sábado, 19 de marzo de 2022

FRAGMENTOS DE HOSPITAL BRITÁNICO EN OBRA COMPLETA DE HÉCTOR VIEL TEMPERLEY

 

 

 

 

Hospital Británico

 

Mes de Marzo de 1986

 

 

 

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de maripo-

   sas: Mi madre vino al cielo a visitarme.

 

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas

   y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo.

 

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

 

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

 

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara —en Tu llan-

   to— para comenzar todo de nuevo.

 

 

 

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

 

Por culpa del viento de fuego que penetra en su herida, en este

   instante, Tu Mano traza un ancla y no una cruz en mi cabeza.

 

Quiero beber hacia mi nuca, eternamente, los dos brazos del ancla

   del temblor de Tu Carne y de la prisa de los Cielos. (1984)

 

 

Tengo la cabeza vendada (texto del hombre en la playa)

 

Allá atrás, en mi nuca, vi el blanquísimo desierto de esta vida de

   mi vida; vi a mi eternidad, que debo atravesar desde los ojos

   del Señor hasta los ojos del Señor. (1984)

 

 

Me han sacado del mundo

 

Soy el lugar donde el Señor tiende la Luz que Él es.

 

 

Me han sacado del mundo

 

Me cubre una armadura de mariposas y estoy en la camisa de ma-

   riposas que es el Señor —adentro, en mí.

 

El Reino de los Cielos me rodea. El Reino de los Cielos es el Cuer-

   ro de Cristo —y cada mediodía toco a Cristo.

 

Cristo es Cristo madre, y en Él viene mi madre a visitarme.

 

 

 

La libertad, el verano (A mi madre, recordándole el fuego)

 

Porque parto recién cuando he sudado y abro una canilla y me

   acuclillo como junto a un altar, como escondido, y el chorro cae

   helado en mi cabeza y desliza su hostia hacia mis labios, en-

   vuelta en los cabellos que la siguen. (1976)

 

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis aunque comulgué con los

   cosacos sentados a una mesa bajo el cielo y los eucaliptus que

   con ellos se cimbran estos días bochornosos en que camino has-

   ta las areneras del sur de la ciudad —el vizcaíno, santa adela, la

   elisa. (1982)

 

Por las paredes de los rascacielos el calor y el silencio suben de

   nave en nave: Obsesivo verano de fotógrafo en fotógrafo, ojos

   del Arponero que rayan lo que miran. Ser de avenidas vertica-

   les que jamás fue azotado. (1978)

 

Después íbamos al África cada día de nuevo —antes que nada

   antes de vestirnos— mientras rugían las fieras abajo en el

   zoológico, subía un sol sangriento a sus jazmines, y nosotros

   nos odiábamos, nos deseábamos, gritábamos… (1978)

 

Instantes de anestesia, de lento alcohol de anoche todavía en la

   sangre de pie de una muchacha desnuda y más dorada que la

   escoba: Necesito aferrarme de nuevo a la llanura, al ave blanca

   del corpiño en la pileta de lavar, detrás de la estación y entre las

   casuarinas. (1984)

 

Tengo la foto de dos novios que cayeron al mar. Están vestidos de

   invierno, los invito a desnudarse. En las siestas nos sentamos

   junto a la bomba de agua y nos miramos: de nuevo embolsan

   luz los pechos de ella; él amaba a los caballos y una vez intentó

   suicidarse. (1978)

 

Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire

   azul, este cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los

   vasos de sangre más pequeños de mi nariz. (1969)

 

Y a las siestas, de pie, los guardavidas abatían la sal de sus cabezas

   con una damajuana muy pesada, de agua dulce y de vidrio ver-

   de, grueso, que entre todos cuidaban. (1982)

 

 

Dormido sobre sus labios

 

 

Pequeño legionario, ¡cuánto viento! Pedacito de plomo, pedacito

   de Sahara: Vendrán veranos no obsesivos; pasarán los hijos de

   mis hijos. (1978)

 

Yo puedo hachar todo el día pero no puedo cavar todo el día. No

   puedo cavar en ningún lado sin estar esperando que aparezca

   de pronto un soldado de plomo entre mis pies desnudos. (1978)

 

 

Para comenzar todo de nuevo

 

 

Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido.

 

 

Para comenzar todo de nuevo

 

 

El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un cho-

   rro blanquísimo sepultado en la vena. (1969)

 

 

 

Héctor Viel Temperley

Obra completa

 

Amargord Ediciones


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