jueves, 8 de agosto de 2024

TRES POEMAS DE JARDÍN DE JEYMER GAMBOA

 





*


Había leído en esos días el ensayo Sobre la imaginación de Mary Ruefle. Su conclusión es que no hay diferencia entre imaginar y pensar y que en realidad son una sola cosa. Una mañana uno de los peques anunció que el patio de enfrente estaba lleno de peces. Nos mostró a su papá y a mí por dónde habían salido. Un tronco hueco que se había llenado de agua con las lluvias y se había volcado esparciendo los peces por todo lado. En ese momento pasó el tren y pidió ir a verlo. Fuimos. Después siguió hablando de los peces. Para él no había diferencia entre la realidad del tren, las lluvias y esos peces “imaginarios”. Todo estaba mezclado. Todo es imaginación. Todo es pensamiento. De hecho, los peces se subieron en el siguiente tren y se fueron dirección a Cartago. Dice Ruefle, creo que lo dice así o tal vez me lo estoy imaginando, que es más o menos lo que hizo Gertrude Stein en su poesía.



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1 de octubre


Querido Florián:


Ayer se te cayó el pedacito de cordón umbilical. Alguien nos dijo que había que tirarlo a un río para que te traiga buena suerte.

Hoy te tocan las dos primeras vacunas.

Los días son nublados y lluviosos, así que no hemos podido sacarte mucho al sol. Tu abuela paterna no para de insistir con los baños de sol. Insiste con el sol, en estos días lluviosos.

Te gusta levantar la ceja derecha, como si miraras el mundo con incredulidad.

Tu mamá dice que tu llanto suena como el ruido de una impresora.



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La luz en las fotos de los ochenta


Un domingo entrás

en una de las habitaciones de la casa natal

y sorprendés a tu padre revisando

el albúm de fotos familiar.

La luz que entra por la ventana

es como la luz en las fotos de los ochenta.

Salís en marcha atrás, sin decir nada,

y cerrás la puerta con vergüenza

como si lo hubieras visto desnudo.


Otro domingo, en esa misma habitación,

abre la puerta tu hijo de tres años

y te sorprende garabateando algo.

¿Qué estás haciendo?

Escribo en mi cuaderno.

¿Qué estás escribiendo?

Escribo sobre cosas que irradian belleza y dolor

al mismo tiempo.

¿Son cosas raras?

Tienen ese tipo de luz.

¿Por qué se llama cuaderno?




Jeymer Gamboa

Jardín


Ediciones Liliputienses


miércoles, 7 de agosto de 2024

TRES POEMAS DE ODA TRIUNFAL AL COÑO DE CLÀUDIA LUCAS CHÉU

 





Me incliné sobre el escritorio

y aplasté el seno izquierdo

en el teclado

Asddxserzxc

¡Qué palabra más larga!

Me pidieron que escribiera con el corazón

Y yo, atenta a las solicitudes, así lo hice.

Obedezco por defecto y necesidad.

La verdad sea dicha,

no creé nada estimulante,

solamente fui estimulada

para responder a las provocaciones.

El cuerpo siempre muestra algo nuevo.

Como el área del teclado cubierta por la copa de un pecho.



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La desimportancia del falo

explicada a los caballeros


Sobrevalorado en el gozo siempre fue el falo.

Un hombre que domine bien la lengua,

en ambos sentidos,

no necesita preocuparse de la eficacia

o la belleza de su falo.


Las damas,

y los caballeros que también lo aprecien,

se conquistan por el uso de la boca.

Digamos que el falo divierte pero no conduce al éxtasis.

De esto no se habla, por pudor

o por miedo de amedrentar el cetro

sobre el cual siempre se pensó que giraba el mundo.


El falo es hermoso, si señores

algunos, otros son horribles,

estilo cobra ciega ―,

simplemente no juzguen como obra de arte

la exposición de artesanía, caballeros.



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El mástil no hace la carabela que descubre mundos,

y la bandera izada está lejos de ser un país.




Cláudia Lucas Chéu

Oda triunfal al coño / Ode triumphal à conà


Traducción de Uberto Stabile


Garvm


martes, 6 de agosto de 2024

CASAS CLAUSURADAS DE ROGER SANTIVÁÑEZ EN AURELIA

 




CASAS CLAUSURADAS



1 Junín 381


Las canastas de mi madre

Se asolean bajo la clara luz

Del intenso pasadizo interior


La sombra de los algarrobos

Llega a través de las claraboyas

Lejanas en la tarde spectral


Las bancas del comedor esperan

La caída del tiempo en el frutero

De metal azul con mangos ciruelos


Nunca termino de almorzar

El arroz con frejoles se petrifica

En el plato de arabescos rosados


El Viejo aparador llena la pared de enfrente

Lo adorna un azafate de Coca-Cola con

Aérea hostess sonriendo feliz & brunette


La siesta de mis padres continúa

El silencio recorre las habitaciones

El murmullo apagado de las cosas


Lámparas de laca se aposentan en la sala

La radiola Telefunken duerme oscura en

Sus bordes dorados hay una canción.




2 Santa María 320-328


La enredadera trepa feraz sobre el muro

Cubre el techo del Belvedere paterno

El viento caliente cruza el ventanal de


La sala azul donde muere mi niñez

Al fondo se duele el cantar de la chiroca

Configura sollozos maternos vespertinos


La grama acepta la planeada belleza solar

Losetas oscuras brillan en la mampara batiente

Hay umbrales por nadie recorridos nada


Sino el aire agrupado en las esquinas

Rincones perpetuamente agitados por el

Vacío variopinto de la noche más cerrada


Alambres tendido del balcón al frontis

Crece el símil de la yedra apenas

Bailada por el friecito fecundo del poema.


[Estados Hundidos de América, Garden State, 2021]




Roger Santiváñez

Aurelia


Ilustraciones de Luis Verdejo

Nota de Maurizio Medo

Caligrafía de Chilis Cubeiro


Cartonera del escorpión azul


lunes, 5 de agosto de 2024

EL SUEÑO DE MARIGOLD EN MARIGOLD Y ROSE. UNA FICCIÓN DE LOUISE GLÜCK

 





EL SUEÑO DE MARIGOLD



Marigold estaba soñando el sueño que soñaba. Era hija única; a Rose no se le veía por ningún lado. Quizás había decidido no nacer. Hermosa Rose, adorable Rose. Porque si hubiera nacido sin duda habría pertenecido a alguien, seguramente a Madre y Padre. Era la clase de bebé que la gente se apresuraría a reclamar para luego correr a casa antes de que el resto de los padres pudiera darse cuenta.


Marigold no era esa clase de bebé. Marigold era difícil. Bueno, la vida era difícil, pensó.


La vida era difícil: por fin una averiguaba cómo subir las escaleras. Inimaginablemente altas, aquellas escaleras. Cada escalón le llegaba a la cintura. Se apoyaba con los dos brazos sobre lo alto del escalón, y luego con gran esfuerzo se impulsaba con las manos y las rodillas. Y luego una tenía que ponerse de pie y repetirlo todo otra vez. Aprendí, pensó Marigold, y luego me caí. Rose me estaba mirando desde arriba.


Pero no aparecía en el sueño. La luz del sol aparecía en el sueño. Y esa sensación de triunfo que cuando estaba despierta la eludía. Entonces, ¿por qué sabía cómo sentirla en su sueño? Y era capaz de hablar: eso lo recordaba.


Mientras tanto el sueño, que tendría que haber continuado placenteramente, empezaba a estar teñido de amargura y miedo. Algo debía haberle hecho a Rose para que no existiera. Y era verdad: le había pegado; una vez casi le metió el dedo en el ojo. Rose a menudo pegaba a Marigold y le metía los dedos dondequiera que pudiera. Pero que Rose tuviera esa clase de sueños era imposible.


Siempre que Marigold miraba, allí seguía ella, dormida profundamente en su cuna, a menudo sonriendo en sueños. Debo haber heredado algo de culpa judía, pensó Marigold. La había heredado de Padre. Padre tenía la cuota completa de culpa judía pese a que solamente era medio judío. Al menos eso decía.


Después llegó la mañana. En general, a Marigold las mañanas la ponían contenta. Rose estaba haciendo un montón de ruido. Todo el ruido, en realidad; Marigold sonrió a Madre cuando Madre llegó. Y luego se comió la papilla usando una cuchara. Incluso sostuvo la cuchara como una persona de verdad y no como un bebé.


Madre y Padre creían que Marigold envidiaba a Rose. (Pobrecita Rose, pensaba Madre. Pobrecita Marigold, pensaba Padre). Pero Rose idolatraba a su hermana. Las personas adoran a sus mascotas, pero Rose tenía a Marigold.


Y si bien era cierto que había un dejo de condescendencia en ese sentimiento, posiblemente lástima, también era cierto que por debajo había un profundo respeto, una admiración hacia un ser que en cierta manera percibía como superior. Como mínimo, menos disperso (dado que los seres sociales son dispersos).


Como si el adorable cachorro se hubiera convertido en el animal de servicio, o incluso en el perro lazarillo, de quien su vida dependía. Había en Rose, a pesar de su evidente belleza y gran encanto, una profunda veta de humildad, nacida, sintió más adelante, del amor por su hermana, una reverencia ligeramente salpicada de temor, como si Marigold fuera una especie de profeta o figura sagrada.


Rose veía cómo Marigold soñaba su sueño. Se había destapado del todo. Y Rose sintió un punzante deseo de volver a poner en su sitio las mantas y acariciar el pelo húmedo de su hermana, pero por supuesto esto era imposible, debido a los barrotes de la cuna.




Louise Glück

Marigold y Rose. Una ficción


Traducción de Andrés Catalán


Visor


sábado, 3 de agosto de 2024

CUATRO POEMAS DE RAFAEL COURTOISE EN ES UN DECIR

 





81


No lees este poema.


El poema te lee a ti.



84


La palabra convierte el agua

en vino.

Todo milagro es palabra.



85


El pan y la harina

son metáforas del trigo.


La palabra se come.



92


El lenguaje es la casa del ser.

Toc, toc...


¿Hay alguien en casa?




Rafael Courtoise

Es un decir


Ediciones Liliputienses


viernes, 2 de agosto de 2024

UN FRAGMENTO DE UNA CON OTROS [EL CUADERNO DE SUS DÍAS] DE C.D. WRIGHT

 





Qué decirle


a la mujer a quien le dieron una bandera doblada y quien

no podía sentarse a pedir un refresco en la farmacia


al boticario que arrancó los taburetes de raíz todavía abierto

a los negocios


al hombre que vive en Reno ahora, jubilado, a quien

detuvieron erróneamente, lo acusaron, lo juzgaron, lo condenaron,

lo sentenciaron.


Se lo llevaron una tarde de verano cuando montaba bicicleta

haciendo entregas para la farmacia.


Una noche lo soltaron. Lo llevaron a casa. Le dijeron que

se fuera. Que se fuera ya.


Su familia recogió el dinero. Su madre le hizo la comida

para el viaje.


Tomó el bus para California. No conocía a nadie.


La gente se ponía pantalones morados.


O el hombre y sus hijos,


a un hijo ya veterano, le dieron una paliza todos los

hombres de las fincas cercanas. Lo esperaron fuera de la cárcel.


Apagaron las luces de la cárcel y los soltaron.


Conocía a cada uno de ellos. Les arreglaba las llantas

ponchadas en las fincas. Así que conocía a cada uno de esos malditos.


Sus hijos salieron corriendo. Uno saltó del paso elevado.

Le dieron al padre tal paliza que perdió un ojo. Le dieron

café caliente en el hispital. Una enfermera le dijo que, si entrara

alguien que no conociera, que le tirara el café. A cualquiera.


Tu gente llegará pronto. Tienes que ir a Menphis.


Qué decir


a los muchachos, ahora dispersos, que reciben la seguridad

social, que ya se fueron de esta vida, o que cuidan a sus padres,

sus nieto, que todavía tienen un trabajo sin salida

a quienes detuvieron, llevaron en buses escolares, y después

en camiones cerrados y los metieron en la piscina drenada.


Muchachos. Camiones cerrados. Puestos en un hueco de

cemento. En la tierra.


Les apuntaron con armas por tres días. Los padres medio

locos.


El sitio lo pavimentaron. Es un parqueo. Pero queda la

estación de bombeo. Solo descuidada.


Le pedí a mi amiga que fotografiara de todas las maneras la

estación de bombeo, su fantasma.


La fotógrafa ve una serpiente y sale corriendo y sube la

ladera con su trípode.


SEÑOR EASTER: A lo mejor una serpiente rata.


Estoy más o menos igual que tú en cuanto a la serpiente.

Todos esos años cerca del río y solo vi una venenosa en tres ocasiones.

Mi mujer tenía miedo de las arañas, pero les quitaba la

piel a las que la gente le traía para una banda de sombrero, cintos

y qué se yo. Le decía que las sacara al portal. No quiero tener nada

que ver con ellas.


Mientras vivía mi mujer, lo mantenía todo bello. Adoraba

las flores. No hago nada ahora que no sea pescar. Antes buceaba

buscando mejillones y después objetos perdidos.


Más tarde ese mismo día conocimos a un trabajador de la

ciudad [jubilado] que dijo que mató una vez una boca de algodón

en la calle, se la vendió por un dólar al dueño de un restaurante,

quien la peló, la fileteó y se la sirvió en una bandeja.


Más adelante esa misma tarde conocimos a un barman

que nos dijo que solo cuatro personas en la historia habían sudado

sangre y todas eran mujeres. Es un lugar que destila un sentimiento

peculiar.




C.D. Wright

Una con otros [El cuaderno de sus días]


Traducción de Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez


Kriller71 ediciones


jueves, 1 de agosto de 2024

UN POEMA DE ANTONIO GAMONEDA EN ESTA LUZ POESÍA REUNIDA VOLUMEN 2

 






II



Hablo de flores y de frutos. Pienso también en los nombres.


Nada son aunque tengan su origen en príncipes transparente o

en pontífices partidarios de la tortura y del incienso.

Tú,


por ejemplo, estás en ti accidentalmente; accidentalmente con-

fundes el amor y la ira, accidentalmente sostienes brasas en tus

manos y aún, por azar,

tienes un nombre.


En cuanto a mí,


es idéntica, si es, la circunstancia: me sorprendo de estar vivo y

de saberlo. Advierto, sin embargo, que tú estás vivo, ahí, mirán-

dome, y esto sí lo comprendo. ¿Te das cuenta


qué inclemente, qué dura asimetría?


Y esta es la única y la mayor evidencia. De lo demás, nada se

sabe. De ser o no ser, nada se sabe. ¿Para qué tanto acróstico?


Recuérdame si quieres, pero olvida, te lo ruego, mi nombre. Me

fatiga este torpe

ornamento

jurídico.

No obstante,





me doy cuenta: deudas, epitafios, testamentos. Pero ¿qué

es morir jurídicamente, aparte


de una universal tontería?

Ya es difícil vivir. Sería excesivo


que fuese también difícil


morir. ¿No basta


un error?


Sin embargo,


yo estoy empezando a comprender cuanto no necesita ser con-

prendido. Al parecer,

vivir es apenas una semejanza y un día,


sin pensamiento ni deseo,


vamos a comprenderlo, al parecer.


Será una comprensión inservible y veloz, simultánea


con la última luz. Olvida,

por favor,

mi nombre.




Antonio Gamoneda

Esta luz

Poesía reunida

Volumen 2 (1995, 2005-2019)


Galaxia Gutenberg