La exactitud arruinó la lluvia
que caía a su antojo
con el fervor inconsciente
de un ala tronchada que no discierne.
Condenado el deseo de control
la quietud anegó la ignorancia
tiernamente escrita a mano
en los cristales del refugio.
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Ya no existen las flores antiguas ni los presentimientos pretéritos
como no existe el adiós de un futuro glorioso.
Yolanda Pérez Herreras
El filo del silencio
La Única Puerta a la Izquierda

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