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Huidora de este cultura vana―
narca, paraca, borrega, sumisa―
no soy de esa casta.
Entre las miserias,
prefiero la mía:
versos blasfemos,
mi historia,
mi histeria.
Así muero libre,
sin ancla,
en la danza efímera
de la existencia.
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Una hoja de otoño
no encuentra suelo ni cielo,
se arrugan las manos
en la escarcha del silencio.
Todo habla, todo me lleva,
todo me trae, todo me expulsa.
Peregrina errante,
apátrida, amátrida,
llena y vacía del despojo.
Canto al árbol, al nido, al hijo,
a la casita de luces tenues,
invenciones, huérfana de ternura
y de amores.
Me queda la sombra,
y mis sombras monstruos
con los que ya no lucho.
Espero en el vacío
el silencio de la soledad,
me ubico allí, como siempre,
en la espesura
de los rincones menos vivos,
donde la muerte
me libera esta angustia.
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La tristeza será siempre limpia,
para eso la lava el llanto.
La nube que se rompe
enjuaga toda su ceniza;
entonces aflora, brillante y triunfa.
La tristeza es vieja y es amiga.
M. Cristina Boyacá
Maíz ecos de la tierra
Autoedición

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