martes, 16 de junio de 2026

UN POEMA DE CORRESPONDENCIAS DE ANNE MICHAELS

 






cada palabra incrustada,

el barro de otro país en los zapatos,

una lámpara en el piso de arriba para no golpearnos

con la oscuridad, cada palabra una caída

a un espacio inarticulado, cada palabra

una matriz, un marcador para

el soluto o solvente inexpresable,

el fragmento que es cada objeto, cada

grito, todas las invisibles libertades

contenidas en un par de calcetines, una prenda de abrigo,

la infraestructura que implica cada objeto,

el trabajo, la experiencia, la oportunidad, la corrupción,

la soledad, el amor; imposible comprender un objeto

sin conocer su historia,

la brutal, la bendita particularidad,

pienso en el poeta que escribió sesenta páginas

de versos rimados fermentados en filosofía clásica

y teología hindú, cada palabra una barricada

(como lo soy yo ahora)

contra ella; no importa qué cuestión planteemos,

ya sea la guerra o la enfermedad, no importan la sintaxis

o el misticismo, la terminología médica,

el análisis histórico, no importan,

porque tocar

significa siempre


la piel tibia bajo la camisa de franela,

el pelo suave bajo la gorra de tweed,


el olor a asfalto mojado de aquella mañana fresca,

el libro ajado posado abierto junto a la cama,

cada nombre y cada verbo una lenta peristalsis

de nuestro entendimiento,

cada palabra tan desgastada por el uso,

querer mantener la superficie lo más desnuda posible,

libre de acrobacias o exageraciones,

tan invisible como un punto de referencia en el desierto,

el lugar donde el chófer del autobús frena expulsando el aire,

una exhalación, y el viajero con su mochila

desciende y se adentra en la naturaleza, una extensión

de arena sin nada de particular a ojos del forastero,

aunque él camina resuelto,




Anne Michaels

Correspondencias


retratos de Bernice Eisenstein

traducción de Teresa Muñoz Sebastián


papeles mínimos


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