Y una rueda, esa rueda
inmejorable
por la que normalmente te
resuelves,
no acaba cuanto tú,
descoyuntado,
comprendes que morir no es cosa
tuya.
Por tus brazos, perpetuos de
caricia,
enraízas en la tierra tu
esperanza;
el cielo que en la calle apenas
cabe
busca la resonancia de tus
ruedas;
sobre el ara propicia que supone
ha de alentar lo que alentando
quieres,
y por si fuera poco, varón
claro,
caminarás de acuerdo con la
especie
más tierna a que dedicas tu
vacío.
Déjame que te imite al
realizarme.
Cúmplete, conllevando carga y
vida.
Que a San Martín, la calle
labradora,
como a esta vida atroz en que te
encuentro
hay que traer espléndidas
cosechas,
para que la calleja y mi fracaso
se crean, cual graneros
desbordantes,
que lo que tú trastornas
mansamente
es merecida flor, plena alegría.
***
Te llamo libertad como a ninguna
sorpresa de la tierra; hay en tu
suerte
tanta felicidad posible y pura,
que la potencia viva de tu
gloria
desmiente lo que todos
conseguimos
para perpetuarnos pobremente.
El poderío pesa, carro amigo
y porque eres poder mientras
conllevas
la cálida sazón con que
limitas,
derramas un sosiego, una
ventaja,
dispuestos a brindarse a quien
encuentre
salud en tu suprema servidumbre,
por lo que veo mi vida coronada
en una realidad como la tuya,
cuando sobre mi espalda sólo
aquello
que mío o de la vida represente
la pretensión de todo lo que
crece
exorne mi humildad
eternizándola.
***
La flor huye del muerto que la
nutre.
La vida, de la muerte que la
alienta.
Del cieno descompuesto,
fermentado,
se eleva, como arcángeles
nutridos,
todo lo que en la boda del
estiércol
con la semilla pura se origina,
y antes, bastante antes, cuando
el carro
confía a la basura en un
destino,
cierto contento vasto quiere
alzarse.
¡Es la resurrección en nuestra
vida!
¡Es como si muriendo se
mintiese!
Un carro de cadáveres no es
siempre
motivo de tristeza, ni el
desprecio
sudario suficiente para nada.
Es preciso morir para dar fruto.
Es necesario ser como tú eres
para recompensar lo
descompuesto,
y amar, amar para que nada
acabe.
Enrique Azcoaga
en
Reflexiones sobre mi poesía
Edición: Joaquín Benito de
Lucas
Eneida