martes, 21 de mayo de 2024

EN BUSCA DE MI ELEGÍA DE URSULA K. LE GUIN

 






V. FILOSOFÍA Y TEOLOGÍA


EN BUSCA DE MI ELEGÍA



No logro encontrarme donde he estado buscándote,

mi elegía. Hay demasiados cementerios cerca

estos días, demasiados nombres que leer entre lágrimas

en largos muros negros, demasiadas zanjas llenas de huesos.

Y demasiados animales que llorar, borrados de la faz

de la tierra como el vaho de un espejo. Dejaron una

cara, un mero reflejo de sí misma,

la imagen de su imagen imaginada; nada más

nada de lamentos, ni tierra, ni perros, ni elegías.


Ese desierto no es tu sitio. Así que busqué

donde la muerte es vida y los dioses son animales

y el fluye por el ser como fluye el arroyo de la fuente

y a lo largo de los ríos hasta el mar;

¿pero qué hay que llorar, si la vida se traslada a

otra vida? Mejor un rito de iniciación,

una dolorosa, dichosa celebración del cambio,

advertencia y bienvenida para el alma que regresa

sin recordar quién fue, y nosotros no lo sabemos tampoco,

ave marina o niño, salmón o helecho o cervatillo.


Y en el camino óctuple, aunque la compasión se sienta

como en casa, todo el trabajo del dolor

se reduce a inhalar y exhalar las vidas liberadas

del cambio cambio cambio, las que se fueron a ningún sitio

para no hacer más daño al fin, tras tanta angustia.


¿Así que dónde buscar? Solía soñar con subir a lo alto

de las colinas, esos silenciosos montes rojos del amanecer,

para encontrar a tus hermanas, las Lamentaciones; pero ese

es el viaje del héroe. Soy más vieja de lo que un héroe llega

a ser jamás. Mi búsqueda ha de consentir en observar,

sentada pacientemente, asomada a la puerta abierta.


A lo lejos entre las sombras alcanzo a ver a una mujer

que pronuncia un nombre. Aunque no alcanzo a oír su voz

a través de las ruinas de los siglos,

sé lo difícil que era hablar, cómo le dolía la garganta.

En Roma, junto a la pira o la tumba abierta,

solían pronunciar el nombre tres veces, y luego callar.


Un nombre es difícil de decir. ¿Quién leería en voz alta

todos los nombres de ese largo muro? ¿Qué mujer

podría soportar conocer tantos hijos muertos?

Los números son más fáciles. Por eso los hombres de negocios

dicen números, no nombres. La pena no es lo suyo.

Pero creo que puede ser el mío, y si sigo teniendo

un pueblo, lo encontraré llorando.


Mi elegía, tu ropa está pasada de moda.

Te veo pasar junto a mí por un camino en el campo

envuelta en una capa gastada. Tus pasos son lentos,

por un camino que se va oscureciendo a tu espalda.

Al anochecer algunas estrellas brillan pequeñas y

claras como lágrimas

en un oscuro rostro que no es humano. Te seguiré.




Ursula K. Le Guin

En busca de mi elegía

Poesía 1960-2010


Traducción de Andrés Catalán


Nórdica Libros


lunes, 20 de mayo de 2024

FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 






ENTRE el sauce apenas rozado por las aguas y la torre amarilla, el tiempo mira al tiempo y lo devora. El río lleva lento, hacia lo lejos, imágenes sin nombre, rostros muertos, el ritual aciago del adiós. Y tú, pálida sombra, en la cruel ruina de la memoria encuentras todavía fundamento.


(Tubinga, otoño tardío, 1991)



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SE llena a veces el mundo de tristeza.

Los armarios de luna con la imagen de un niño

navegan en la noche.

El viento llora

como animal herido, solo bajo las nubes.

Los blancos lirios de la primavera

nadie podría ahora recordarlos.

Baja

tumultuoso el río

opaco de las sombras.


Piedras. Norte. Estalla

lejos la luz, muy lejos.


Andamos todavía.


(Días de invierno de 1993)



―――――――――――



FLOTAR en la incierta realidad del ser, tentar a ciegas lo improbable, no tener asidero en tanta sombra. Los cuerpos de los ahogados en la mar meditan boca abajo, pero no ven el fondo con los ojos vacíos. El anciano volvió con una antorcha e iluminó los barcos naufragados. Se alzó desde la noche un coro en una lengua imposible de interpretar. Ésta es la verdadera canción, pensaste, y luego te fuiste diluyendo, despacio, muy despacio, en lo no descifrable.


(Nadie)



―――――――――――



Y todos los poemas que he escrito vuelven a mí nocturnos.

Me revelan sus más turbios secretos.

Me conducen por lentos corredores de lenta sombra hacia qué reino oscuro por nadie conocido y cuando ya no puedo volver, me dan la clave del enigma en la pregunta misma sin respuesta que hace nacer la luz de mis pupilas ciegas.


(Centro)




José Ángel Valente

Fragmentos de un libro futuro


Galaxia Gutenberg


sábado, 18 de mayo de 2024

UN FRAGMENTO DE UN DETALLE MENOR DE ADANÍA SHIBLI

 






Se quedó adormilado un tiempo. Abrió los ojos y volvió a mirar en dirección al campamento, que quedaba a su derecha; tendió la mano izquierda hacia la hinchazón del muslo y se la palpó a través del pantalón. Se levantó y echó a andar hacia el sol, alejándose del destacamento. El sol estaba ya muy cerca de la línea del horizonte.

Siguió caminando hacia el oeste hasta que los ruidos procedentes de las tiendas fueron amortiguándose y haciéndose inaudibles. Cuando dejaron de percibirse por completo, se dejó caer en una de las dunas; jadeaba y tenía la garganta llena de saliva. Tomó varias bocanadas profundas de aire, con la vista puesta en la superficie del desierto que se extendía hacia el oeste; evitaba así mirar directamente al disco del sol. Seguía haciendo mucho calor, y eso que casi eran las seis de la tarde.

Poco después se ocultó el sol detrás de las colinas, y sopló una brisa que alivió en alguna medida la pesadez del aire, al tiempo que una estrella comenzaba a titilar por la línea oriental del horizonte. Se puso en pie con esfuerzo y dio media vuelta en dirección al campamento, precedido por aquel astro vespertino. Luego comenzaron a propagarse por el aire los ladridos y aullidos del perro, que se iban haciendo más perceptibles a medida que él avanzaba y la oscuridad del anochecer se extendía por el cielo, apagando el azul. Comenzaba la noche del 12 de agosto de 1949.




Adanía Shibli

Un detalle menor


Traducción de Salvador Peña Martín


Hoja de Lata Editorial


viernes, 17 de mayo de 2024

TEMPESTADE / TEMPESTAD UN POEMA DE MONTSERRAT VILLAR GONZÁLEZ EN LOS ABRAZOS DEL MAR

 





TEMPESTADE


Tras a tempestade,

as redes esténdese

como mortallas nun porto

cuxo son lembra o ouveo

dos lobos ante a tormenta.


A dor incalculable

só se pode comparar

ao volume dun océano enxordecedor

que nos fai vulnerables

a pesar do casco reforzado

dos nosos barcos.


As bágoas

escorregan polas rachas

para unirse ao sal desa marea

que devolveu cadáveres,

corpos entumecidos

e mans sen futuro

que levar á boca.


Todo queda no mar

e no mar os bosques permanecen.


Nas praias, os abrazos dos que finalmente morreron.


Todo se converte en algas,

alimento de novos soños

que se achegan á praia todas as mañas

e nos lembran que os nosos corpos non son eternos.



―――――――――――



TEMPESTAD


Tras la tempestad,

las redes se extienden

como mortajas en un puerto

cuyo sonido recuerda al aullido

de los lobos ante la tormenta.


El dolor incalculable

sólo se puede comparar

al volumen de un océano ensordecedor

que nos hace vulnerables

a pesar del casco reforzado

de nuestros barcos.


Las lágrimas

resbalan por las rocas

para unirse a la sal de esa manera

que devolvió cadáveres,

cuerpos entumecidos

y manos sin futuro

que llevarse a la boca.


Todo queda en el mar

y en el mar los bosques permanecen.


En las playas, los abrazos de los que finalmente murieron.


Todo se convierte en algas,

alimento de nuevos sueños

que se acercan a la playa todas las mañanas

y nos recuerdan que nuestros cuerpos no son eternos.




Montserrat Villar González

Los abrazos del mar / Os abrazos do mar


Prólogo de José León Acosta


Lastura


jueves, 16 de mayo de 2024

UN FRAGMENTO DE LA GUERRA Y EL MUNDO DE VLADIMIR MAYAKOVSKI

 






LA GUERRA Y EL MUNDO 

(FRAGMENTO)



«Gentes,

el pensamiento

tallado por los siglos,

trajo Alemania.»


«Toda

llena de oro hasta las entrañas

India

os trajo regalos.»


«Glorificado seas, hombre,

por los siglos de los siglos vive y glorifícate.»


A todo

ser viviente

gloria,

gloria,

gloria.»


¡Te quedas pasmado!

Y en esto aparezco yo.

Paso con cuidado,

enorme,

torpe.

¡Qué gallardo voy,

con la más brillante

de mis almas incontables!


Paso al lado de los que felicitan,

al lado de los que festejan,

condenado,

no palpites así:

ella viene

al encuentro.


«¡Hola, mi amor!»


Acaricio cada pelo,

rizoso,

dorado.

¿Qué vientos

de que sur

hicieron ese milagro con un corazón enterrado?

Florecen tus ojos,

dos prados.

Retozo en ellos,

niño juguetón.


Alrededor,

reír.


Banderas.

Cien colores.

Pasan.

Encabritados.

Miles.

A través.

Corriendo.

En cada joven pólvora de Marinetti,

en cada anciano sabiduría de Hugo.


A una sonrisa de cien rostros le faltaría labios.

Todos

de casa

a la calle

salid.

Como pelotas de plata

de una capital a otra

lancemos la alegría,

la risa,

el son.


Y no sabes

si es aire,

es flor

o es pájaro.

Canta,

huele

y es variopinto a la vez,

pero esto

enciende las caras como hogueras

y la razón se emborracha como con vino dulce.


No sólo la gente

iluminó

la alegría en las caras:

las fieras currutacas rizaron su toisón,

ayer irritadas,

matando,

aullando,

tumbáronse a los pies.


No se concibe

que navegaron

vomitando muerte:

en las bodegas,

que ya olvidaron la pólvora,

los acorazados

traen a bahías serenas

montones brillantes de baratijas.


¿Quién teme a

las pandillas de cañones?,

¿éstos,

dóciles,

dispararon?

Ellos

ante la casa

en el prado

pacen en paz.


Miren,

no es broma,

no es risa mordaz:

en pleno día

sosegados

en pareja

los reyes pendencieros

pasean vigilados por los hayos.


¡Tierra!,

¿de dónde nos llegó tanto amor?

Imagínate:

allí,

al pie de un árbol,

han visto

a Caín

jugando al ajedrez con Jesús.


¿No lo ves?

¿Entornas los ojos, buscas?

Los ojos son dos ranuras.

Ábrelos.

Mira,

mis ojos

son puertas de un templo abiertas a todos.


¡Gentes!

Queridos,

aborrecidos,

conocidos,

desconocidos,

desfilad en tropel por estas puertas.

Él,

libre,

del cual grito, el hombre, vendrá, creedme, creed.


(1915 - 1916)




Vladimir Mayakovski

Poemas 1913 – 1916


Traducción de José Fernández Sánchez


Prólogo de León Trotsky


Visor


miércoles, 15 de mayo de 2024

DOS POEMAS DE ITZIAR EIZAGIRRE IRURETA EN LABRYS

 






Espasmo




Soy un espasmo del tiempo

océano sin orillas

el aullido contenido de un bestia herida

el sueño malogrado de un ángel ebrio




Verdugo




El más cruel de los verdugos sabrá colocar la daga

en el sitio preciso

de imposible extracción

para que no puedas vivir

pero tampoco morir.




Itziar Eizagirre Irureta

Labrys


Huerga y Fierro Editores


martes, 14 de mayo de 2024

TOLEDO - MADRID - CÓRDOBA UN POEMA DE MIGUEL CASADO EN DESEO DE REALIDAD POESÍA REUNIDA

 





TOLEDO – MADRID – CÓRDOBA


a Roberto Bolaño


TOMO el primer café de la mañana

en la estación de autobuses, mirando

por los cristales del bar; la niebla

va cubriendo la masa del Alcázar,

mientras en la otra orilla del río

la Academia conserva sus contornos

apenas manchados por la luz.

Desde ahí transmitía ayer una emisora

la noche de la Inmaculada,

cuando hacían su puesta de largo

las doncellas: uniformes militares

de gala, vienesas gasas, arañas

pendientes alcanzaba cincuenta años

el baile de Infantería.

Se confunden las fiestas de las vírgenes

con las laicas, y se sumaba la fecha

de la Constitución; vi entonces

imágenes grabadas en Vitoria:

los partidos turnistas y las autoridades

el obispo católico, el ejército

y la Guardia Civil, los jueces

lo celebraban juntos, caras serias,

casi ceñudas. Acababa de hablar

por teléfono con un amigo, de cuando

parecía que su avión estaba cayendo

en picado sobre América, y se abrazaban

él y Carolina y el niño, a oscuras,

entre los gritos: «sentí decía

la realidad, lo espesa que era, ahogaba».

Así iba pasando la noche, también

con niebla en torno a las torres rojas

y entre los cipreses del Taller del Moro.

La democracia tal vez consista

en eso: que ellos continúen haciendo

lo de siempre, mientras nosotros por tolerancia

ya no podamos criticarlo. Pero me doy

cuenta de que no es fácil

saber quiénes son ellos y menos aun nosotros;

desde hace horas estoy rodeado de gente

y no consigo ordenar los plurales.

En el metro, un padre y un hijo negros

me adelantan hablando en castellano;

la proporción de los colores cambia

debajo de la tierra. En la larga cola

de los aseos públicos, casi todos

son ancianos, vamos entrando de uno

en uno. O la mezcla abigarrada

de las palabras en el tren:

la masa de las banales, el corte

de lo asombroso, el abandono estridente

del auricular en un asiento. Atravesamos

un país vacío, saturado de discursos.

Los olivares van poniéndose más húmedos,

perdiéndose más en la niebla según se acercan

los montes; el reloj trae la duda

de si alcanzaremos el sol del sur

antes de que caiga la tarde. Las voces

me devolvían el recuerdo del teléfono:

habló mucho de su estancia en Venezuela,

de las contradicciones de Chávez, de la esperanza

y el pesimismo, «es muy joven», repetía

con extrañeza, y no dejaba de invocar un espacio

común, no solo para él y para mí,

un nosotros que había salido perdiendo

siempre, que volvería a hacerlo tal vez,

pero cuyo uso era posible. Sin embargo,

me confesó que su novela dialogada

por fin se había convertido en un monólogo,

solo de algún él podemos decir yo.

Túnel a túnel, con la presión de los oídos,

van cambiando los árboles: en encinas

los olivos, en pinos las encinas, espectrales

todo entre continuas charcas. Cuando llegaron

caía una llovizna y de aquí proceden

los nombre Caminando-en-bruma,

Viene-en-bruma, Llovizna... Calmar a un niño,

transformar el llanto en cháchara

hasta que la boca vuelva a hacerse llanto,

el padre le sujeta por la cintura.

En las afueras de Córdoba tampoco

hay sol, el viaje languidece

como si en torno hubieran hecho el vacío.

Y ahora leo en Norman O. Brown:

La democracia no tiene monumentos.

No acuña medallas. No lleva la cabeza

de ningún hombre en las monedas.

Es iconoclasta. El sueño

es colectivo, aunque ni siquiera sea posible

conocer a quien sueña. Se detiene el tren,

va a adaptarse al ancho de vía.

Ya contaré el resto del viaje.




Miguel Casado

Deseo de realidad

Poesía reunida


Tusquets