cada palabra incrustada,
el barro de otro país en los zapatos,
una lámpara en el piso de arriba para no golpearnos
con la oscuridad, cada palabra una caída
a un espacio inarticulado, cada palabra
una matriz, un marcador para
el soluto o solvente inexpresable,
el fragmento que es cada objeto, cada
grito, todas las invisibles libertades
contenidas en un par de calcetines, una prenda de abrigo,
la infraestructura que implica cada objeto,
el trabajo, la experiencia, la oportunidad, la corrupción,
la soledad, el amor; imposible comprender un objeto
sin conocer su historia,
la brutal, la bendita particularidad,
pienso en el poeta que escribió sesenta páginas
de versos rimados fermentados en filosofía clásica
y teología hindú, cada palabra una barricada
(como lo soy yo ahora)
contra ella; no importa qué cuestión planteemos,
ya sea la guerra o la enfermedad, no importan la sintaxis
o el misticismo, la terminología médica,
el análisis histórico, no importan,
porque tocar
significa siempre
la piel tibia bajo la camisa de franela,
el pelo suave bajo la gorra de tweed,
el olor a asfalto mojado de aquella mañana fresca,
el libro ajado posado abierto junto a la cama,
cada nombre y cada verbo una lenta peristalsis
de nuestro entendimiento,
cada palabra tan desgastada por el uso,
querer mantener la superficie lo más desnuda posible,
libre de acrobacias o exageraciones,
tan invisible como un punto de referencia en el desierto,
el lugar donde el chófer del autobús frena expulsando el aire,
una exhalación, y el viajero con su mochila
desciende y se adentra en la naturaleza, una extensión
de arena sin nada de particular a ojos del forastero,
aunque él camina resuelto,
Anne Michaels
Correspondencias
retratos de Bernice Eisenstein
traducción de Teresa Muñoz Sebastián
papeles mínimos

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