Me pides que rasure mi sexo
para ti,
para que te puedas imaginar que se lo haces
a la adolescente, a la niña que fui
y que no te dé trabajo creer que te coges a una chiquilla,
para que no necesites siquiera cerrar los ojos e imaginar
porque eso es en el fondo lo que quisieras,
pero te da pudor admitir tu pedofilia,
que miras porno de chicas de secundaria,
que me pides también que use un uniforme,
mientras lo hacemos.
No solamente tú me pides no tener vello público
―parece que tener fantasías con menores de edad
es algo común―
pero sí eres el único que se molesta si no lo hago.
El único pelo que debería tener una mujer
es el de la cabeza, dices,
ese sí puedes dejártelo largo.
Y yo me siento menos mujer sin el vello
de mi entrepierna,
pero no te digo nada,
no me quejo.
Aprendí que para que me quieras tengo que hacer
lo que me pidas:
dejar de frecuentar a aquel amigo que te pone tan celoso,
no usar blusas escotadas
y en la medida de lo posible, no parecer más inteligente
que tú.
Zel Cabrera
Criaturas no domésticas
Ediciones Liliputienses

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