ASCIENDO, DE paseo, hasta el mirador de
las palabras. Una colina sobre el paisaje donde
se pueden leer con facilidad las voces que amo:
horizonte, crepúsculo, bosque, águila. Las
recito al reconocerlas, y cuando ya las he con-
vertido en sonidos armónicos, busco nuevos
vocablos escondidos dentro de las palabras que
he leído. Así en madriguera descubro tejón, y
dentro de un nido imagino los polluelos par-
lanchines. Y en el interior de estos términos
encuentro otros minúsculos, aún más delica-
dos, como púa o ala. Luego, desciendo por el
sendero pletórico de significados, con el libro
de la tarde bajo el brazo.
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LOS LIBROS. Conozco su tipografía, el tacto,
las ilustraciones de la cubierta. Los saludo con
la mirada cuando paso delante de los estantes.
Sé cómo se sienten con solo evocarlos, su tris-
teza o sus gozos. El gesto de rebeldía de cada
personaje. La forma de afrontar los silencios de
la protagonista. Qué adjetivo acompañaba qué
sustantivo. De vez en cuando, al contemplar-
los, cualquier detalle reaparece dentro de mí
con solo ver un título. Y junto a lo evocado,
también regresan el color del cielo, la estación,
las ropas de casa, la música que elegí y qué
soñaba cuando lo leía.
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EL POEMA que compone con palabras que
dicen contiene en su interior otro poema com-
puesto con vocablos que aluden. Y a su vez, este
poema guarda dentro de sí otro integrado solo
por sonidos que susurran, en lo recóndito del
cual un rumor de oleaje sustituye a la caligra-
fía. Y entre las olas de este navega otro poema,
a modo de barca impulsada por el viento, que
la luz transforma en resplandor. Y sumergido
en este poema burbujea otro con las palabras
hechas de aire y de anhelo que los peces rodean
con abulia y las algas decoran con exuberancia.
José Ángel Cilleruelo
La mirada
Antología esencial
Fondo de Cultura Económica






