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jueves, 9 de abril de 2020

EL DÍA EN QUE MURIÓ FRANK O'HARA UN POEMA DE DANIEL AGUIRRE OTEIZA




El día en que murió Frank O'Hara
A Raúl Zurita


Son ya las cinco y cinco, tampoco
en Nueva York amanece, diciembre
es así a pesar de todo
el mismo atardecer que continúa
picando por la puerta de atrás. ¿Qué

decir? Por una urticaria nocturna
serías muy capaz
de aceptar cualquier cosa de cualquiera
cuando sea, que así son las urgencias, poco
más o menos, me digo, en principio, si no
conoces a la gente que hoy va
a darte de comer. Y al despertar

del acontecimiento memorable, yo voy
y me levanto y ando y charlo
con otro accidentado voraz,
con una normalidad tan pasmosa
que aún me mira como a ese anónimo
vecino tributario que te viene
a completar el funeral:

Soy una entre las sesenta y tanta personas que pensaban
que mi mejor amigo era él”.

Allá por esas fachadas
oyes ecos de mascotas;
por aquí muertos de risa,
qué cara, no pagan cuotas.

Luego en la calle, tú, incluso
con tus prisas, sabías dejar
de respirar, sin dejar de volver
la vista atrás, prestando atención
dispersa para volver todavía
a desplomarse hoy. Entonces

no será esto una mera expresión
improvisada. Ni otra propuesta
necesariamente atrevida. Ni siquiera
esa canción susurrada para sostenerse
la mirada. Quizá la misma
frase, tan repetida, y por mal memorizada,
para que todos y ninguno andemos
hasta detener y soportar la desnudez
del simple rostro que aún
llegaste a entrever, urgiendo.



Daniel Aguirre Oteiza
Así extravié el callejero

Amargord Ediciones

domingo, 29 de julio de 2018

POEMA DE NO LLUEVE EN CALIFORNIA DE FRANK O'HARA




Poema

Ni todos los espejos de este mundo
ayudan, ni me conmueve

la lenta aparición de mi
imagen en la lluvia, no soy yo

el que aparece o imagina. Ve,
si puedes, si puedes hacer

el espantoso viaje, la
casa donde se riegan e imponen

las sombras de mi propia infancia
como garrotes recrecidos, tú

debes mirar, que yo no puedo. No
puedo enfrentar esa costumbre horrible,

y mis ojos, pongamos, en el vidrio,
de un bar se convierten en la

búsqueda depravada de otros re-
flejos, ¡Y qué gran

alivio! Cuando veo algo
repugnante, cualquier cosa

menos el golpe a oscuras conocido,
cualquiera, menos mis guaridas íntimas.

Cuando tenga cincuenta, ¿fluctuará
mi cara hacia esos alargamientos

de la inocencia para confrontarme?
Ay, ¡derríteme, lluvia!, ¡mátame, espejo!



Frank O’Hara
No llueve en California

Selección y traducción de Eleonora González Capria

Kriller71ediciones