«Tras el crimen fuisteis arrojados a la sima
junto a tres perros vivos».
J.O.
ESA IMPOSIBILIDAD DE NARRAR
VUESTRO DOLOR
La palabra me esquiva,
empeñada en no ser,
va de una herida a otra herida
clavándome en sus orillas como si yo fuera culpable,
como si yo hubiera desactivado los lenguajes del espíritu
y recorriera las calles victoriosa de mi nada,
y consintiera que una jerga sin alma,
brutal como bota claveteada golpeando el rostro,
se impusiera y el día fuera luego aliento frágil,
apenas una tachadura donde seguir errando.
Fidelidad incondicional de su ausencia,
la palabra se disuelve en la mendicidad de mis noches,
su ley es el olvido de mí,
la no injerencia en el íntimo espacio
donde a duras penas intento ser,
su disidencia me arroja lejos de ella, como apestada,
al no lugar.
Nos une el silencio,
ese espacio vacío que ella mantiene entre ambas,
como infinita galería de espejos donde día y noche me busco,
lo busco, despojada de todo, como si en esta terrible partida
lo que escribí antes no contara para nada,
salvo para cercar y señalar el desierto expresivo del ahora,
la tiniebla sin ella.
Lo que alguien puede tomar en mis escritos
por juegos de palabras
es silencio,
una forma desesperada de esconder
las distintas vías del derrumbe,
una huida a la medida de mi mudez,
no son llaves entonces los vocablos
sino disolución de sentido,
olvido, libro de excrementos.
Su rechazo hace de mí una imposibilidad,
una escenografía para el simulacro,
las palabras que escribo no son la palabra,
ella lo sabe, aquí no crece nada,
esto no es el tiempo, esto no es el tiempo…
Ya nada permanece en pie excepto mi impotencia
para nombrar el enigma.
El ruido del mundo a mi alrededor es ensordecedor.
Me gustaría subir a los estrados y clamar: ¡Mirad,
mirad todos, mi rostro sin lengua!
¡Hace tiempo emprendí un largo viaje
y no puedo contarlo!
Ella ha decidido callar sin mi consentimiento,
sueño todo el tiempo letras sin sentido,
la blancura de mi silencio no es la del sosiego
sino la de la sangre derramada de una batalla
sin contendientes, que agota y no mata.
He sabido que por más que busque en la
desorientación de lo innombrable
permaneceré siempre en las preguntas,
la piedra no se hará transparente
porque yo lo quiera,
toda mi vida arropada en un lenguaje
que ahora desconozco
y me es extraño.
Desde el otro lado de mí misma ignoro
cómo he podido escribir mis libros,
parecen no pertenecerme.
¿Quién fui entonces?
Cada traducción que hago del universo
me parece una impostura.
¿Cómo afrontar la escritura desde esta ruina?
Soy una mudez de piedra fragmentada
a quien el mundo le duele dentro como un parto
condenado a no ver la luz.
En lugar de la palabra escrita el espejismo,
el latido de la alucinación como gramática,
como metafísica de lo roto y ajeno.
Los objetos de mi pensamiento pasan
de un vértigo a otro sin salida,
mis manos desconocen,
los huesos de mis dedos no pueden
darles forma en el papel,
¿cuál es el origen de tanta energía
a favor de la imposibilidad de narrar
la medida de vuestro dolor?
Julia Otxoa
Bajo los astros de la repetición
Editorial Averso






