CITAS clandestinas junto a la vía,
preguntaban si estaba bien, si comía algo,
tenía dónde dormir. Veían que seguía libre.
Era de noche, llevaban un bocadillo. Y luego
tantos años son casi imágenes, no sé
si fue demasiado pronto, y también ahora
demasiado tarde. ¿Termina la infancia
si no se ha consumido entera?, ¿queda
encendida, penumbrosa,
la helada luz?
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SE me saltan las lágrimas casi
sin estímulo ―«es que me emociono»,
decía mi padre en sus últimos años.
Me pasaba antes con las escenas
de masas, las que asumían riesgo
y firmeza, algo que ocurría en la calle
con palabras en voz alta. Pero ahora
también los individuos, un punto
inflexible en ellos, no dejarse
doblar, un recuerdo, o apenas una historia que llegue
a tener su perfil, la identidad de un momento.
En el ordenador voy encontrando y guardo
cronistas de lo ancho del mundo, pequeños
apuntes y fotos, hacer trabajo del persistir,
anotar la resistencia. Las pequeñas tiendas
de plástico, colores de una excursión, y la enorme
laguna de Idomeni cuando llovía, el humo
de los gases posaba muy delgada
columna en el suelo estéril; hay mar
y tierra, naves portuarias, chalecos
y ríos crecidos, alambres de varios tipos
tejen vallas. Por eso guardo
los enlaces. Por si no hubiera otro
futuro que el tiempo que tarden
en pasar de moda, el tiempo para darse
la vuelta, acudir
a otra emergencia. El tiempo
que tardaré yo, el que dure. Así
voy, atento y sin rumbo,
sentado ente la mesa de madera clara,
el cuaderno rayado. La botella,
también, de agua, que va bajando de nivel
y luego se repone.
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ESTUVIMOS acompañados por los muertos,
aunque los mencionamos escasas veces.
Hacía tiempo que no nos veíamos
y las cervezas y el vino, el bacalao
y los timbales de ensalada, algunas risas,
relatos de la época, venían con su presencia.
Como en las páginas de la agenda,
cuántos muertos cercanos. O en el espejo,
cuando mi padre viene de pronto a verse en mí.
Los menos recientes entraban en la conversación,
los evocábamos al hacer memoria
de una anécdota, un día en que ahí estaban.
El nombre atraviesa el duelo,
señala la perfecta continuidad,
la alternancia que tenemos con ellos.
No hay más aquí que allá.
Miguel Casado
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