Si
cerrara los ojos escucharía a Góngora
Si
cerrara los ojos escucharía a Góngora,
brotaría
de mi cerebro Góngora.
(Manantial
entre arenas de oro.
De
oro es la noche cuando brilla
a
la luz de las llamas de una hoguera).
Aquella
noche de mi adolescencia
pesaba
como el cuerpo abandonado
de
un gran ciervo muerto
que
arañase los astros con sus astas.
La
noche era muy cierta, aunque yo avanzara
sin
sendero, con mis ojos enredados
entre
las ramas de los avellanos.
No
veía, me guiaba
el
rumor de un arroyo.
Extraviado
estaba en sus sierras
llenas
de alegorías.
La
noche era a la vez de terciopelo
cuando
a tientas llegué hasta la ermita.
¿Estaría
allí el secreto
que
mi adolescencia perseguía
y
no donde estuve tumbado en el suelo,
mal
durmiendo, desvelado al calor de una hoguera?
No
había nadie dentro de la ermita.
Entré
y mis pasos me llevaron
hasta
un arca olvidada en un rincón.
La
abrí y en ella había un solo libro
en
su primera y vieja edición de 1539.
Era
de fray Antonio de Guevara:
Menosprecio
de corte y alabanza de aldea.
Callaba
contemplando el libro entre las manos
cuando
a mis espaldas una Sombra dijo: «Góngora».
Góngora
a secas; Góngora
sin
Virgilios, ni Horacios, ni Ovidios.
Allí
estaba la Sombra y el libro de Guevera
y
en él tres palabras
que
ardían: alabanza de aldea.
En
la palabra que escuché no había
ni
huellas de caminos embarrados, ni garitos,
ni
aquel exquisito firmamento
de
los libros leídos en griego y en latín,
ni
voces de las niñas jugando en las plazas,
ni
la nostalgia del patinejo de los jazmines,
ni
un cuerpo desnudo de mujer
asaltado
entre plumas.
El
secreto estaba en el mensaje
de
un arca olvidada,
donde
solo una pocas palabras vencían
a
la ceniza: aldea, alabanza, soledad
de
soledades, el tardío secreto
que
descubre el desengañado
del
mundo, aquel que va a morir
y
que acaba siendo espíritu de Sombra.
Góngora-rayo,
Góngora-relámpago
era
aquel nombre que sonó en lo húmedo.
Y
de repente las arenas del arroyo
se
tornaron de un verde rabioso, azul
fue
la noche, negro el día que venía
como
pisoteado clavel que ya no aromaba,
arrastrando
primero un alba cárdena
como
la flor del cardo y más tarde roja
como
el charco de sangre
de
las pasiones malsanas,
como
amor-ciervo muerto.
Pero
antes me esperaba a mí otra noche.
Aún
tenía que dar en ella con el don
de
la palabra cierta
que
a él lo definía: Orfeo.
Góngora-Orfeo:
Sombra
vagando
por sus sierras, mapa
de
hermética armonía salvaje,
diamante
salvaje.
Antonio
Colinas
En
los prados sembrados de ojos
Siruela