Hay libros que se escriben sobre la carne misma.
Son cicatrices que nos hablan
y sangran
cuando el tiempo se rinde a su derrota
un puñado de signos que apenas
comprendemos
y eran el beso intacto de la vida.
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Madurar en el filo.
Como nieve que sabe su fulgor
pasajero.
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No sabe del dolor la piedra
que golpea. No la estremece el grito
ni acaricía la mano
que la lanza. Obedece a su peso
y al deseo del aire.
Mineral
es mi voz.
Hambriento corazón qué puedo darte.
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Por eso duele tanto entrar
en las palabras.
Porque su amor recuerda
el paso de otros cuerpos
y todo su fervor se desvanece.
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Es de nieve la luz. Lejanos
comparecen los seres y los días
y en esta blanca tregua sin principio
ni fin
lo vivo deja paso a lo que muere.
Ada Salas
La sed
Genealogías
Tigres de Papel

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