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jueves, 2 de junio de 2022

EL PRIVILEGIO DE LOS PÁJAROS UN POEMA DE MARIANO CALVO HAYA

 

 

 

 

EL PRIVILEGIO DE LOS PÁJAROS

 

 

 

Hay una selva inmensa que decrece

día a día, árbol a árbol, senda a senda.

Hay en medio una tierra desnuda

sembrada de heridas. Surcos violentos

en los que se cosecha un hambre de frijoles negros.

Hay un hombre clavado en tierra

en un Ángelus milenario

junto a otros hombres y otras bestias.

Hay un estruendo de metal, hélices y motores.

Mil trompetas de Jericó que disfrazan el aire de infierno.

Hay unos ojos que miran al cielo

adivinando el instante siguiente

y otros ojos tras el punto de mira

que apenas se desconciertan al ver el miedo,

allá abajo, en rostros tan fieros.

Hay después un río de muertos

que antes eran Juan, Pedro, Sofía o Lorenzo.

Hay también un tipo que no tiene nombre,

aunque todos le conocemos,

que regresa a su casa, a la familia, a los besos,

en su avión de combate

con la satisfacción del trabajo bien hecho.

¡Que el viento le confunda y no tenga tregua!

Hay por fin, otros hombres, pequeños, de humo, de tierra,

que lloran lágrimas de lluvia y cieno

mientras se acuerdan de sus muertos.

 

 

 

Mariano Calvo Haya

El privilegio de los pájaros

 

Argoma


jueves, 27 de febrero de 2020

PRESENTACIÓN DE LA MADERA QUE ARDE DE MARIANO CALVO HAYA



"El infierno es un lugar sin pájaros"

Mariano Calvo Haya, Santander, 1961, comparte con nosotrxs libro nuevo, "La madera que arde", Eolas Ediciones. El viernes, 28 de febrero, a las 7 de la tarde, en Louise Michel Liburuak, Elcano Kalea, 27, Bilbo. Os esperamos.


miércoles, 26 de febrero de 2020

CUATRO POEMAS DE LA MADERA QUE ARDE DE MARIANO CALVO HAYA




El infierno es un lugar sin pájaros


El humilde gorrión pajarea entre las hojas del naranjo
mientras a su vera vaga un mosquitero entre mosquitos
a los que el tiempo y la experiencia aún no les advirtió
de que son, precisamente, el plato de la cena.
Una banda de estorninos se reúne en el cable
poco antes de pintar sobre el aire la más hermosa nube
que los siglos y los mortales jamás vieron; y en lo alto
merodea la sombra vigilante del milano negro,
alas extendidas que aprovechan la tregua de los cierzos.
Carboneros, reyezuelos, verderones, abubillas,
colirrojos, currucas, buitrones y zarceros
acompañan con ausencia la memoria del abuelo,
un viejo huyendo, casi adolescente, por el monte
en los tiempos azarosos de la guerra.
Un colorín le silba en el oído que el infierno entonces
no era otra cosa que un cielo pálido y sin ellos.



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Los ojos de las ballenas


La playa es larga como un desierto al lado del mar,
solitaria como el vocablo que nos nombra
cuando estamos lejos de todo silencio conocido.

Bajamos por las laderas de arena
hacia el límite de las olas que se agotan,
percibiendo solo el rumor de espuma que forma el agua.

Ellas están allí,
como enormes heraldos de otro mundo,
atentas unas veces a lo que queda de su vida
y otras al ataque sanguinario de las gaviotas cocineras.

A veces juegan
y se hunden en territorios vedados a los hombres.
Lejos de nuestra mirada.
Se diría que desafían, ásperas y orgullosas,
la insulsa pequeñez
con que pretendemos dominarlas.

Otras, nos advierten, desde el surtidor de sus pulmones,
de que hay todo un vertiginoso universo que nos separa.

Apenas nos atrevemos a romper la distancia.
Observamos desde lejos.
Pero son ellas, por fin, con su sonrisa de cabriolas
y sus ojos impenetrables, profundos como abismos,
las que se orillan por un rato
para contemplarnos, burlonas, a nosotros.



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La lluvia

Solamente suena el golpeteo de la lluvia en los charcos,
definiendo por unos segundos esos círculos concéntricos
tan etéreos como las consiguientes burbujas.
Mirar al cielo no es una opción en estos casos
porque no hay más que hinchadas barrigas de nube
y proyectiles de agua que atentan directamente
y con fervor de entomólogo contra los ojos.
Por tanto el caminante sorprendido, entre viento y agua,
observa solo la imperfecta conjunción de sus pasos,
doblada la cerviz y apresurada la marcha.
Si supiera adónde va, cuál es su camino,
todo sería más sencillo. Pero no hay refugio para la soledad
ni para el destierro cuando llueve pesadumbre
y el mar es un dolor inexplorado.
Al final puede más el mar, el tiempo,
el olvido, el silencio. La infranqueable renuncia
que anuda los despojos al paisaje.



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Paseo con perro

No me pregunten cómo, pero él sabe.
Sabe cuáles son los indicios que me mueven.
Durante unos instantes, en su mirada
se dibuja una señal de alerta,
una dulce interrogación de silencio,
que tenuemente se va difuminando,
mientras cobra rastros con la pericia cazadora
de quien prestó la atención debida
a la ciencia de sus abuelos.
Si me pongo una chaqueta ladea la cabeza,
si tomo una mochila su nariz
se sitúa al nivel de las baldosas,
si me calzo unas u otras botas
la cola se transforma en un banderín de mensajes,
como si las costumbres fueran signos
que cerraran en su entendimiento
mis posibles y livianas decisiones.
Él sabe, pero confirma lo que intuye
cuando se acerca dignamente
y olisquea la tierra adherida
en las suelas de mis zapatos.
Si la tierra hiede a rutina y desamparo
o a triste patria de hombres grises,
él se aleja con la misma malherida gravedad
con la que yo me marcho a mis asuntos.
Pero, ay, si él husmea la hierba fresca,
el torrente de la nieve o una nube en el calzado,
o, quizá, los restos olvidados de la última galerna,
entonces él ya sabe que es la hora y lo celebra,
saltos y gemidos que son risas y promesas.
Y nos vamos raudos, porque él sabe
que al otro lado de la puerta y para nosotros
hay aventuras, mares de hielo,
bosques oscuros e infinitas estepas.



Mariano Calvo Haya
La madera que arde

Eolas Ediciones


miércoles, 30 de marzo de 2016

ESPERANZA Y CALLEJEROS DOS POEMAS FRONTERAS DEL AIRE DE MARIANO CALVO HAYA






 

“Mariano Calvo Haya una vez subió a una montaña y constató dos cosas. Primero, que cuando bajara de allí la revolución no habría empezado. Y segundo, que desde aquel lugar hasta el horizonte, por mucho que se empeñara el ser humano, no había más fronteras que las del aire.”

 

Así se presenta Mariano Calvo Haya en la solapa de Las fronteras del Aire, el libro que vamos a conocer con él en la librería Cámara, el próximo miércoles, 6 de abril, a las 19:30.

 

Y estos son dos poemas de esas fronteras

 

«Esperanza

 

Habrá que esperar a que cambie el tiempo,

a que dé la vuelta en su incansable limosneo.

Habrá que esperar que cesen los chubascos,

las nubes de deriva, las tormentas,

odiosamente masculinas.

Habrá que esperar a que se desprenda

la niebla de los relojes,

el hielo que aprisiona los pétalos y las hojas.

Habrá que esperar…

Y cuando, por fin, se agoten

los ecos del homicida

habrá que esperar la resurrección de los testigos,

hartos ya de tanta lluvia inconsolable.»

 

Mariano Calvo Haya

 

 

«Callejeros

 

El gato de vecino me contempla de nuevo

con la gravedad acostumbrada.

Entre él y yo solamente hay el cristal de una lucera,

entre su mirada y la mía, el instinto, el recelo

y un tiempo insondable de ventaja.

Yo miro hacía afuera con nostalgia.

Él prefiere, sin embargo, el interior de mi alma y de mi casa.»

 

Mariano Calvo Haya