CARTAS A LA TABERNA DEL PUERTO
Para
José Luis Melero
He aprendido a vivir en soledad,
para recordarte mejor, en el
interior del faro.
Mi vida, cabría decir,
recomienza cuando cae la tarde
y llega el primer velo de
oscuridad.
En ese instante, con un gozo
supremo, enciendo
la luz y me quedo, en lo más
alto,
viendo la tralla que gira, su
periódica oscilación,
la estela de oro y melancolía
sobre la espuma.
Intento, primero, adueñarme de
todo; el cielo algodonado
o profundo como un precipicio
inverso y negro,
la brisa que invada a su antojo
con ráfagas
salobres, los pájaros marinos
que despliegan
sus alas antes de hallar refugio
en el oleaje.
Aquí y allá, con sus fanales,
distingo los botes,
los barcos de pesca, la grandeza
inefable
de la noche constelada que se
entrega sin sueño.
Ese es un tiempo para mí: de
concentración
y de remanso. El faro se desvela
por todos
y yo cuento sin prisa los
segundos de tu ausencia.
He aprendido a vivir en soledad.
Durante el día veo otro mar, el
roquedal,
el lentísimo paso de las
embarcaciones,
el cambiante color del
horizonte.
Y sencillamente, aprovecho para
pintar,
para dibujar aves, la tupida
floresta de los recuerdos,
y para hacer lo que más me
gusta:
escribirte cartas y arrojarlas
al agua
con el deseo de que las recojas
y las leas,
allá donde estés: tierra
adentro, soñando, caminando
o llamando al amor en una
taberna del puerto.
Me imagino que escribes para mí;
«Yo también convoco al amor,
desde la taberna,
asomada a los cristales y al
desorden de los sentidos.
Con los ojos vidriosos, casi
tanto como la lluvia.
De cuando en cuando, salgo al
muelle o a la playa
para recoger todos los pedazos
que llegan a la orilla
y me ayudan, letra a letra, a
reconstruir tu memoria.»
Cuando miro la lejanía, sé
bien que un día
un albatros me traerá tu último
mensaje.
«Vivo contra el olvido. Y me
sobrevivo.»
He aprendido a vivir en soledad
con esa certeza: aún te espero.
Antón Castro
El cazador de ángeles
Olifante Ediciones de Poesía