
HIJO
A mi padre últimamente
no van a visitarle las palabras,
los nombres de las ciudades
están de vacaciones
en Londres, en Manila o en El
Cairo.
Las actrices de su infancia son
impuntuales,
los presidentes de gobierno
tienen guerras y cócteles
urgentes,
los escritores metáforas que
alimentar.
Hasta las palabras sencillas le
ponen pegas:
«Ya iré después si tengo
tiempo»,
le dijo una sartén el otro día.
Otras le dan plantón definitivo
y se marchan en tren a otro
cerebro
porque siguen naciendo muchos
niños
que también necesitan su
palabra aguacate,
su palabra cuchillo,
su palabra insignificancia.
Pero mi padre las convoca
como quien llama al perro viejo
y sordo
que apenas le hace caso.
Y siempre me dice lo mismo:
«No me la digas, hijo.
Espera, que en seguida viene».
Entonces yo recuerdo aquellos
tiempos
en que él sacaba del sombrero
una bifurcación, un
paradigma,
una epifanía, un
estegosaurio…
Palabras relucientes
que yo jamás había oído
y que me tragaba muy rápido
como el leopardo joven
que devora impaciente su gacela.
Pero hoy, en el muelle de esta
noche injusta,
frente a un cielo donde tililan
hipócritas y azules sus
neuronas,
mi padre y yo de pie
contemplamos despacio cómo
llegan
las palabras en barcos a lo
lejos.
Y yo no digo nada, solo temo
el momento ridículo y concreto
en que llegue por última vez
al viejo embarcadero de su boca
la palabra hijo.
Miguel Martínez
Hermano pulpo
Isla Elefante