DIENTE
DE LEÓN
Observa
atenta cómo crece libre
el
cuerpo distinguido de la brizna,
recién
humedecida por la gota,
la
yerba perfumada que olvidó
el
diluvio, ajeno al natural
discurso
de la yerba: la mujer.
Camina
con el paso decidido,
ajena
al prejuicio de los hombres;
si
ocupa ambas manos en vaciar
la
lógica aplastante de los muros―
y,
quien dice muro, dice sepultu
(gesto
como si fuese degollada) hábito, monja, azucena o
pu―
será
por abolir falsos clichés.
Y,
quien dice cliché, dice sepultu
(gesto
como si fuese degollada) hábito, monja, azucena o
pu―
La
mujer tiene ojos en los pies,
ve
el camino antes de pisarlo.
No
te asombres si junto a la mujer
ves
a la actriz Marion Cotillard y al David
Bowie
acompañar también a las madrugadoras del
autobús.
Son
las madrugadoras quienes limpian
los
patios adosado, las cocinas,
el
culo arrugado de nuestros viejos.
Son
las madrugadoras quienes viajan
en
el autobús colectivo.
Crece
el mundo subterráneo
de
la planta de sus pies agrietados;
veinte
mil años de sal
alimentan
los pasos que caminan.
Ahora
la mujer debe vaciar una casa,
por
eso acompaña al autobús de las madrugadoras.
Camina
por el arcén
de
la carretera de la costa. El viento sur humedece el
asfalto,
la piel de la mujer, la piel de
las
madrugadoras con espuma de la mar.
El
pelo de la mujer echa las redes al viento espumoso
intangible.
No quiere que sus
pies
desaparezcan.
Vuelve
a ser la niña
anterior
a la regla de la sangre,
anterior
a la lluvia dirigida de las carreteras de peaje,
anterior
al primer baño iluminada apenas.
La
niña descalza salta, los pulmones inyectados de
azahar
silvestre,
canta
la canción Juan sin miedo,
sus pies retumban
el
ritmo que absorbe la yerba.
Sus
pasos de tierra desvelan el paso,
anteriores
al diluvio cauterizado, anteriores a la lluvia
canalizada
de las autovías;
desbordan
las esclusas.
Las
madrugadoras observan atentas a la mujer.
No
comprenden por qué también ella viaja en el
autobús
de línea,
junto
a las paseadoras, las cuidadoras.
Las
manos de la mujer son pequeñas;
las
manos de las madrugadoras, por el contrario,
miden
diez mil kilómetros.
Su
garganta, su voz, sus pies miden diez mil
kilómetros.
Su
lengua, sus labios, su boca miden diez mil
kilómetros.
Sus
pestañas, sus uñas, sus pezones, su vientre
miden
diez mil kilómetros.
Las
madrugadoras desconocen el enigma de la mujer.
Las
manos de la mujer son dos dientes de león.
Los
pechos de la mujer son dos dientes de león.
La
savia de su sexo es el enigma.
Ahora
la mujer debe vaciar una casa.
Elisabeth
Candina Laka
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