Ladrona de lilas
A finales de abril
saltábamos la tapia,
sin importarnos los rasguños
en las piernas ni las quejas
de las madres ni los gruñidos
del dueño de la finca,
para comprobar si las lilas ya
habían florecido un año más.
Nos hundíamos
en su aroma reconocido
y en la satisfacción de imaginarlas
ya en el altar, a sus pies.
Había que tener fe
y la teníamos.
Guiadas por esa fe
contraveníamos el mandamiento,
una incoherencia que nos salvaba.
La creencia se marchitó,
como las lilas,
y fue sustituida por otras diferentes
que también han languidecido.
Hoy de nuevo es abril,
el mes más cruel,
y ahí están las lilas que no
llegamos a cortar,
meciéndose en las ramas
al viento que mejor sopla.
Amalia García Fuertes
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Mi media lengua de candajas,
de venajos, moriscas, caparrones,
canilla y palomilla,
y goloritos,
mi media lengua otana que se sobra,
tan lleca, si sería,
tan cansa, tan chiguita, tan zurita.
Con Marcelino Bastida Presa
Calle de San Bartolomé,
donde escucha, reniega y crece
lo que no pudieron vencer.
Con Victoria Zorrozúa Hornes
Y en la Costanilla
de la abuela madre,
pan, vino y azúcar,
truquemé del hambre.
Oscurece
en exceso.
Nictálopes los búhos
pueden ver
el paredón, su concreta, ominosa
presencia, pero
los demás, no,
y chocamos contra él
otra vez,
sin remedio,
formalmente.
Y caemos a plomo.
Conrado Santamaría Bastida
Del poemario Lo que nos toca. Cimarrón, 2026
Poesía y memoria
Voces del extremo
Burgos-Gamonal
Homenaje a Ángel Barredo
Ediciones Cimarrón
