martes, 11 de septiembre de 2018

MONEDA OBSIDIONAL UN POEMA DE CONRADO SANTAMARÍA




MONEDA OBSIDIONAL


Mira esa moneda que ocupa casi
la palma de tu mano,
la distancia secreta
entre tu voz y tu pupila, entre
tu amor y el llanto.
Moneda, ay, tan contante
y sonante que en silencio recorre,
como un escalofrío,
con su cara de niña y con su cruz
de tragedia, la extensión
de tu sueño, el vuelo de tu angustia.
Mírala bien y observa
el brillo de su terco metal, ya gastado y aún bello,
su efigie conocida,
la cifra que veneras.
Y no tiembles y muerde 
con tus dientes curtidos
su dura devoción,
prueba su ley, y ahora,
apretados los ojos
y el aliento
en suspenso como el rodar de un mundo,
lánzala al aire, arriba,
arriba y por encima
del alcázar que en soledad habitas,
del jardín que te envuelve,
del halcón que te caza,
más arriba del muro
de tu ciudad sitiada, más arriba
del grito y del incendio,
del fragor de las armas,
del humo de ti mismo.

Y, al fin, cuando el tañido
del golpe del metal contra la piedra,
menos dura que un corazón apenas,
te anuncie el veredicto,
ya no dudes.
Una última vez vuélvete y mira
tu señorío en llamas,
la tarde ensordecida,
la oquedad estéril que acuña el horizonte.



Conrado Santamaría.
La noche ardida

Ruleta Rusa Ediciones

lunes, 10 de septiembre de 2018

UN POEMA DE ESTHER RAMÓN DE EN FLECHA




La ropa se llena de
sonidos. El desgarro
de un pan que se
divide, un timbre de
llamada, o de alarma,
zumbidos, campanilleos,
voces de metal
que se ejercitan.
Desnudarse da frío.
Produce ecos.



Esther Ramón
en flecha

eMe
escritura de Mujeres en español


domingo, 9 de septiembre de 2018

UN PUENTE, UN GRAN PUENTE DE JOSÉ LEZAMA LIMA




UN PUENTE, UN GRAN PUENTE


En medio de las aguas congeladas o hirvientes,
un puente, un gran puente que no se le ve,
pero que anda sobre su propia obra manuscrita,
sobre su propia desconfianza de poderse apropiar
de las sombrillas de las mujeres embarazadas,
con el embarazo de una pregunta transportada a lomo de mula
que tiene que realizar la misión
de convertir o alargar los jardines en nichos
donde los niños prestan sus rizos a las olas,
pues las olas son tan artificiales como el bostezo de Dios,
como el juego de los dioses,
como la caracola que cubre la aldea
con una voz rodadora de dados,
de quinquenios, y de animales que pasan
por el puente con la última lámpara
de seguridad de Edison. La lámpara, felizmente,
revienta, y en el reverso de la cara del obrero,
me entretengo en colocar alfileres,
pues era uno de mis amigos más hermosos,
a quien yo en secreto envidiaba.

Un puente, un gran puente que no se le ve,
un puente que transporta borrachos
que decían que se tenían que nutrir de cemento,
mientras el pobre cemento con alma de león,
ofrecía sus riquezas de miniaturista,
pues, sabed, los jueves, los puentes
se entretienen en pasar a los reyes destronados,
que no han podido olvidar su última partida de ajedrez,
jugada entre un lebrel de microcefalia reiterada
y una gran pared que se desmorona,
como el esqueleto de una vaca
visto a través de un tragaluz geométrico y mediterráneo.
Conducido por cifras astronómicas de hormigas
y por un camello de humo, que tiene que pasar ahora el puente,
un gran tiburón de plata,
en verdad son tan sólo tres millones de hormigas
que en un gran esfuerzo que las ha herniado,
pasan el tiburón de plata, a medianoche,
por el puente, como si fuese otro rey destronado.

Un puente, un gran puente, pero he ahí que no se le ve,
sus armaduras de color de miel, pueden ser las vísperas sicilianas
pintadas en un diminuto cartel,
pintadas también con gran estruendo del agua,
cuando todo termina en plata salada
que tenemos que recorrer a pesar de los ejércitos
hinchados y silenciosos que han sitiado la ciudad sin silencio,
porque saben que yo estoy allí,
y paseo y veo mi cabeza golpeada,
y los escuadrones inmutables exclaman:
es un tambor batiente,
perdimos la bandera favorita de mi novia,
esta noche quiero quedarme dormido agujereando las sábanas.
El gran puente, el asunto de mi cabeza
y los redobles que se van acercando a mi morada,
después no sé lo qué pasó, pero ahora es medianoche,
y estoy atravesando lo que mi corazón siente como un gran puente.
Pero las espaldas del gran puente no pueden oír lo que yo digo:
que nunca pude tener hambre,
porque desde que me quedé ciego
he puesto en el centro mi alcoba
un gran tiburón de plata,
al que arranco minuciosamente fragmentos
que moldeo en forma de flauta
que la lluvia divierte, define y acorrala.
Pero mi nostalgia es infinita,
porque ese alimento dura una recia eternidad,
y es posible que sólo el hambre y el celo
puedan reemplazar el gran tiburón de plata,
que yo he colocado en el centro de mi alcoba.
Pero ni el hambre ni el celo ni ese animal
favorito de Lautréamont han de pasar solos y vanidosos
por el gran puente, pues los chivos de regia estirpe helénica
mostraron en la última exposición internacional
su colección de flautas, de las que todavía queda hoy un eco
en la nostálgica mañana velera, cuando el pecho de mar
abre una pequeña funda verde y repasa su muestrario
de pipas, donde se han quemado tantos murciélagos.
Las rosas carolingias crecidas al borde de una varilla irregular.
El cono de agua que las mulas enterradas en mi jardín
abren en la cuarta parte de la medianoche
que el puente quiere hacer su pertinencia exquisita.
Las manecillas de ídolos viejos, el ajenjo mezclado con el rapto
de las aves más altas, que reblandecen la parte del puente
que se apoya sobre el cemento aguado, casi medusario.

Pero ahora es necesario para salvar la cabeza
que los instrumentos metálicos puedan aturdirse espejando
el peligro de la saliva trocada en marisco barnizado
por el ácido de los besos indisculpables
que la mañana resbala a nuevo monedero.
¿Acaso el puente al girar solo envuelve
al muérdago de mansedumbre olivácea,
o al torno de giba y violín arañado
que raspa el costado del puente goteando?
Y ni la gota matinal puede trocar
la carne rosada del memorioso molusco
en la aspillera dental del marisco barnizado.
Un gran puente, desatado puente
que acurruca las aguas hirvientes
y el sueño le embiste blanda la carne
y el extremo de lunas no esperadas suena hasta el fin las sirenas
que escurren su nueva inclinación costillera.
Un puente, un gran puente, no se le ve,
sus aguas hirvientes, congeladas,
rebotan contra la última pared defensiva
y raptan la testa y la única voz
vuelve a pasar el puente, como el rey ciego
que ignora que ha sido destronado
y muere cosido suavemente a la fidelidad nocturna.


José Lezama Lima
Presencias y figuras
(Antología poética)

Editorial Renacimiento


sábado, 8 de septiembre de 2018

CAYUCOS UN POEMA DE ISABEL GARCÍA HUALDE




CAYUCOS


Nada ve quien no quiere mirar

multitud de ojos brillantes
se deslizan en un mar metalizado
renunciando a morir

escucha cómo la noche
traga sus voces y se retira
su identidad teñida de rojo
               —lástima

algunos alcanzarán el desamparo de la costa
(la luna delata la blancura de sus dientes)

agazapados en la noche
contemplan la luz violenta
           que define la ciudad
y aún creen en los milagros y los rezos

y el ojo cegado permanece inmutable
deshaciendo el vendaje de las horas
suponiendo
           en éxtasis
el alborozo de los pájaros

blanco y divino
se desliza en la eternidad
y a cada instante se reconstruye
ignorando en los titulares de prensa
la arquitectura
           desgarrada
                de la muerte.


Isabel García Hualde
El ojo cegado

Ediciones Eunate


miércoles, 5 de septiembre de 2018

UN FRAGMENTO DE OVERBOOKING EN EL PARAÍSO




Otra plaga es el dedo de dios bordeando los circulares reflejos de mi engaño. Ahí donde tuerzo mi rodilla, una cadencia de cristal hiere que me estoy acercando. Ahí donde mis rótulas son amables, cruje el cielo. Este dedo está fabricando herejías y no se espanta, Yo le sirvo de divina mentira.


Josefina Aguilar
fragmento de Overbooking en el paraiso

Ultramarina Editorial



lunes, 3 de septiembre de 2018

UN POEMA DE QUÉ SERÁ SER TÚ ANTOLOGÍA DE POESÍA POR LA IGUALDAD




Los campos estériles

No es justo que amor no se nombre
Sor Juana Inés de la Cruz


Mírame. Soy lo mismo que una sierva
que acata a su señor sin levantar los ojos.
Porque el miedo al castigo
tira más fuerte que la libertad,
sube más alto el hambre que la sed de justicia,
pesa más el deseo y menos la razón.

Dicen que no se puede vivir sin esta cosa
que va matándome, sin esta duda
que trabaja en los campos estériles del amos
por apenas la cama y las migajas.
No se puede vivir sin un salario,
sin este marcapasos de subsidio.
Pero yo voy viviendo sin misterio ni fechas.
Con besos miserables, con baños de agua fuerte,
con almuerzo de virus, con sales y bacterias,
con lujo de caricias, con hambre a veces. Y odio.
Y con más odio que hambre voy callando.
Como una sierva, como un niño
tirado a la basura o como párvula
sin plumier ni pupitre. O como joven
somalí moribundo, así mi vida.
Así mi vida, sigo en esta búsqueda
de tu huella perdida en la borrasca.
Y tú corres, te marchas a propósito,
Viertes sobre mi cara la lejía del tiempo,
inventas la gramática del tacto,
derramas esa cosa imprescindible,
esa cosa son nombre que fermenta
en la voz como un desperdicio.
Me miras como si fuera un billete
que te da el carnicero con sus dedos de sangrs,
ese papel que coges porque no,
los residuos de víscera no le restan valor.
De mi haces serpentinas y confeti
mientras escarbo en esto que no es justo
que se nombre aunque todos lo pronuncian.
Y te llamo y te busco y frente a ti
me arrodillo con lágrimas impropias de mi clase.
Igual que los esclavos.

(De Un cadáver lleno de mundo)

Isabel Pérez Montalbán

Qué será ser tú
Antología de poesía por la igualdad
Ana Pérez Cañamares
María Ángeles Maeso
(antólogas)

Editorial Universidad de Sevilla


domingo, 2 de septiembre de 2018

PROYECTO SSSSI EDICIÓN DE JAVIER SECO





Resistir es la solución,
seguir evitando trampas
y nacer todos los dias


Texto de Antonio Gómez
en Proyecto ssssi

Sobresecos Ilustres

Edición y coordinación de Javier Seco

Edita Luz y Compañía