APORÍA I
¡Cuanto más repugnante es el mundo más fascinante es el yo!
TZVETAN TODOROV8
«Los problemas no son tales ―dijo Wittgenstein―,
sino perplejidades. Los poemas se resuelven
y las perplejidades se disuelven»9.
Entonces…, viejo Ludwig, ¿la vida es un problema
o una perplejidad que se licúa?
Vivimos y escribimos para encontrar respuestas
atados a la rueda del destino.
Somos puertas abiertas y cerradas
a la vez, tan simultáneamente
que resulta imposible distinguirnos.
Esos umbrales son entrada y freno.
El primero se incendia,
el segundo se hiela.
Los dos, en cada estado, son absolutamente impenetrables.
En todo proceso nunca podremos ver lo que es visible
sino precisamente lo que desaparece.
Lo escrito y lo borrado intercambian sus formas.
El virus a la vista lo contamina todo,
lo que está y lo que falta apareciendo
pero desintegrándose al unísono,
gritando su vacía en todas partes.
La mirada contempla esto que lees,
el impacto del tiempo, el deterioro,
pero es ciega a su propio suceder,
solo ve sus efectos y sus logros
que al tiempo, en cualquier caso,
le resultan del todo indiferentes.
En ese carrusel de lo invisible
―donde el sarcasmo juega en cada vuelta
con aquello que fuimos y escribimos―
una perplejidad irresoluble
nos plantea el problema de estar vivos:
las puertas que se cierran y se abren
ante unos ojos que ya no saben verlas,
los renglones que ceden en su propio hemistiquio
por querer desdecirse.
La muerte es simultánea con la vida,
un falso mecanismo, ese desdoblamiento
que producen las puertas al girar en sus ejes.
Una de ellas se incendia
mientras la otra se hiela.
Y las dos consumiéndose tan recíprocamente
se vuelven transparentes,
se disuelven igual que esta escritura.
Tal vez como dijera William Godwing,10
«Las cosas invisibles son las únicas realidades».
Se abren ante mí cientos de puertas
y todas ―menos una― dan acceso a los féretros
que esperan la carcoma de un verso descompuesto.
Escribir es un juego sin solución alguna,
el problema reside en conocer sus reglas,
lo mismo que en la vida.
En ese carrusel de lo invisible soy una paradoja.
El «yo» gira en el gozne de sus transformaciones.
Ni siquiera el lenguaje ―enfermo del delirio
de sus metamorfosis― nos salva del vacío.
Dentro del espejismo de esa nada
soy la perplejidad que me disuelve:
dos hermanos siameses separados
por un vidrio irrompible
sin que ninguno vea lo que hay al otro lado.
Sin que ninguno de los dos escuche
la lengua en la que nos hablan todas esas cosas mudas.
¡Cuántas veces las palabras
heredan la orfandad de las ideas!
APORÍA II
Todo lo riguroso es insignifiante
RENÉ THOM
«Los problemas se resuelven
y las perplejidades se disuelven».
Pero si el desconcierto que nos ha producido la aporía
se vuelve irresoluble, ¿qué haremos con aquello
que nos deja en las manos?
El tiempo, que al principio solo es una ilusión,
se hace al final la roca contra la que chocamos.
Es él quien certifica las heridas.
Creamos a Zenón: «La vida es una sucesión concatenada
de estados en reposo», el terco sumatorio
de imágenes estáticas en un cinematógrafo
al que alguien requisó la manivela.
¿El resultado?, una suma finita de puntos detenidos
que flotan sobre un río congelado.
¿Y cómo no entenderlo?
Vivimos en los nudos de las perplejidades
porque existir no es más que una aporía.
La tarea consiste en desenmascarar esas contradicciones
y aceptar, cada día, que en tu curvo trayecto
vas a encontrar mil metas antagónicas,
que despertar perplejo ante lo conocido
es admitir lo opuesto como parte esencial de lo que somos
y también, muchas veces, desechar lo que une.
Las preguntas no existen para buscar respuestas.
Cualquier interrogante tiene el mismo sentido
que nuestra propia vida, es un ente en sí mismo,
no necesita nada que lo justifique.
Tanto dolor nos deja un calvario añadido
al que nunca sabemos poner nombre.
Nada se puede hacer contra el desordenarse de las cosas.
Vivir no es revolver la paradoja
ni disolverse en ella, amigo Wittgenstein,
sino hallar certidumbre en la aporía.
El fin no es resolver su antagonismo,
es mejor aceptar sus consecuencias,
igual que en nuestra vida.
Todo lo que es riguroso acaba pereciendo
por su insignificancia.
APORÍA III
La modernidad comienza con la búsqueda de una Literatura imposible.
ROLAND BARTHES11
¿Existe en ese territorio del silencio
un espacio donde la vida cede
su sitio a la perplejidad?
¿Dónde van a anidar las pequeñas preguntas
que nos hacemos todos, incapaces
de asumir la inexistencia?
La verdad se atrinchera en el conflicto,
pero la muerte vive en lo seguro
y encuentra un yacimiento de verdades eternas.
Las preguntas no existen
para la vanagloria de las contestaciones.
Solo las cosas inútiles tienen respuestas sencillas.
Toda pregunta ahonda en una zanja,
pero al final del día sobre cada respuesta
vuelve a caer la tierra de la noche.
«Todos los libros son un solo libro ―dice Borges12―,
cada generación reescribe en el dialecto de su época
lo que ha sido escrito ya».
El problema no reside en saber qué hay que decir
ni en buscar la materia emocional que dé soporte al poema,
sino en hallar formas nuevas para insistir otra vez
en eso que no se puede dejar de seguir diciendo.
Palabras desechadas se amontonan sobre unas escombreras
donde hasta los adverbios se ornamentan
con el triste verdín de la humedad.
Hongos, musgos y líquenes que viven de las sombras
y medran en las cosas estancadas.
Alejandro Céspedes
El lenguaje de las cosas mudas
Ediciones Liliputienses
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8 La literatura en peligro. Barcelona. Galaxia Gurenberg. 2009 (p.37)
9 Sobre la metafísica, Wittgenstein pensaba que los problemas filosóficos se debían a la incomprensión de la lógica de sus postulados expresados mediante nuestro lenguaje. Una vez descubiertos los errores en el uso de esas expresiones lingüísticas, (por su inadecuación para nombrar «lo importante», lo místico y todos los abstractos términos que se mueven a su alrededor), se comprueba cómo los problemas de la metafísica se deben a un mal uso del lenguaje. No eran pues problemas genuinos, sino pseudoproblemas.
10 William Godwing. Mandeville.
11 El grado cero de la escritura. Siglo XXI. 2012 (p.34)
12 Borges en diálogo: Conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari. Grijalbo. Buenos Aires. 1985


