DANS LE LEURRE DES MOTS
EN EL SEÑUELO DE LAS PALABRAS
I
Es el sueño de verano un año
más,
el oro que pedimos, desde el
fondo de nuestras voces,
en la transmutación de los
metales de los sueños.
El racimo de las montañas, de
las cosas cercanas,
ha madurado, es casi vino, la
tierra
es el seno desnudo en que reposa
nuestra vida.
Y los alientos nos rodean, nos
acogen.
Tal la noche estival, sin
orillas,
de rama en rama pasa el fuego
ligero.
Amiga mía, ahí hay nuevo
cielo, nueva tierra,
un humo se encuentra con un humo
sobre la disyunción de los dos
brazos del río.
Y el ruiseñor aún canta otra
vez
antes de que nos prendan
nuestros sueños,
cantó al dormirse Ulises
en la isla en que su errar se
detenía,
y también en el sueño
consintió el que llegaba,
fue como un temblor de su
memoria
que le recorrió el brazo de
existencia en la tierra,
doblado bajo su cabeza laxa.
Pienso que respiró con un
aliento igual
en su lecho de placer y
descanso,
pero en el cielo Venus, la más
temprana estrella,
ya viraba su proa, aunque
dubitativa,
hacia lo alto del mar, bajo las
nubes,
y derivaba luego, barca a cuyo
remero,
con los ojos en otras luces, se
le olvidara
volver a sumergir en la noche su
remo.
Y por la gracia de este sueño
vive ¿qué?
¿tal vez la línea baja de una
orilla
donde serían claras las sombras
y su noche
a causa de otros fuegos que los
que arden
en las brumas de nuestros
ruegos, sucesivas
durante nuestro avance por el
sueño?
Somos barcos cargados con
nosotros mismos,
desbordantes de cosas cerradas,
miramos
a la proa de nuestro periplo
toda un agua negra
que se abre casi y se rehúsa,
por siempre sin orilla.
Él, sin embargo, en los
pliegues del canto triste
del ruiseñor de la isla casual,
pensaba ya en recuperar su remo
una tarde, al volver a blanquear
la espuma,
para olvidar tal vez todas las
islas
en un mar en el que una estrella
crece.
Ir así, con el oriente mismo
más allá de las imágenes que
una a una
nos dejan con la fiebre de
desear,
ir confiados, perdernos,
reconocernos
a través de la belleza de los
recuerdos
y la mentira de los recuerdos, a
través del horror
de algunos, pero también de la
dicha
de otros, cuyo fuego corre por
el pasado en cenizas,
nube roja que se alza en la
rompiente de las playas,
o la delicia de frutos que ya no
se tienen,
ir, más allá casi del
lenguaje,
con un poco de luz sólo, ¿es
posible
o es sólo lo ilusorio una vez
más
con que bajo otros trazos
dibujamos de nuevo
irisados del mismo brillo
engañoso
la forma en las sombras que
vuelven a cerrarse?
Por doquier en nosotros sólo la
humilde mentira
de las palabras que ofrecen más
de lo que hay,
o dicen otra cosa que lo que
hay,
las tardes no tanto de la
belleza que tarda
en dejar una tierra que ha
amado,
moldeándola con sus manos de
luz,
cuanto de la masa de agua que de
noche en noche
desciende con estrépito a
nuestro porvenir.
Sumergimos los pies en el agua
del sueño,
está tibia, no se sabe si es
del despertar
o si el rayo lento y calmo del
sueño
traza sus signos ya en ramas
que agita una inquietud, y luego
hay tantas sombras
que no se pueden distinguir los
rostros
ante los que se apartan estos
árboles delante de nuestros pasos.
Avanzamos, nos llega el agua a
los tobillos,
oh sueño de la noche, toma el
del día
en tus manos amantes, vuelve
hacia ti
se frente, sus ojos, consigue
con dulzura
que su mirada se funda con la
tuya, más sagaz,
para un saber que no desgarre ya
la disputa entre el mundo y la
esperanza,
y que unidad cobre y guarde la
vida
en el sosiego de la espuma, en
donde se reflejan,
sea verdad, de nuevo, o belleza,
las mismas
estrellas que en el sueño se
acrecientan.
Belleza, suficiente belleza,
belleza última
de las estrellas sin sentido,
inmóviles.
A popa se halla el nauta, más
grandioso que el mundo,
más negro, pero de opacidad
fosforescente.
El leve ruido de agua apenas
removida,
pronto se hace silencio. Y no se
sabe aún
si es una nueva orilla, o si es
el mismo mundo
que el de pliegues febriles del
lecho en la tierra,
esta arena que se oye crujir
bajo la proa.
Se ignora si se está arribando
a otra tierra,
se ignora si va a haber unas
manos tendiéndose
desde lo acogedor incógnito
para atrapar
la cuerda que lanzamos, desde
nuestra noche.
Y al despertar, mañana,
puede que nuestra vidas sean más
confiadas
donde voces y sombras se
desmoronen,
pero distraídas, tranquilas,
poco atentas,
sin guerra, sin reproche, pese a
que
el niño a nuestro lado, en el
camino,
sacudirá riendo su cabeza
inmensa
mirándonos con esa cortedad
del espíritu que recupera en su
origen
su tarea de luz en el enigma.
Aún sabe reír,
ha cogido en el cielo un racimo
demasiado pesado,
vemos que se lo lleva por la
noche.
Y el que vendimia, y que tal vez
cosecha
otros racimos allá arriba en el
futuro,
le mira cómo pasa, aunque sin
rostro.
Confiémosle a la benevolencia
de la tarde estival,
durmámonos…
...La voz que oigo se pierde,
el ruido de fondo que han en la
noche la recubre.
Las tablas de la proa de la
barca, curvadas
para dar forma al espíritu bajo
el peso
de lo desconocido, de lo
impensable, se desunen.
¿Qué me dicen estos crujidos
que disgregan
los pensamientos que juntó la
esperanza?
Pero el sueño se hace
indiferencia.
Sus luces y sus sombras: ya nada
más que una
ola que se desploma sobre el
deseo.
II
Y podría
ahora mismo, con el sobresalto
del brusco despertar,
decir o intentar decir el
tumulto
de las garras y de las risas que
se topan
con la avidez sin alegría de
las vidas primarias
en el reborde dislocado de la
palabra.
Y podría gritar que por toda la
tierra
injusticia y desdicha arrasan el
sentido
que el espíritu soñó con dar
al mundo,
en suma, acordarme de lo que
hay,
no ser sino la lucidez
desesperada
y, aunque enroscada esté
en las ramas del jardín de
Arminda la quimera
que embauca tanto a la razón
como a los sueños,
abandonar las palabras a quien
tacha,
prosa, por evidencia de la
materia,
la oferta de la belleza en la
verdad,
aunque también opino que la
única real
es la voz que espera, aunque sea
inconsciente de las leyes que la
niegan.
Real, solo, el temblor de la
mano que toca
la promesa de otra, reales,
solas,
esas barreras que uno empuja en
la penumbra,
al caer la tarde, en el camino
de vuelta.
Sé todo lo que hay tachar del
libro, aunque
una palabra sigue quemándome
los labios.
Oh poesía,
no puedo dejar de nombrarte
por tu nombre que ya no gusta a
los que yerran
entre las ruinas hoy de la
palabra.
Me arriesgo a dirigirme a ti,
directamente,
igual que en la elocuencia de
las épocas
en que se colocaban en vísperas
de fiesta
en lo alto de las columnas de
los salones
guirnaldas de hojas y de frutos.
Lo hago confiando en que la
memoria,
al enseñar estas palabras
sencillas a los que intentan
hacer que haya sentido a pesar
del enigma,
les hará descifrar, en sus
grandes páginas,
tu nombre uno y múltiple en el
que quemarán
en silencio, un fuego claro,
los sarmientos de sus dudas y
sus miedos.
«Mirad, les dirá ella, en el
único libro
que se escribe a través de los
siglos, ved crecer
en las imágenes los signos. Y
los montes
azulear a lo lejos para seros la
tierra una tierra.
Escuchad la música que elucida
con su flauta sabia en la
techumbre de las cosas
el sonido del color en lo que
es.»
Oh poesía,
sé que te menosprecian y te
niegan,
que te estiman teatro, vale
decir mentira,
que te colman con faltas de
lenguaje,
que llaman mala al agua que tú
traes
a los que aun así ansían beber
y se vuelven, frustrados, hacia
la muerte.
Y es verdad que la noche hincha
las palabras,
vuelven sus páginas los
vientos, los fuegos rebajan
sus animales asustados hasta
debajo de nuestros pasos.
¿Creímos que nos llevaría
lejos
el camino que se pierde en la
evidencia?,
no, las imágenes topan con el
agua que sube,
su sintaxis es incoherencia,
ceniza,
y pronto incluso no quedan ya
imágenes,
ni libro, ni gran cuerpo
caluroso del mundo
que estrechar en los brazos de
nuestro deseo.
Pero igualmente sé que no hay
más astro
que se mueva augural y
misterioso
en el cielo ilusorio de las
estrellas fijas,
que tu barca siempre oscura,
pero en la que las sombras
se agrupan en la proa, incluso
cantan
como antaño los que llegaban,
cuando crecía
ante ellos, al fin del largo
viaje,
la tierra entre la espuma, y
relucía el faro.
Y si queda
algo distinto a un viento, a un
arrecife, a un mar,
yo sé que tú serás, aun por
la noche,
el ancla echada, los pasos
titubeantes en la arena,
la leña recogida, y la chispa
bajo las ramas mojadas, y, en la
inquieta
espera de la llama insegura,
la primera palabra tras el largo
silencio,
el primer fuego que prender al
pie del mundo muerto.
Yves Bonnefoy
Las tablas curvas
Traducción de Jesús Munárriz
Hiperión