lunes, 26 de octubre de 2026

DIENTE DE LEON EN LO SIGUIENTE DE ELISABETH CANDINA LAKA

 






DIENTE DE LEÓN



Observa atenta cómo crece libre

el cuerpo distinguido de la brizna,

recién humedecida por la gota,

la yerba perfumada que olvidó

el diluvio, ajeno al natural

discurso de la yerba: la mujer.


Camina con el paso decidido,

ajena al prejuicio de los hombres;

si ocupa ambas manos en vaciar

la lógica aplastante de los muros―

y, quien dice muro, dice sepultu

(gesto como si fuese degollada) hábito, monja, azucena o

pu―

será por abolir falsos clichés.

Y, quien dice cliché, dice sepultu

(gesto como si fuese degollada) hábito, monja, azucena o

pu―


La mujer tiene ojos en los pies,

ve el camino antes de pisarlo.

No te asombres si junto a la mujer

ves a la actriz Marion Cotillard y al David

Bowie acompañar también a las madrugadoras del

autobús.

Son las madrugadoras quienes limpian

los patios adosado, las cocinas,

el culo arrugado de nuestros viejos.

Son las madrugadoras quienes viajan

en el autobús colectivo.

Crece el mundo subterráneo

de la planta de sus pies agrietados;

veinte mil años de sal

alimentan los pasos que caminan.

Ahora la mujer debe vaciar una casa,

por eso acompaña al autobús de las madrugadoras.


Camina por el arcén

de la carretera de la costa. El viento sur humedece el

asfalto, la piel de la mujer, la piel de

las madrugadoras con espuma de la mar.

El pelo de la mujer echa las redes al viento espumoso

intangible. No quiere que sus

pies desaparezcan.

Vuelve a ser la niña

anterior a la regla de la sangre,

anterior a la lluvia dirigida de las carreteras de peaje,

anterior al primer baño iluminada apenas.

La niña descalza salta, los pulmones inyectados de

azahar silvestre,

canta la canción Juan sin miedo, sus pies retumban

el ritmo que absorbe la yerba.

Sus pasos de tierra desvelan el paso,

anteriores al diluvio cauterizado, anteriores a la lluvia

canalizada de las autovías;

desbordan las esclusas.


Las madrugadoras observan atentas a la mujer.

No comprenden por qué también ella viaja en el

autobús de línea,

junto a las paseadoras, las cuidadoras.

Las manos de la mujer son pequeñas;

las manos de las madrugadoras, por el contrario,

miden diez mil kilómetros.

Su garganta, su voz, sus pies miden diez mil

kilómetros.

Su lengua, sus labios, su boca miden diez mil

kilómetros.

Sus pestañas, sus uñas, sus pezones, su vientre

miden diez mil kilómetros.

Las madrugadoras desconocen el enigma de la mujer.


Las manos de la mujer son dos dientes de león.

Los pechos de la mujer son dos dientes de león.


La savia de su sexo es el enigma.


Ahora la mujer debe vaciar una casa.




Elisabeth Candina Laka

Lo siguiente


Planeta Clandestino # 280


Ediciones del 4 de agosto


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