ESPACIO VACÍO
Bajo los edificios y los parques de cemento
se escucha aún la respiración ahogada
de nuestra infancia.
Nos rebelábamos contra los límites del cuidado
y construíamos mundos
entre los membrilleros y los escombros.
Tantos años después siguen siendo una incógnita
aquellos restos entre los árboles,
qué civilización rota empezaba ya a ocuparnos
arrojándonos a su ruina.
El abuelo, habitante nativo de la huerta
y sus peligros, nos advertía: hierros oxidados,
alambres ocultos entre los ladrillos,
chapas cortantes, cristales rotos.
Nosotros temíamos a la culebra
que le había mordido. Recordábamos
los dos agujeros oscuros inflamados
en su brazo poderoso.
Tampoco era suficiente para retenernos
dentro de la frontera.
Las piedras del derribo de alguna casa
abandonada en cualquier lugar lejano
nos servían de material de construcción.
Nuestras cabañas,
que nunca resistían la visita de los niños salvajes
al marcharnos,
anunciaban la usurpación del espacio virgen.
Hormigón sobre la tierra del huerto.
La niñez es un campo minado
al que no se permite el regreso.
―――――――――――
EL FOSO Y LAS CADENAS
Como cada noche, paso revista
a mis demonios,
¿a cuántos he dejado salir hoy
fuera de este espacio acotado?
¿Cuántos andan sueltos?
Siento alivio
al darme cuenta de que la mayoría
siguen paseando entre las paredes
del silencio. Van y vienen,
pero no se atreven a traspasar la puerta.
Entre los demonios rondan los ángeles,
casi igual de peligrosos, probablemente.
Demasiado fácil malinterpretar sus dones.
Por fortuna, tampoco son libres, y a menudo
se conforman con deambular
junto al desorden de mis pensamientos.
Es necesario este repaso cotidiano,
saber qué dije, qué poemas compartí,
mantener a salvo
a quienes tengo cerca. Reconstruir
la frontera.
M.ª Carmen Ruiz Guerrero
Palabras sedimentarias
La Garúa

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