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3 (el té)
En las primeras décadas del
siglo XIX, Inglaterra importaba de China casi todo el té que
consumía, y no era poca cantidad. Pero además del té y las
carreras de caballos, la Inglaterra de Adam Smith y David Ricardo
empezaba a cultivar nuevos y poderosos valores (rápidamente copiados
por el resto de la civilización). La moneda, por ejemplo, más o
menos como la entendemos hoy, y que de allí a dos siglos será la
principal mercancía que mueva la economía de Hong Kong.
Simultáneamente, la balanza comercial, que, al igual que la moneda,
aunque siempre había existido, adquiría ahora un nuevo estatus y
era adorada casi como una deidad. Entonces: Gran Bretaña importaba
miles de toneladas de té de China, pero los chinos no compraban
prácticamente nada a los ingleses y, como resultado, la balanza
comercial se volvió intolerablemente desequilibrada. Gran Bretaña
era el imperio dominante de la época, con colonias repartidas por
todos los rincones del planeta. Una de estas joyas de la corona era
la India, donde, en la rica provincia de Bengala, se producía una
preciosa flor, generalmente roja, de la familia de las papaveraceae.
Listo: la ecuación podía rehacerse y los platos podían volver al
punto de equilibrio, es decir, notablemente favorable a Gran Bretaña.
Sólo había que conseguir que los chinos consumieran el fabuloso
producto derivado de la amapola. Y en grandes cantidades.
cuando
caen los pétalos de la flor madura
“Cuando los pétalos de la
flor madura (de la amapola) caen, emerge sobre el pedúnculo un bulbo
del tamaño de una pelota de golf. Un líquido viscoso conteniendo
opio está alojado en el bulbo. A partir de él, el ser humano ha
obtenido el láudano, la codeína, la tebaína, la hidrocodona, la
oximorfona y la heroína, además de otras doscientas drogas; todas
ellas contienen la molécula de la morfina o variaciones de la misma.
La etorfina, un derivado de la tebaína, se utiliza en las pistolas
de dardos para tranquilizar rinocerontes y elefantes”.168
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4 (el opio)
A quienes no les gustó el nuevo
negocio organizado y mantenido por una potencia extranjera justo en
su propio patio trasero fue, por supuesto, a los chinos. En sí
mismo, sería motivo suficiente de pelea, y cualquier tipo pacífico
lo admitiría. Pero, ¿desde cuándo los imperios cuentan con lo que
llamamos conciencia? Si ya es
un producto raro (casi extinto) entre los hombres, imagínate entre
los imperios. El plus
de descontento para el emperador Daoguang era el asunto del que
trataba ese negocio: lo que los británicos (con la ayuda de los
estadounidenses) estaban financiando y estimulando en China no era
otra cosa que lo que hoy conocemos como narcotráfico. Barriles y
barriles de opio inundaban el puerto de Cantón y, desde allí, eran
transportados a través de la desembocadura del río de las Perlas al
resto del país. El opio, fabricado y traído desde la vecina colonia
británica, producía efectos devastadores en la población china.
Puede que el jefe de la dinastía Qing no fuera un hombre que pasara
la noches en vela preocupado por la salud y la calidad de vida de su
pueblo, pero tenía un problema sanitario de gran envergadura en su
salón. El opio no es marihuana. Había que tomar medidas urgentes y
el emperador nombró entonces al comisario Lin para que comandara la
guerra contra los traficantes de la corona. Un portentoso combate se
anunciaba, como tal vez hayan supuesto.
Lin
no tardó en actuar y durante el año 1839 consiguió detener a unos
1.700 traficantes y “20.000 mil baúles de opio”.169
Se dice que sólo en junio de ese año, quinientos trabajadores
trabajaron durante veintitrés días seguidos para destruir la droga
incautada, mezclando el opio con sal y limón y arrojándolo al mar
en las afueras de Humen (al sur de Cantón).
Paralelamente, obedeciendo
órdenes directas del emperador, el comisario Lin envió una misiva a
su Majestad la Reina pidiéndole que detuviera y prohibiera el
tráfico de la terrible droga en el territorio del emperador
Daoguang.
(Un segundo, permítanme sólo
un segundo. A ninguno de nosotros nos gusta meter la nariz en asuntos
ajenos, sobre todo cuando se trata de personas desconocidas para
nosotros. Por tanto. No tengo, y supongo que tú que estás leyendo
esta historia ahora tampoco tienes la menor idea de quién sea el tal
comisario Lin, ni mucho menos la destinataria de la carta, quiero
decir, como persona. Ambos sabemos, tú y yo, alfo de su fama, la
fama de su irascible conservadurismo y de su terca longevidad que, al
fin y al cabo, marcó y dio nombre a una época, etcétera, etcétera.
Lo cual no nos concede muchos derechos, hay que reconocerlo. Pero
seamos sinceros, si China o cualquier otro país enviara unos cuantos
barcos cargados con una cuantas toneladas de opio al puerto de
Londres o Liverpool durante años… Evidentemente, no es necesario
seguir con la pregunta. Qué paciencia hace falta, y los chinos de la
dinastía Qinq la tuvieron de sobra, al menos en lo que respecta a
las actitudes de la recién juramentada Victoria. Pero era demasiado
opio, y sólo para equilibrar una balanza. Demasiados muertos incluso
para la sensibilidad embotada de emperadores y reinas).
Era todo lo que la (entonces)
joven soberana necesitaba para exhibir sus músculos. El tono
insolente de la petición del comisario y de su señor el emperador
era el pretexto más que suficiente para poner las cosas en su sitio
y enseñar a aquella gentuza quién era quien mandaba allí, y de
paso, en el comercio mundial.
A los pedidos del emperador, el
Reino Unido respondió con los cañones de su flota. En menos de tres
años, pusieron a los chinos de rodillas, obligándoles, además, a
pagar una indemnización de guerra y a la “entrega de Hong Kong a
la corona británica por ciento cincuenta años”.
un
pantano profusamente iluminado
¿Qué hacer en Hong Kong?
En las fotografías e
imágenes de la isla, esta aparece profusamente iluminada. Imagino
que tantas luces deberían asustar o al menos molestar a los ojos de
quienes la contemplan, pero no es así. El exceso de luz parece
destinado a, al mismo tiempo, encantar a los ojos y ocultar el mundo
que está o podría estar más allá del deslumbramiento o, peor aún,
es como si esa opulencia de luces fuera la propia realidad.
Paraísos
artificiales
Hong Kong antes de convertirse
en Hon Kong era un pantano. Pero un pantano también es un terreno
llano donde se puede imaginar o erigir cualquier orden de planos. Y
en ese terreno llano construyeron la vida de los que llegaron de
lejos para asegurar las posesiones imperiales. Después mandaron a
construir también el zoo, que tenía casi tantos animales como el
Arca de Noé. El Zoo y el Hipódromo siguen ahí, a 3,3 kilómetros
de distancia uno del otro, sólo que ahora están cercados de luces y
rascacielos, tan llamativos como la jirafa llevada desde África en
el siglo XV. Hong Kong es ahora el Nuevo Mundo. Tal vez tenga otra
naturaleza. Un espacio-tiempo donde las riquezas intangibles
proliferan como los frutos contaminados de un paraíso artificial.
Allí no hace falta ninguna palabra, no son necesarias porque hay
vocabulario novísimo al servicio de la nueva especie que habita la
ciudad y el mundo con el que está conectada. En Hong Kong, la isla
es para algunos el verdadero paraíso en la tierra, los pecados no
son pecados, no hay delitos ni castigos. Todo está permitido.
Halley Margon
La noche belga
Escritos sobre alienación y
violencia
Traducción de Aníbal Cristobo
Kriller71 ediciones
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San Quinones, Tierra de Sueños.
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Ver BBC Mundo, 1 de julio de 2017