TAMPOCO yo soy un robot.
Habitada por preguntas,
que presionan mis alveolos y mis meninges,
mis válvulas averiadas y mis células madre.
El laberinto de mis neuronas
esponjas y ventiscas
y alarmas encendidas hacia el abismo del ser,
buscando las salidas de emergencia
los oasis del cielo asaltado
y sus residuos tóxicos
y sus paisajes desoladas de piedra pómez.
Las dudas que, a veces, se hacen un nudo en la garganta
o se quedan clavadas
como estalactitas invisibles en el cielo de la boca,
en las cuerdas vocales donde quieren decirse
y apenas balbucean palabras para un sueño,
signos de más,
y pequeñas sinrazones
donde sobrevivir al asombro más allá de Babel.
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COMO UNA CICATRIZ de la memoria:
«Que sepas que vas a bañarte en mis lágrimas».
Cuando descubres que los ángeles también lloran
por lo que perdemos a cada instante
o cuando un día chocamos con nuestra propia sombra
en la oscuridad y nos hierve en los ojos
como una fiebre antigua que no reconocemos.
«Que sepas que vas a bañarte en mis lágrimas».
Hermano en la demolición ―mon semblable, mon frère―
Han empezado a caer todas las estrellas y no sabemos contarlas,
ni sabemos medir las tristezas cuánticas
y sus esferas feroces.
Fundas un deseo en cada estrella que cae.
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CÓMO SABER SI era más importante
tener una habitación propia o una tumba propia
o una casa a la que volver
o un poema donde poder refugiarse.
Alguien dice que somos los humanos más raros de la historia,
extrañas criaturas que escarban sus neuronas, sus fetiches,
porque no nos bastan los inviernos para aprender
las declinaciones de la nieve.
No, los jardines que amamos no se marchitan nunca.
Ni las anémonas azules y dioramas en la levadura de los deseos.
En el estanque de los sueños
aprendo a cultivar jardines de medusas
y nubes digitales,
y piedras sin gravedad que respiran despacio.
Amalia Iglesias Serna
Tampoco soy un robot
Vaso Roto

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