martes, 30 de junio de 2026

APORÍA DE ALEJANDRO CÉSPEDES EN EL LENGUAJE DE LAS COSAS MUDAS

 






APORÍA I


¡Cuanto más repugnante es el mundo más fascinante es el yo!

TZVETAN TODOROV8



«Los problemas no son tales dijo Wittgenstein,

sino perplejidades. Los poemas se resuelven

y las perplejidades se disuelven»9.

Entonces…, viejo Ludwig, ¿la vida es un problema

o una perplejidad que se licúa?

Vivimos y escribimos para encontrar respuestas

atados a la rueda del destino.

Somos puertas abiertas y cerradas

a la vez, tan simultáneamente

que resulta imposible distinguirnos.

Esos umbrales son entrada y freno.

El primero se incendia,

el segundo se hiela.

Los dos, en cada estado, son absolutamente impenetrables.


En todo proceso nunca podremos ver lo que es visible

sino precisamente lo que desaparece.

Lo escrito y lo borrado intercambian sus formas.

El virus a la vista lo contamina todo,

lo que está y lo que falta apareciendo

pero desintegrándose al unísono,

gritando su vacía en todas partes.


La mirada contempla esto que lees,

el impacto del tiempo, el deterioro,

pero es ciega a su propio suceder,

solo ve sus efectos y sus logros

que al tiempo, en cualquier caso,

le resultan del todo indiferentes.


En ese carrusel de lo invisible

donde el sarcasmo juega en cada vuelta

con aquello que fuimos y escribimos

una perplejidad irresoluble

nos plantea el problema de estar vivos:

las puertas que se cierran y se abren

ante unos ojos que ya no saben verlas,

los renglones que ceden en su propio hemistiquio

por querer desdecirse.

La muerte es simultánea con la vida,

un falso mecanismo, ese desdoblamiento

que producen las puertas al girar en sus ejes.

Una de ellas se incendia

mientras la otra se hiela.

Y las dos consumiéndose tan recíprocamente

se vuelven transparentes,

se disuelven igual que esta escritura.

Tal vez como dijera William Godwing,10

«Las cosas invisibles son las únicas realidades».


Se abren ante mí cientos de puertas

y todas menos una dan acceso a los féretros

que esperan la carcoma de un verso descompuesto.

Escribir es un juego sin solución alguna,

el problema reside en conocer sus reglas,

lo mismo que en la vida.

En ese carrusel de lo invisible soy una paradoja.

El «yo» gira en el gozne de sus transformaciones.

Ni siquiera el lenguaje enfermo del delirio

de sus metamorfosis nos salva del vacío.


Dentro del espejismo de esa nada

soy la perplejidad que me disuelve:

dos hermanos siameses separados

por un vidrio irrompible

sin que ninguno vea lo que hay al otro lado.

Sin que ninguno de los dos escuche

la lengua en la que nos hablan todas esas cosas mudas.


¡Cuántas veces las palabras

heredan la orfandad de las ideas!




APORÍA II


Todo lo riguroso es insignifiante

RENÉ THOM



«Los problemas se resuelven

y las perplejidades se disuelven».

Pero si el desconcierto que nos ha producido la aporía

se vuelve irresoluble, ¿qué haremos con aquello

que nos deja en las manos?


El tiempo, que al principio solo es una ilusión,

se hace al final la roca contra la que chocamos.

Es él quien certifica las heridas.

Creamos a Zenón: «La vida es una sucesión concatenada

de estados en reposo», el terco sumatorio

de imágenes estáticas en un cinematógrafo

al que alguien requisó la manivela.

¿El resultado?, una suma finita de puntos detenidos

que flotan sobre un río congelado.

¿Y cómo no entenderlo?

Vivimos en los nudos de las perplejidades

porque existir no es más que una aporía.

La tarea consiste en desenmascarar esas contradicciones

y aceptar, cada día, que en tu curvo trayecto

vas a encontrar mil metas antagónicas,

que despertar perplejo ante lo conocido

es admitir lo opuesto como parte esencial de lo que somos

y también, muchas veces, desechar lo que une.


Las preguntas no existen para buscar respuestas.

Cualquier interrogante tiene el mismo sentido

que nuestra propia vida, es un ente en sí mismo,

no necesita nada que lo justifique.

Tanto dolor nos deja un calvario añadido

al que nunca sabemos poner nombre.

Nada se puede hacer contra el desordenarse de las cosas.


Vivir no es revolver la paradoja

ni disolverse en ella, amigo Wittgenstein,

sino hallar certidumbre en la aporía.

El fin no es resolver su antagonismo,

es mejor aceptar sus consecuencias,

igual que en nuestra vida.


Todo lo que es riguroso acaba pereciendo

por su insignificancia.




APORÍA III


La modernidad comienza con la búsqueda de una Literatura imposible.

ROLAND BARTHES11



¿Existe en ese territorio del silencio

un espacio donde la vida cede

su sitio a la perplejidad?

¿Dónde van a anidar las pequeñas preguntas

que nos hacemos todos, incapaces

de asumir la inexistencia?

La verdad se atrinchera en el conflicto,

pero la muerte vive en lo seguro

y encuentra un yacimiento de verdades eternas.

Las preguntas no existen

para la vanagloria de las contestaciones.

Solo las cosas inútiles tienen respuestas sencillas.

Toda pregunta ahonda en una zanja,

pero al final del día sobre cada respuesta

vuelve a caer la tierra de la noche.


«Todos los libros son un solo libro dice Borges12,

cada generación reescribe en el dialecto de su época

lo que ha sido escrito ya».

El problema no reside en saber qué hay que decir

ni en buscar la materia emocional que dé soporte al poema,

sino en hallar formas nuevas para insistir otra vez

en eso que no se puede dejar de seguir diciendo.


Palabras desechadas se amontonan sobre unas escombreras

donde hasta los adverbios se ornamentan

con el triste verdín de la humedad.

Hongos, musgos y líquenes que viven de las sombras

y medran en las cosas estancadas.




Alejandro Céspedes

El lenguaje de las cosas mudas


Ediciones Liliputienses




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8 La literatura en peligro. Barcelona. Galaxia Gurenberg. 2009 (p.37)

9 Sobre la metafísica, Wittgenstein pensaba que los problemas filosóficos se debían a la incomprensión de la lógica de sus postulados expresados mediante nuestro lenguaje. Una vez descubiertos los errores en el uso de esas expresiones lingüísticas, (por su inadecuación para nombrar «lo importante», lo místico y todos los abstractos términos que se mueven a su alrededor), se comprueba cómo los problemas de la metafísica se deben a un mal uso del lenguaje. No eran pues problemas genuinos, sino pseudoproblemas.

10 William Godwing. Mandeville.

11 El grado cero de la escritura. Siglo XXI. 2012 (p.34)

12 Borges en diálogo: Conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari. Grijalbo. Buenos Aires. 1985



lunes, 29 de junio de 2026

SIETE POEMAS DE CRISTINA GRISOLÍA EN DE PIEDRA CONTRA PIEDRA

 





El amor es la tierra más frágil

BLANCA VARELA



PEQUEÑAS zarpas de amor

me sujetan los pasos, zarcillos

de malas hierbas convierten la inmensidad

en este lomo doblegado de labriega



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DESDE su frente a sus pies

baja la sombra, una sombra de nube

augurando tormenta.


Baja

cada día, un tramo de su cuerpo.



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PRIMERO digo no

luego hablaste olvidado de mí.


Entré en tu indiferencia

y partimos



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VUELVE el parque Lezama

en el descuido invernal de los senderos.


El tiempo sin retorno aún da cabida

a la nostalgia.



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SU AMOR, su amado, había muerto

o era acaso su padre o su hijo.


Invadía tanto la ausencia

ya no podría decir cuál de ellos la vaciaba.



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LAS sirenas eran puro ruido

y ella anhelaba el silencio,

estar en paz consigo sin partir



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SI BAILARA en el brevísimo espacio

de una nota

si durara su tiempo

el tacto en mi cintura

y el roce apretara su agudo infinito


le dejaría besar mis alas




Cristina Grisolía

De piedra contra piedra


Animal sospechoso editor


viernes, 26 de junio de 2026

GÁLATA MORIBUNDO DE EKAITZ RUIZ DE VERGARA OLMOS

 






Gálata moribundo



Hermanos, escuchadme: todo el reino de Pérgamo

no sería bastante para reducir mi angustia:

la de pertenecer a una estirpe

profanadora de templos.

Mañana,

cuando amanezca, todos estos fuegos

se habrán extinguido; los cuerpos (entre ellos,

los vuestros) los habrá cubierto el fango,

las hojas las habrá barrido el viento

y de nosotros quedará tan solo

la expresión de dolor tallada en piedra

por nuestros enemigos.

Y que no os inquiete esto, hermanos.

Es privilegio de muy pocos hombres

encarnar el declive de su raza:

solo la destrucción y la muerte permiten

la fijación de un destino heroico

en esta trama que entretejen siglos

y siglos de discordias.


Este imperio será presa de otro imperio,

que a su vez lo será de muchos,

y uno

habrá solo que mire al orbe frente a frente,

como ante un igual,

pero aquel no será ya de este mundo:

alguien verá el rostro insospechado

de las cosas terrenas

y un hombre será al mismo tiempo un dios.

Y entretanto la sangre, corriendo oscura y fría

(como la vuestra aquí hoy, oh, hermanos),

remontará el cauce de la historia

hasta reencontrarnos en este día infausto,

porque la vida es menos fuerte que la corriente.


Así es como debe ser y así

debemos celebrarlo.




Ekaitz Ruiz de Vergara Olmos

Gálata moribundo


Premio Nacional de Poesía Joven Grande Aguirre 2026


Ya lo dijo Casimiro Parker


jueves, 25 de junio de 2026

EN EL SEÑUELO DE LAS PALABRAS UN POEMA DE YVES BONNEFOY EN LAS TABLAS CURVAS






DANS LE LEURRE DES MOTS


EN EL SEÑUELO DE LAS PALABRAS



I



Es el sueño de verano un año más,

el oro que pedimos, desde el fondo de nuestras voces,

en la transmutación de los metales de los sueños.

El racimo de las montañas, de las cosas cercanas,

ha madurado, es casi vino, la tierra

es el seno desnudo en que reposa nuestra vida.

Y los alientos nos rodean, nos acogen.

Tal la noche estival, sin orillas,

de rama en rama pasa el fuego ligero.

Amiga mía, ahí hay nuevo cielo, nueva tierra,

un humo se encuentra con un humo

sobre la disyunción de los dos brazos del río.


Y el ruiseñor aún canta otra vez

antes de que nos prendan nuestros sueños,

cantó al dormirse Ulises

en la isla en que su errar se detenía,

y también en el sueño consintió el que llegaba,

fue como un temblor de su memoria

que le recorrió el brazo de existencia en la tierra,

doblado bajo su cabeza laxa.

Pienso que respiró con un aliento igual

en su lecho de placer y descanso,

pero en el cielo Venus, la más temprana estrella,

ya viraba su proa, aunque dubitativa,

hacia lo alto del mar, bajo las nubes,

y derivaba luego, barca a cuyo remero,

con los ojos en otras luces, se le olvidara

volver a sumergir en la noche su remo.


Y por la gracia de este sueño vive ¿qué?

¿tal vez la línea baja de una orilla

donde serían claras las sombras y su noche

a causa de otros fuegos que los que arden

en las brumas de nuestros ruegos, sucesivas

durante nuestro avance por el sueño?

Somos barcos cargados con nosotros mismos,

desbordantes de cosas cerradas, miramos

a la proa de nuestro periplo toda un agua negra

que se abre casi y se rehúsa, por siempre sin orilla.

Él, sin embargo, en los pliegues del canto triste

del ruiseñor de la isla casual,

pensaba ya en recuperar su remo

una tarde, al volver a blanquear la espuma,

para olvidar tal vez todas las islas

en un mar en el que una estrella crece.


Ir así, con el oriente mismo

más allá de las imágenes que una a una

nos dejan con la fiebre de desear,

ir confiados, perdernos, reconocernos

a través de la belleza de los recuerdos

y la mentira de los recuerdos, a través del horror

de algunos, pero también de la dicha

de otros, cuyo fuego corre por el pasado en cenizas,

nube roja que se alza en la rompiente de las playas,

o la delicia de frutos que ya no se tienen,

ir, más allá casi del lenguaje,

con un poco de luz sólo, ¿es posible

o es sólo lo ilusorio una vez más

con que bajo otros trazos dibujamos de nuevo

irisados del mismo brillo engañoso

la forma en las sombras que vuelven a cerrarse?

Por doquier en nosotros sólo la humilde mentira

de las palabras que ofrecen más de lo que hay,

o dicen otra cosa que lo que hay,

las tardes no tanto de la belleza que tarda

en dejar una tierra que ha amado,

moldeándola con sus manos de luz,

cuanto de la masa de agua que de noche en noche

desciende con estrépito a nuestro porvenir.


Sumergimos los pies en el agua del sueño,

está tibia, no se sabe si es del despertar

o si el rayo lento y calmo del sueño

traza sus signos ya en ramas

que agita una inquietud, y luego hay tantas sombras

que no se pueden distinguir los rostros

ante los que se apartan estos árboles delante de nuestros pasos.

Avanzamos, nos llega el agua a los tobillos,

oh sueño de la noche, toma el del día

en tus manos amantes, vuelve hacia ti

se frente, sus ojos, consigue con dulzura

que su mirada se funda con la tuya, más sagaz,

para un saber que no desgarre ya

la disputa entre el mundo y la esperanza,

y que unidad cobre y guarde la vida

en el sosiego de la espuma, en donde se reflejan,

sea verdad, de nuevo, o belleza, las mismas

estrellas que en el sueño se acrecientan.


Belleza, suficiente belleza, belleza última

de las estrellas sin sentido, inmóviles.


A popa se halla el nauta, más grandioso que el mundo,

más negro, pero de opacidad fosforescente.

El leve ruido de agua apenas removida,

pronto se hace silencio. Y no se sabe aún

si es una nueva orilla, o si es el mismo mundo

que el de pliegues febriles del lecho en la tierra,

esta arena que se oye crujir bajo la proa.

Se ignora si se está arribando a otra tierra,

se ignora si va a haber unas manos tendiéndose

desde lo acogedor incógnito para atrapar

la cuerda que lanzamos, desde nuestra noche.


Y al despertar, mañana,

puede que nuestra vidas sean más confiadas

donde voces y sombras se desmoronen,

pero distraídas, tranquilas, poco atentas,

sin guerra, sin reproche, pese a que

el niño a nuestro lado, en el camino,

sacudirá riendo su cabeza inmensa

mirándonos con esa cortedad

del espíritu que recupera en su origen

su tarea de luz en el enigma.


Aún sabe reír,

ha cogido en el cielo un racimo demasiado pesado,

vemos que se lo lleva por la noche.

Y el que vendimia, y que tal vez cosecha

otros racimos allá arriba en el futuro,

le mira cómo pasa, aunque sin rostro.

Confiémosle a la benevolencia de la tarde estival,

durmámonos…


...La voz que oigo se pierde,

el ruido de fondo que han en la noche la recubre.


Las tablas de la proa de la barca, curvadas

para dar forma al espíritu bajo el peso

de lo desconocido, de lo impensable, se desunen.

¿Qué me dicen estos crujidos que disgregan

los pensamientos que juntó la esperanza?

Pero el sueño se hace indiferencia.

Sus luces y sus sombras: ya nada más que una

ola que se desploma sobre el deseo.




II



Y podría

ahora mismo, con el sobresalto del brusco despertar,

decir o intentar decir el tumulto

de las garras y de las risas que se topan

con la avidez sin alegría de las vidas primarias

en el reborde dislocado de la palabra.

Y podría gritar que por toda la tierra

injusticia y desdicha arrasan el sentido

que el espíritu soñó con dar al mundo,

en suma, acordarme de lo que hay,

no ser sino la lucidez desesperada

y, aunque enroscada esté

en las ramas del jardín de Arminda la quimera

que embauca tanto a la razón como a los sueños,

abandonar las palabras a quien tacha,

prosa, por evidencia de la materia,

la oferta de la belleza en la verdad,


aunque también opino que la única real

es la voz que espera, aunque sea

inconsciente de las leyes que la niegan.

Real, solo, el temblor de la mano que toca

la promesa de otra, reales, solas,

esas barreras que uno empuja en la penumbra,

al caer la tarde, en el camino de vuelta.

Sé todo lo que hay tachar del libro, aunque

una palabra sigue quemándome los labios.


Oh poesía,

no puedo dejar de nombrarte

por tu nombre que ya no gusta a los que yerran

entre las ruinas hoy de la palabra.

Me arriesgo a dirigirme a ti, directamente,

igual que en la elocuencia de las épocas

en que se colocaban en vísperas de fiesta

en lo alto de las columnas de los salones

guirnaldas de hojas y de frutos.


Lo hago confiando en que la memoria,

al enseñar estas palabras sencillas a los que intentan

hacer que haya sentido a pesar del enigma,

les hará descifrar, en sus grandes páginas,

tu nombre uno y múltiple en el que quemarán

en silencio, un fuego claro,

los sarmientos de sus dudas y sus miedos.

«Mirad, les dirá ella, en el único libro

que se escribe a través de los siglos, ved crecer

en las imágenes los signos. Y los montes

azulear a lo lejos para seros la tierra una tierra.

Escuchad la música que elucida

con su flauta sabia en la techumbre de las cosas

el sonido del color en lo que es.»


Oh poesía,

sé que te menosprecian y te niegan,

que te estiman teatro, vale decir mentira,

que te colman con faltas de lenguaje,

que llaman mala al agua que tú traes

a los que aun así ansían beber

y se vuelven, frustrados, hacia la muerte.


Y es verdad que la noche hincha las palabras,

vuelven sus páginas los vientos, los fuegos rebajan

sus animales asustados hasta debajo de nuestros pasos.

¿Creímos que nos llevaría lejos

el camino que se pierde en la evidencia?,

no, las imágenes topan con el agua que sube,

su sintaxis es incoherencia, ceniza,

y pronto incluso no quedan ya imágenes,

ni libro, ni gran cuerpo caluroso del mundo

que estrechar en los brazos de nuestro deseo.


Pero igualmente sé que no hay más astro

que se mueva augural y misterioso

en el cielo ilusorio de las estrellas fijas,

que tu barca siempre oscura, pero en la que las sombras

se agrupan en la proa, incluso cantan

como antaño los que llegaban, cuando crecía

ante ellos, al fin del largo viaje,

la tierra entre la espuma, y relucía el faro.


Y si queda

algo distinto a un viento, a un arrecife, a un mar,

yo sé que tú serás, aun por la noche,

el ancla echada, los pasos titubeantes en la arena,

la leña recogida, y la chispa

bajo las ramas mojadas, y, en la inquieta

espera de la llama insegura,

la primera palabra tras el largo silencio,

el primer fuego que prender al pie del mundo muerto.




Yves Bonnefoy

Las tablas curvas


Traducción de Jesús Munárriz


Hiperión