Escucho
la voz de Dios solo
por el lado izquierdo de los
auriculares.
Tiene voz de mujer
que siembra tomillo en los
surcos
de los discos de vinilo
y canta boleros con la boca
llena de semillas.
Me habla de cosas pequeñas:
del café que espera en la mesa,
de las hormigas que cargan
migajas más grandes que ellas,
de las hierbas que rompen el
cemento
para besar los zapatos de los
condenados.
Susurra con el lenguaje
de los gatos que se miran desde
ventanas opuestas,
de los peces que adelantan a los
petroleros
cruzando bajo sus quillas.
A veces tararea una canción que
no existe,
hecha del roce de la piel
en las sábanas limpias
y de uvas pisadas en un barreño
de madera,
y mis labios se separan despacio
intentando seguir la melodía,
pero se me escapa antes de
aprenderla.
Cuando bajo el volumen crece el
silencio,
ese silencio incómodo de
quienes no se conocen,
y percibo su respiración como
un viento
que sube por las escaleras de
incendios.
Pienso en su boca y veo
una ranura de teléfono público
donde caen las monedas de las
madres.
Por el auricular derecho llega
el rumor de una nevera en un
piso abandonado,
el traqueteo de una cinta sin
equipaje,
y el eco de un martillo
golpeando el hielo.
Le pregunto por los niños
quemados
que duermen en tiendas de
campaña,
por quienes lamen el rocío de
las alambradas.
Dios tose y sus palabras
caen como dientes sobre el
suelo:
«¿Dónde están tus hermanos?
¿Qué hacen?».
Y entonces, solo entonces,
dejo que su voz me arrastre
hasta donde las palabras arden
y nadie distingue la culpa
de la vergüenza.
Escucho la voz de Dios por el
lado izquierdo,
el lado por donde empiezan las
partituras
y los motines,
la orilla de los expulsados del
paraíso,
donde la luz ilumina los turnos
de noche
y nadie espera una llamada.
Julio Mas Alcaraz
El lado izquierdo
Ilustración de Enrique Cabezón
Pliegos del escorpión azul