jueves, 3 de abril de 2025

UNA SOLA PALABRA UN POEMA DE MAHMUD DARWIX EN LA HUELLA DE LA MARIPOSA

 






UNA SOLA PALABRA




EL susurro de la palabra en lo invisible es la música del signifi-

cado, que se renueva en cada poema: quien lo lee, de tan secreto

como es, cree haberlo escrito.


Una sola palabra, una única palabra, que brilla como un dia-

mante o una luciérnaga en la noche de las especies, es lo que hace

de la prosa poesía.


Una palabra corriente dicha atolondradamente en una esquina o

en el mercado, es la que hace posible el poema.


Una frase desangelada, sin metro ni ritmo, puede, si un buen poeta

le busca acomodo, ayudarle a fijar el ritmo, y le alumbra el ca-

mino del significado en la noche cerrada de las palabras.




Mahmud Darwix

La huella de la mariposa


Traducción de Luz Gómez García


Editorial Pre-Textos


miércoles, 2 de abril de 2025

LA VELOCIDAD ES UN ESTADO RÍGIDO UN POEMA DE SARA HERRERA PERALTA EN EL PIAR DE LOS PÁJAROS Y EL GOTEO DEL AGUA QUE CAE DEL TECHO

 






LA VELOCIDAD ES UN ESTADO RÍGIDO,

un viento fuerte.

Las manos que bordan

son la brisa, la montaña,

la flor.


Una colisión es un regreso.

Escribir

o bordar

se escapan de la boca,

huyen de la brecha.


¿Acaso no es político huir?

Imagina a los empleados de una empresa

bordando o tejiendo durante

la pausa del almuerzo.


No vemos la miseria porque

vuelven las preguntas.

No sentimos la crueldad porque

nos mueve el miedo

de saber que alguien tendrá

que pagar el alquiler

y las facturas.


En la brecha, sin embargo,

la belleza y la luz,

la interpelación de la revuelta.


Liberaron a la mujer

y nadie liberó a la madre.

Liberaron a la mujer

y nadie liberó a la artista.


En la ideología hay una brecha.


A veces no soy capaz de comer,

otras veces como compulsivamente,

pero cayeron todos enfermos y cociné

arroz en blanco y ralladura de manzanas.


En la brecha, un agujero.

En la velocidad, la trampa.


Entre la mujer que fue madre,

la que es madre, la que no lo será,

la que no quiere serlo,

entre la mujer que ama a otra mujer

y la mujer que ama a un hombre,

entre la mujer que está sola

y la que quiere estarlo,

algo en común:

la libertad del viento,

la fuerza del pasado,

la justicia necesaria del presente.


En la brecha, la flor.

En la velocidad, otro motivo.




Sara Herrera Peralta

El piar de los pájaros y el goteo del agua que cae del techo


La Bella Varsovia


martes, 1 de abril de 2025

UN POEMA DE LOS HIJOS DE LOS HIJOS DE LA IRA DE BEN CLARK

 






II



«Hijos de la bonanza», nos llamaban.

Los que no conocieron ni la hambruna

ni las agudas larvas de estridencia

chillando en el oído por las bombas.

Y cuando nuestras piernas, tan delgadas,

caían y sangraban porque el parque

era de un hormigón armado y frío,

se quedaban callados, observando

nuestro llanto con un gesto de sorna.


Debíamos vivir y dar las gracias

por la ocre rozadura en la garganta

que provocaba el aire al refugiarse.

Agradecer las flechas de las nubes

y que un fango lechoso a nuestros pies

en un último gesto agonizante

le mordiera las botas al progreso.

¿Y cómo agradecerles la alegría?

La risa provocada por los hombres

inocentes del mar

cuando se encaminaban hacia el río

dispuestos a bañarse entre excrementos.


También estaba el tedio

de tener que explicarles a los niños

palabras como pueblo indio, oso

pardo, ballena azul o lince ibérico.

Pero esto eran minucias, sacrificios

en nada comparables al sufrido

por aquellos que ahora nos decían

hijos de nuestra sangre, tan severos.


Aunque, a veces, es cierto, no fue fácil,

simplemente intentamos ir viviendo.

Haciendo caso omiso a los escrúpulos,

al vacío que moraba en nosotros,

hijos de la bonanza;

los hijos de los hijos de la ira,

herederos de todos los despojos.




Ben Clark

Los hijos de los hijos de la ira


Editorial Delirio


lunes, 31 de marzo de 2025

EL GUARDIAN Y HALLAZGOS NOCTURNOS DOS POEMAS DEMARNIE POMEROY EN PARTÍCULA Y LLAMA

 






EL GUARDIAN



Salgo de mi interior. Camino sola

contra las olas del tiempo que arden a través de la piedra y el hueso.

Busco siempre al guardián en la tormenta.


Perdida en el flujo del rayo mortal que es el tiempo,

hablo suavemente a mudos amigos en mi cerebro,

me encierro en mí misma. Camino sola,


adonde yo voy siento el gusano deleitándose

con su menú diario. Sueño cada noche

que vislumbro al guardián en la tormenta.


El tiempo se acelera. Veo al gusano más crecido.

Ahora somos aliados, somos lo mismo,

girados hacia fuera. Camino sola


y un barrido temprano me devuelve a mi comienzo.

Aprendo a rodar con el océano ígneo del tiempo.

Veo al fin al guardián a través de la tormenta.


Cabalgo mi espíritu de dragón, el carnaval

de mi propio egoísmo, bajo las llamas, indemne.

Ya no hay ni interior ni exterior. No hay soledad.

Soy el guardián imponente en la tormenta.



―――――――――――



HALLAZGOS NOCTURNOS




Por el paseo lunar con piernas de ensueño

sobre crepusculares estepas sin fin de nieve,

él se despierta agradecido a mear.

Percibe ahora la música del wáter,

cómo su chorro produce raga* en el agua,


y cómo la lamparita arroja luz de luna fluorescente

sobre la porcelana del lavabo,

y baja brillante por la cortina de la ducha,

y por el blanco profundo de las paredes fantasmagóricas.


Lejos, bajo los amagos de varios retrocesos,

la próxima edad de hielo se está mezclando

en milimétricas capas de cristal,


pero el esteta observa aquí

a través de frías selvas talladas en la ventana

el brillar de la noche como un azul y brillante policía.


* pieza musical india


Marnie Pomeroy

Partícula y llama

Antología poética


Edición literaria y traducción Imanol Gómez Martón


El Desvelo Ediciones 


jueves, 27 de marzo de 2025

CARTAS A LA TABERNA DEL PUERTO DE ANTÓN CASTRO EN EL CAZADOR DE ÁNGELES

 






CARTAS A LA TABERNA DEL PUERTO


Para José Luis Melero



He aprendido a vivir en soledad,

para recordarte mejor, en el interior del faro.

Mi vida, cabría decir, recomienza cuando cae la tarde

y llega el primer velo de oscuridad.

En ese instante, con un gozo supremo, enciendo

la luz y me quedo, en lo más alto,

viendo la tralla que gira, su periódica oscilación,

la estela de oro y melancolía sobre la espuma.

Intento, primero, adueñarme de todo; el cielo algodonado

o profundo como un precipicio inverso y negro,

la brisa que invada a su antojo con ráfagas

salobres, los pájaros marinos que despliegan

sus alas antes de hallar refugio en el oleaje.

Aquí y allá, con sus fanales, distingo los botes,

los barcos de pesca, la grandeza inefable

de la noche constelada que se entrega sin sueño.

Ese es un tiempo para mí: de concentración

y de remanso. El faro se desvela por todos

y yo cuento sin prisa los segundos de tu ausencia.


He aprendido a vivir en soledad.

Durante el día veo otro mar, el roquedal,

el lentísimo paso de las embarcaciones,

el cambiante color del horizonte.

Y sencillamente, aprovecho para pintar,

para dibujar aves, la tupida floresta de los recuerdos,

y para hacer lo que más me gusta:

escribirte cartas y arrojarlas al agua

con el deseo de que las recojas y las leas,

allá donde estés: tierra adentro, soñando, caminando

o llamando al amor en una taberna del puerto.

Me imagino que escribes para mí;

«Yo también convoco al amor, desde la taberna,

asomada a los cristales y al desorden de los sentidos.

Con los ojos vidriosos, casi tanto como la lluvia.

De cuando en cuando, salgo al muelle o a la playa

para recoger todos los pedazos que llegan a la orilla

y me ayudan, letra a letra, a reconstruir tu memoria.»


Cuando miro la lejanía, sé bien que un día

un albatros me traerá tu último mensaje.

«Vivo contra el olvido. Y me sobrevivo.»

He aprendido a vivir en soledad

con esa certeza: aún te espero.




Antón Castro

El cazador de ángeles


Olifante Ediciones de Poesía


miércoles, 26 de marzo de 2025

UN POEMA DE ESTHER PARDO HERRERO EN DESCARTAR LA VERTICALIDAD

 






Con los dedos

de los pies

soy capaz

de coger objetos

y levantarlos

del suelo.


Mi columna

renunció hace tiempo

a la rectitud

y decidió

elevarse sinuosa.


Mis óvulos

se dividen

sin previo aviso

y he descubierto

más de un músculo

a través del dolor.




Esther Pardo Herrero

Descartar la verticalidad


Versátiles Editorial


martes, 25 de marzo de 2025

CEMENTERIO UN POEMA DE ANDRÉS IZU EN RA(D)IAL

 






Cementerio



Hoy lloramos todas las muertes

todas ellas

todas juntas

con los gusanos

con la tierra

con los fuegos fatuos

con la picana y la bañera

con asfixia

por abandono

la del toro y la oruga

las de todas las guerras

la de la sal

la del pan

la del petróleo

la del gas

la de las lenguas

la de la piel

la de la tribu

la malaria

el cólera

el amianto.


Lloramos todas ellas

reunidas en un metro cuadrado

alineadas en montones de huesos y crustáceos

con todas las señales de los huecos

con toda la postilla de las ausencias

con el grito de la fractura de la Pangea.


Por el caucho

por el ébano

por el látex

por los harragas

y

todas las distancias

del

transiberiano.


Con lágrimas de trementina

cristalizando el lacrimal

con diamantes del Congo

con oro de Antioquía

con plata de Potosí

con cayuco

con alambre

con cuchilla

sin compasión

con culpabilidad.


Lloramos sin mesura

sin ritmo

ahogados

sin poder hacer pie

por las esquinas y polígonos

por las arterias seccionadas

por los nudos de las autopistas

por los aparcamientos

por las residencias

por los ancestros

por las estrellas

y

no

paramos

de

llorar

por las cunetas

por la cara norte de Eidger

por las fuentes del Nilo

por el estrecho de Gibraltar

por las señales de los caracoles

y

aviones.


Por los vertidos

por la espesura del Hudson

por los dólmenes

por los nichos

y

carnarios

por cada centímetro

por cada rincón

de

este

gran

cementerio.




Andrés Izu

Ra(d)ial


La Imprenta