jueves, 25 de junio de 2026

EN EL SEÑUELO DE LAS PALABRAS UN POEMA DE YVES BONNEFOY EN LAS TABLAS CURVAS






DANS LE LEURRE DES MOTS


EN EL SEÑUELO DE LAS PALABRAS



I



Es el sueño de verano un año más,

el oro que pedimos, desde el fondo de nuestras voces,

en la transmutación de los metales de los sueños.

El racimo de las montañas, de las cosas cercanas,

ha madurado, es casi vino, la tierra

es el seno desnudo en que reposa nuestra vida.

Y los alientos nos rodean, nos acogen.

Tal la noche estival, sin orillas,

de rama en rama pasa el fuego ligero.

Amiga mía, ahí hay nuevo cielo, nueva tierra,

un humo se encuentra con un humo

sobre la disyunción de los dos brazos del río.


Y el ruiseñor aún canta otra vez

antes de que nos prendan nuestros sueños,

cantó al dormirse Ulises

en la isla en que su errar se detenía,

y también en el sueño consintió el que llegaba,

fue como un temblor de su memoria

que le recorrió el brazo de existencia en la tierra,

doblado bajo su cabeza laxa.

Pienso que respiró con un aliento igual

en su lecho de placer y descanso,

pero en el cielo Venus, la más temprana estrella,

ya viraba su proa, aunque dubitativa,

hacia lo alto del mar, bajo las nubes,

y derivaba luego, barca a cuyo remero,

con los ojos en otras luces, se le olvidara

volver a sumergir en la noche su remo.


Y por la gracia de este sueño vive ¿qué?

¿tal vez la línea baja de una orilla

donde serían claras las sombras y su noche

a causa de otros fuegos que los que arden

en las brumas de nuestros ruegos, sucesivas

durante nuestro avance por el sueño?

Somos barcos cargados con nosotros mismos,

desbordantes de cosas cerradas, miramos

a la proa de nuestro periplo toda un agua negra

que se abre casi y se rehúsa, por siempre sin orilla.

Él, sin embargo, en los pliegues del canto triste

del ruiseñor de la isla casual,

pensaba ya en recuperar su remo

una tarde, al volver a blanquear la espuma,

para olvidar tal vez todas las islas

en un mar en el que una estrella crece.


Ir así, con el oriente mismo

más allá de las imágenes que una a una

nos dejan con la fiebre de desear,

ir confiados, perdernos, reconocernos

a través de la belleza de los recuerdos

y la mentira de los recuerdos, a través del horror

de algunos, pero también de la dicha

de otros, cuyo fuego corre por el pasado en cenizas,

nube roja que se alza en la rompiente de las playas,

o la delicia de frutos que ya no se tienen,

ir, más allá casi del lenguaje,

con un poco de luz sólo, ¿es posible

o es sólo lo ilusorio una vez más

con que bajo otros trazos dibujamos de nuevo

irisados del mismo brillo engañoso

la forma en las sombras que vuelven a cerrarse?

Por doquier en nosotros sólo la humilde mentira

de las palabras que ofrecen más de lo que hay,

o dicen otra cosa que lo que hay,

las tardes no tanto de la belleza que tarda

en dejar una tierra que ha amado,

moldeándola con sus manos de luz,

cuanto de la masa de agua que de noche en noche

desciende con estrépito a nuestro porvenir.


Sumergimos los pies en el agua del sueño,

está tibia, no se sabe si es del despertar

o si el rayo lento y calmo del sueño

traza sus signos ya en ramas

que agita una inquietud, y luego hay tantas sombras

que no se pueden distinguir los rostros

ante los que se apartan estos árboles delante de nuestros pasos.

Avanzamos, nos llega el agua a los tobillos,

oh sueño de la noche, toma el del día

en tus manos amantes, vuelve hacia ti

se frente, sus ojos, consigue con dulzura

que su mirada se funda con la tuya, más sagaz,

para un saber que no desgarre ya

la disputa entre el mundo y la esperanza,

y que unidad cobre y guarde la vida

en el sosiego de la espuma, en donde se reflejan,

sea verdad, de nuevo, o belleza, las mismas

estrellas que en el sueño se acrecientan.


Belleza, suficiente belleza, belleza última

de las estrellas sin sentido, inmóviles.


A popa se halla el nauta, más grandioso que el mundo,

más negro, pero de opacidad fosforescente.

El leve ruido de agua apenas removida,

pronto se hace silencio. Y no se sabe aún

si es una nueva orilla, o si es el mismo mundo

que el de pliegues febriles del lecho en la tierra,

esta arena que se oye crujir bajo la proa.

Se ignora si se está arribando a otra tierra,

se ignora si va a haber unas manos tendiéndose

desde lo acogedor incógnito para atrapar

la cuerda que lanzamos, desde nuestra noche.


Y al despertar, mañana,

puede que nuestra vidas sean más confiadas

donde voces y sombras se desmoronen,

pero distraídas, tranquilas, poco atentas,

sin guerra, sin reproche, pese a que

el niño a nuestro lado, en el camino,

sacudirá riendo su cabeza inmensa

mirándonos con esa cortedad

del espíritu que recupera en su origen

su tarea de luz en el enigma.


Aún sabe reír,

ha cogido en el cielo un racimo demasiado pesado,

vemos que se lo lleva por la noche.

Y el que vendimia, y que tal vez cosecha

otros racimos allá arriba en el futuro,

le mira cómo pasa, aunque sin rostro.

Confiémosle a la benevolencia de la tarde estival,

durmámonos…


...La voz que oigo se pierde,

el ruido de fondo que han en la noche la recubre.


Las tablas de la proa de la barca, curvadas

para dar forma al espíritu bajo el peso

de lo desconocido, de lo impensable, se desunen.

¿Qué me dicen estos crujidos que disgregan

los pensamientos que juntó la esperanza?

Pero el sueño se hace indiferencia.

Sus luces y sus sombras: ya nada más que una

ola que se desploma sobre el deseo.




II



Y podría

ahora mismo, con el sobresalto del brusco despertar,

decir o intentar decir el tumulto

de las garras y de las risas que se topan

con la avidez sin alegría de las vidas primarias

en el reborde dislocado de la palabra.

Y podría gritar que por toda la tierra

injusticia y desdicha arrasan el sentido

que el espíritu soñó con dar al mundo,

en suma, acordarme de lo que hay,

no ser sino la lucidez desesperada

y, aunque enroscada esté

en las ramas del jardín de Arminda la quimera

que embauca tanto a la razón como a los sueños,

abandonar las palabras a quien tacha,

prosa, por evidencia de la materia,

la oferta de la belleza en la verdad,


aunque también opino que la única real

es la voz que espera, aunque sea

inconsciente de las leyes que la niegan.

Real, solo, el temblor de la mano que toca

la promesa de otra, reales, solas,

esas barreras que uno empuja en la penumbra,

al caer la tarde, en el camino de vuelta.

Sé todo lo que hay tachar del libro, aunque

una palabra sigue quemándome los labios.


Oh poesía,

no puedo dejar de nombrarte

por tu nombre que ya no gusta a los que yerran

entre las ruinas hoy de la palabra.

Me arriesgo a dirigirme a ti, directamente,

igual que en la elocuencia de las épocas

en que se colocaban en vísperas de fiesta

en lo alto de las columnas de los salones

guirnaldas de hojas y de frutos.


Lo hago confiando en que la memoria,

al enseñar estas palabras sencillas a los que intentan

hacer que haya sentido a pesar del enigma,

les hará descifrar, en sus grandes páginas,

tu nombre uno y múltiple en el que quemarán

en silencio, un fuego claro,

los sarmientos de sus dudas y sus miedos.

«Mirad, les dirá ella, en el único libro

que se escribe a través de los siglos, ved crecer

en las imágenes los signos. Y los montes

azulear a lo lejos para seros la tierra una tierra.

Escuchad la música que elucida

con su flauta sabia en la techumbre de las cosas

el sonido del color en lo que es.»


Oh poesía,

sé que te menosprecian y te niegan,

que te estiman teatro, vale decir mentira,

que te colman con faltas de lenguaje,

que llaman mala al agua que tú traes

a los que aun así ansían beber

y se vuelven, frustrados, hacia la muerte.


Y es verdad que la noche hincha las palabras,

vuelven sus páginas los vientos, los fuegos rebajan

sus animales asustados hasta debajo de nuestros pasos.

¿Creímos que nos llevaría lejos

el camino que se pierde en la evidencia?,

no, las imágenes topan con el agua que sube,

su sintaxis es incoherencia, ceniza,

y pronto incluso no quedan ya imágenes,

ni libro, ni gran cuerpo caluroso del mundo

que estrechar en los brazos de nuestro deseo.


Pero igualmente sé que no hay más astro

que se mueva augural y misterioso

en el cielo ilusorio de las estrellas fijas,

que tu barca siempre oscura, pero en la que las sombras

se agrupan en la proa, incluso cantan

como antaño los que llegaban, cuando crecía

ante ellos, al fin del largo viaje,

la tierra entre la espuma, y relucía el faro.


Y si queda

algo distinto a un viento, a un arrecife, a un mar,

yo sé que tú serás, aun por la noche,

el ancla echada, los pasos titubeantes en la arena,

la leña recogida, y la chispa

bajo las ramas mojadas, y, en la inquieta

espera de la llama insegura,

la primera palabra tras el largo silencio,

el primer fuego que prender al pie del mundo muerto.




Yves Bonnefoy

Las tablas curvas


Traducción de Jesús Munárriz


Hiperión


 

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