HOMBRE, PIEDRA, HIERRO
En este callejón metálico sin salida
las paredes se han pegado al cuerpo para siempre,
no se deben separar.
!Ay, guardián!
¡Déjalo, es inútil que golpees con una piedra!
La llave está aquí, pero el candado de la puerta está oxidado.
¡Vete, guardián, deja que algún recoveco de mi mente
se relaje unos instantes!
Aquí ya me he acostumbrado a la dureza de la piedra y el hierro.
He hecho un pacto de tolerancia con la piedra.
Deja que pasee con ella por este pedregal de paciencia.
No temo al frío helador de la muerte.
Los azotes de la tormenta no acobardan a mi alma.
No me hables de la alquimia de las aguas.
No me hables del azul infinito,
pues me he encariñado con el cielo oscuro de la ciénaga.
Aquí he echado raíces,
en esta tierra férrea y tormentosa
por las nubes plúmbeas del cielo metálico.
Olvídame, pues de mis ramas no cesan de brotar cadenas.
¡Vete, guardián, vete! ¡No te dañes las manos golpeando este metal!
No puedes romperlo.
No obstante, sé muy bien que el hombre, la piedra y el hierro
caminan juntos de la mano
hasta el fin del sendero del dolor,
y no se amedrentan
ante el estallido de los horrores y el rugido de la oscuridad.
¡Vete, guardián, vete, tus manos no están vacías!
Vete, llevas en ellas el terrible relato de mi mundo.
Vete y cuenta en la ciudad esta historia de principio a fin.
Diles que tras estos muros pétreos
hay una muchacha que ha hecho un pacto eterno con la piedra,
y en lo más profundo de las adversidades
se unió a un férreo linaje.
Noviembre de 2003
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LA CANCIÓN MÁS TRISTE
En mi reducto de confianza me vuelvo humo,
mi sosiego se turba y desaparezco
y las manos de la ansiedad se ocupan de mí.
Me hallo en la profundidad de mis sueños intranquilos,
y me dirijo a una fosa en la tierra hace tiempo conocida.
Tengo el pie en el estribo del instante prometido.
A veces, con el amor seco y creador de espejismos de la nube,
soy el desierto salado más ardiente,
pero cuando la imagen de la fuente me humedece
me convierto en río en el cauce de la sed.
Si de la comarca de la esperanza llega a mí el cabo de un hilo,
me vuelvo urdimbre en la delicada trama de mi corazón.
Este que se marchó sin despedirse es el que me trae pensamientos.
De nuevo soy yo la que me torno en triste recuerdo.
Poco a poco la noche también sigue su camino, y yo
me convierto en la más triste canción de despedida.
Febrero de 2003
Nadia Anjuman
Poesía completa
Introducción, traducción del persa y notas de Rocío Moriones Alonso
Hiperión





