoso.

Se sale

de la boca

que lo cerca.

Y es el paladar

es otro cráter más

defenestrado,

es un animal cuenco,

tan solo un reptil toldo

en donde abreva al verbo su materia.

 

 

 

Celia Carrasco Gil

Rupestre

 

Prólogo de Alfredo Saldaña

Solapa de María Ángeles Pérez López

 

Olifante Ediciones de Poesía


martes, 24 de septiembre de 2024

LA BELLEZA DE LA MATERIA DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ

 





ENTONCES es que el amor es uno de los modos de la mirada. Siempre lo han sabido los girasoles, que no cejan en la lenta y febril persecución de la luz a lo largo del día. Sin embargo, cuando llega la noche caen vencidos «por tanto grano, tan loca empresa», como escribió Claudio Rodríguez. Son desproporcionadamente altaneros, hermosísimos en el crecimiento desigual de los tallos. Y una vez maduros, se asientan mirando hacia el este. ¿Hacia su propio Edén?

Tanto amor, tanto grano ante la muerte.



―――――――――――



PEDIR asilo en la tierra de mis muertos. Haber sido materia y que se borre, que vuelva hacia la larva y sus metamorfosis, la entrega y cesión de cada mito, el nombre propio y el nombre común, aquellos topónimos que atravesamos como si fueran puentes. Quedará solo entregarse a las brasas y que soplen sobre ellas mis dos hijos. Incluso aunque el lenguaje tenga las encías muy débiles.



―――――――――――



AL menos son necesarias cinco insistencias, las de Eduardo Milán en el poema «Coda»: «no conozco un objeto que se pregunte qué es/ no conozco un objeto que se pregunte para qué/ no conozco un objeto que se pregunte dónde/ no conozco un objeto que se pregunte/ no conozco ―en el puro de cielo, azul celeste/ con sol, sin sol, no cuando llueve, gris―/ verde apagado de lluvia sobre el campo/ esa lluvia donde ni ella se oye―». Solo en el poema ocurre lo que no ocurre, y tal vez hay neblina, o una de esas ciclogénesis que llevan tu nombre, o la lluvia vivaz de las perseidas, y no importa ni lo que dice el objeto ni lo que dice el poema, solo el modo en que una nube quedó atrapada en las valvas de nácar de tu boca cuando preguntas qué eres, para qué o dónde, y sigues preguntando sin que sea necesario responder.




María Ángeles Pérez López

La belleza de la materia


Eolas Ediciones


sábado, 30 de diciembre de 2023

HAIKÚS DE CIUDAD JUÁREZ DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ

 






HAIKÚS DE CIUDAD JUÁREZ



Ciudad cuchillo.

En los mapas la infamia,

su corte limpio.




Brújula rota.

El desierto se extiende

hasta la boca.




Sierpe y abismo.

La palabra mujer.

Roto bisílabo.




Muerden los lobos.

Orejitas desnudas,

viento y abrojos.




Negra mazurca.

Palabras que zozobran.

La tajadura.




Feminicidio.

La violencia insolente.

Flor y castigo.




María Ángeles Pérez López

Comarca mínima


Ilustraciones de Patricio Hidalgo

Nota de Lola Nieto

Caligrafía de Chilis Cubeiro


La cartonera del escorpión azul


martes, 26 de diciembre de 2023

SEQUOIADENGRON GIGANTEUM UN POEMA DE GSÚS BONILLA EN ARBORETUM BREVE ANTOLOGÍA DE ÁRBOLES CAÍDOS

 





A la memoria de David González



SEQUOIADENGRON GIGANTEUM



Cuando en el año 1890 se estableció

el Parque Nacional de las Secuoyas

el turismo pronto demostró que las secuoyas

teníamos más valor vivas que muertas


Más o menos, un siglo después

las personas se abrazan a sus tallos

y miran hacia la inmensidad de las copas

que rozan el cielo


En la cumbre, de toda esa figura retórica

un Airbus de la American Airlines

traslada, a velocidad de crucero

a doscientos cincuenta y cinco pasajeros

de una a otra punta de los Estados Unidos


Por encima de ese mismo avión

un satélite artificial

recopila datos de todo tipo desde su órbita

y en el nombre del progreso

los lanza de nuevo a la tierra


Algo más arriba

en los límites de la gravedad cero

de la Estación Espacial Internacional

dos de sus tripulantes hacen el amor

―como buenamente pueden―

al amparo interestelar del cosmos


Y, entre tanto, tú escribes

todos estos acontecimientos

en el reciclado de un papel Navigator

de ochenta gramos de celulosa por metro cuadrado

con un certificado ambiental

que dice respaldar una silvicultura responsable

y de ese modo contribuir a preservar un bosque

para generaciones futuras


Y, entre tanto, tú escribes

con un lapicero HB de grafito

también ecológico

comprometido con el medioambiente

y su responsabilidad en el tratamiento de la madera

en todos sus procesos de producción

que sacrificarán su tiempo libre

leyendo este poema para nada:


escribir entraña una gran dificultad

y una responsabilidad aún mayor:


se trata, entre otras historias,

de devolverle al papel

su condición de árbol


su dignidad

de naturaleza viva*



*Los versos en cursiva pertenecen al poema Retribución de David González



Gsús Bonilla

Arboretum

Breve antología de árboles caídos


Prólogo de María Ángeles Pérez López


Primer Premio Internacional de Ecopoesía Valle del Jerte


Ediciones Liliputienses


jueves, 26 de octubre de 2023

NOVENTA Y NUEVE ESTRELLAS DE MAR Y UNA CODA DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ EN EL LIBRO MEDITERRÁNEO DE LOS MUERTOS

 



[NOVENTA Y NUEVE ESTRELLAS DE MAR Y UNA CODA]

 

 

Si las rocas respiran, ¿no habrás de hacerlo tú? Brama el mar en su nombre y en el tuyo. Entra y rompe, imprudente, las costuras, el cuidadoso atado de los cuerpos. Se lleva por delante las costillas, ese armazón de barco y de velamen que reclama el oxígeno y el tórax.

 

   Te habías levantado entre la asfixia. La luz era pastosa: una tela tupida tapando tu cabeza, un revoltijo de hilo en la laringe. Después has caminado hasta la rompiente, hasta el abrupto corte de la costa y llamarás al mar casi sin voz. Si no viene, terminarás gritando. Como en los sueños, no hay tiempos verbales: todo ocurre mañana y es ayer. Pero sigues llamando al mar incluso en la afonía, en el volcado y brecha, entre las redes. No alcanzaste a anotar en tu cuaderno las frases desarboladas por el naufragio: «No puedo respirar», o bien, la asfixia es una experiencia mancomunada, o bien, entre el ritual de espanto se escapa la última brizna de aire con la que puedo decir toda persona importa, por favor, por favor, sólo levántate, por favor, mamá, mamá, por favor, o bien, soy el viento y cada una de las personas que importaron que importan toda persona importa porque el regalo del sol es una experiencia mancomunada.

 

   Brama el mar en su nombre y en el tuyo. Después lo borra todo sin temblar. Se apoyará en tu frente, volverá a bautizarte, regalará monedas de agua a los más niños. Festejará el bullicio de borrarte y rehacerte cada vez, como ola que muere y se levanta. Como esos niños, o gaviotas ruidosas y carnívoras, o pequeños erizos de mar que se reconocen en las delicadas tareas de la aguja o de la orfebrería, y también golpeándose, mueren se levantan.

 

   En tu piel abre el mar sus pasadizos, la llamada impaciente de los pájaros. Entra por el boscaje de los bronquios, los bramaderos rotos del batiente. En el norte de ti, te rompe y entra. Te llena con disturbio y con amor.

 

   Han de besarte algas, bivalvos y pequeños animales transparentes. Te abrazarán con sílabas de espuma, el torbellino brusco que se enreda en las piernas y las hace caer hasta el amor. ¿Cómo has de llamarte, ahora que no te perteneces? ¿Ahora que murmullas el macilento idioma de la hipoxia y el agua ha de romper cualquier sintaxis? Porque en la privación ya no te perteneces, eres de ella, de sus formularios sumergidos y las largas agendas del ahogo.

 

   Si las rocas respiran, ¿no habrás de hacerlo tú? Como un ciervo, el mar brama tu nombre. Braceas levantándote en su boca, en el lenguaje inquieto del amor. Siempre es la vida en su mandato de agua, su mandato de hierba y de pelambre, su encarnizado modo de decirse en el lenguaje inquieto del amor.

 

   Es el mar padre y madre. Es tus hermanos. Se alza en ti, es esperma del inicio, es el padre que se abotona el sol, es tu madre expulsando la placenta sobre la orilla hermosa, salpicada, cuando devuelve un cuerpo y no es el tuyo. Caminas entre volúmenes humanos, las fundas plásticas que alojan sombras ya desvanecidas, refugiados durmiendo sobre la cicatriz del cielo. ¿Encontrarás tu cuerpo entre tantos ahogados? ¿Por qué no te correspondió llamarte Siria, o Irak, o tal vez Yemen? Nada sabes de ti ni de los otros, el oleaje dicta una jerga imposible, es el centro y la herida incandescentes.

 

   Arden el mar y los campos de Moria. Arden los alfabetos de la infamia, las oraciones rotas de los dignos. En la noche en la que arde el sol de Europa, noventa y nueve estrellas de mar duermen sobre la playa de una funda. No sabes si lo que ilumina el cielo es tu propio alarido o la escarnecida respiración del agua que habría querido acunar esos cuerpos. Noventa y nueve estrellas en un cielo mudo. Cuando cierras los ojos y te entregas, cuando la arena anida en la laringe, cuentas noventa y nueve estrellas en un cielo mudo. No hay red ni artesonado ni cadencia, sólo el agua que besa cada nombre.

   Si ellos no respiran, ¿habrás de hacerlo tú?

 

 

 

 

 

NOTAS

 

1.        Mare no Nostrum. Mare no Mater. ¿Cómo es posible que una sola palabra cancele pasado y futuro a la vez? ¿No son siempre las piernas de la madre las columnas de Hércules, ese final del mundo conocido?

2.       Pescar hombres tampoco podía referirse a esto. Al entrar en las aguas más profundas, se rompen las redes por la carga excesiva. El lenguaje es también una red inflexible. Romperla, morderla para que deje oír la oración de los dignos.

3.       Escribir cuaderna no es escribir cuaderno, ni siquiera si la cuaderna forma las costillas del casco, esas piezas curvas que suben desde la quilla como ramas y desglosan el día que no llega. ¿Será el cuerpo un barco lanzado a la deriva? Al mirarlo, cielo y mar lo manchan con su sombra, una pizarra oscurísima que habrá que iluminar violentamente.

4.      La estrella de mar se llama asteroidea porque no pudiste imaginarla sumergida. Tiene que ser una forma del cielo. Pero a pesar del abrazo de la similitud, la vida no se parece a nada. Es siempre inagotable. No se deja apresar en ningún apelativo. Puedes hablar de un cuerpo plano formado por un disco pentagonal pero te limitas a describir, ser superficie. Hay que bajar a lo hondo incluso sin aliento.

5.       Al descender, buscas esa corriente aforística bajo la marea de la que ha hablado Charles Wright. Cuando levantas los pies del mar, tropiezas con una línea de arena formada por una sola palabra repetida noventa y nueve veces que ha dejado un largo rastro de sangre tras de sí.

6.       Seguir ese rastro. Sumergirse. Anotar cada nombre. No ser red.

7.       ¿Y la coda? En esa bajura no importa la respuesta. Insistes, sólo insistes: no ser red.

 

 

 

María Ángeles Pérez López

Libro mediterráneo de los muertos

 

Pre-textos, poesía


jueves, 18 de noviembre de 2021

DESCIENDO HASTA TU CUERPO Y ME OSCUREZCO UN POEMA DE INCENDIO MINERAL DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ

 

 

 

 

III

 

 

DESCIENDO HASTA TU CUERPO

Y ME OSCUREZCO

 

 

 

 

*

 

 

Desciendo hasta tu cuerpo y me oscurezco. Me pierdo en tu penumbra, en la apretada maraña de tu boca.

   Han desaparecido las huellas de enfermeras y antílopes, de pasajeros sombríos en el atardecer del metro. Los flamboyanes son promesas rojizas que nada quieren saber de la ciudad. Gotea, sobre los túneles también sombríos, la perlada e infame desmesura del sudor. La grasa de los motores recalienta la tarde hasta asfixiarla.

   Entonces, agotado ya el día, entro en ti como en una cueva fresca y sibilante. Atrás quedan las horas insulsas, los platos de comida precocinada que se adhieren al plástico, los teléfonos que suenan sin que nadie conteste. Atrás queda, al fin, la expoliación carnal de las mañanas, fibra en la que los músculos se tensan hasta abrirse en puntitos de sangre que no se ha dejado domesticar por completo.

   Cuando entro en ti, todo se borra: palabras que aprieto contra el paladar hasta volverlas de agua; archivos de memoria que no encuentro; proteína que pierde su estructura en la embriaguez extrema del calor.

   Cuando entro en ti, la noche me posee.

   El cuerpo pertenece a su placer.

 

 

 

María Ángeles Pérez López

Incendio mineral

 

Vaso Roto poesía


lunes, 5 de octubre de 2020

UN POEMA DE ATAVÍO Y PUÑAL DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ

 

 

 

 

20

 

 

 

En el exacto centro de su centro

la mujer pinta el vértigo y se asoma.

Como los gatos negros de la noche,

camina alrededor, mide el vacío,

se asoma a su avispero, su intervalo

de dolor a dolor, su abismamiento

y acerca los dos pies, la coyuntura

en que el barranco traga las palabras,

piedritas ya vencidas por su lastre.

Con su rencor purísimo y amargo

que es la fermentación de la mentira,

la mujer vuelca ácido carbónico

en su esternón, el hueso valeroso

cuya forma es la grieta, la fractura

en la concentración de la materia.

Vierte también vinagre y disolventes

sobre su corazón como una zanja

y en el abismo pinta un nuevo abismo,

un agujero negro en que la luz

nunca puede salir, queda exigida

a la larga derrota, su fortuna

de los días fatídicos, sus trece.

Asomada a su pozo, ya invisible,

se entrega a la pasión, la noche oscura,

el vértigo pintado sobre el hueso

de quien subida al piso veintiocho

en su azotea y su angustia vertical

se tizna con carbón, tiñe su piel

de negro sobre negro y ensombrece

desaires, precipicios y basaltos.

Tan solo brilla el miedo, el corazón.

 

a Reina María Rodríguez

 

 

Mª Ángeles Pérez López

Atavío y puñal

 

Olifante