sábado, 27 de noviembre de 2021

OFICIOS UN POEMA DE HOMBRE DESATORNILLANDO CAMINOS DE ELENA ROMÁN

 

 

 

 

OFICIOS

 

 

 

Alguien se topa con el vacío, suspira y concibe un sendero.

El origen de los caminos es húmedo, y a falta de alquitrán,

alguien los pavimenta con quintales de arenas movedizas

hambrientas de hormigas y otras densidades de la noche

para oscurecer, granulándolo, el camino, fresco aún.

Pero entonces alguien que también colorea calabazas

puntea el camino con guiones pisados, cortos y largos.

Los criadores de formas metálicas exponen sus piezas

a través de un camino que empieza a parecer un cuento.

Alguien atornilla los pies subterráneos del camino

a las manos de lo factible, limitando voluntades.

Y yo, con mi destornillador de siempre, deshago la presión,

aflojo los tornillos un cuarto de vuelta, algo muy leve, lo justo

para que el camino funcione correctamente y a la vez permita

cambiar de ruta a alguien que, en algún momento, advierte

que ese camino no es el suyo, que no debe seguir en él.

Después de mí, el camino está listo para recorrerlo;

espero un poco para ver quién lo transita,

saber quién es ahora, quién, la primera persona.

Me vuelvo a casa, estoy cansado, ya lo he visto:

el último camino fue estrenado por un ratón de campo.

 

 

 

Elena Román

Hombre desatornillando caminos

 

Bermingham 


viernes, 26 de noviembre de 2021

SIETE POEMAS DE LO DE ELLA DE CONCHA GARCÍA

 

 

 

 

2

 

¿Y qué perdura

cuando muera?

Dame lo que tienes

en el recorte del espacio,

ahí,

donde yo.

 

 

 

8

 

Ajeno a mi boca

la calamidad del dicho,

burbujas de intuición

son lo breve que se oculta.

 

 

 

15

 

Lo de ella me aprieta

corro hacia el escondite

merienda y casa revisitada.

Una niña.

Aquella prenda aquí.

 

 

 

27

 

Preguntas, y el aire

de una tarde incrustada

más allá de los vasos

de alcohol,

con los que te retuve.

 

 

 

31

 

Ser tantas contigo

y bailar los raros pasos

que conducen a la cueva

donde recuerdo mi rostro.

 

 

 

33

 

Tu niebla de mujer

trae enseres a mi creencia,

yo, que casi sola,

he creado el mundo.

 

 

 

43

 

El amor ha sido hermoso

todo lo que tengo es un ovillo

y días de porvenir,

lo largo

del pasillo de este nuevo espacio.

 

 

 

Concha García

Lo de ella

 

Icaria editorial


jueves, 25 de noviembre de 2021

A 21 DE MARZO DE 2020 UN POEMA DE SERVICIO DE LAVANDERÍA DE BEGOÑA M. RUEDA

 

 

 

 

A 21 de marzo de 2020

 

 

 

De casa a la lavandería

y de la lavandería a casa, España

hace una semana se declaró en cuarentena

por una pandemia de origen asiático.

Mil noventa fallecidos

y veinte mil contagios más tarde,

yo sigo esperando el autobús

de la siete de la mañana rumbo al hospital,

a las ocho me pongo el uniforme,

a las ocho y cuarto se comienza

a planchar las sábanas, a las nueve y veinte

desayunamos y a las diez

doblamos y empaquetamos las mantas, los camisones, las toallas, los pijamas, los paños de cocina, las batas de cirujano, las batas de los médicos, la ropa de las enfermeras, la ropa del personal de mantenimiento, nos dan la doce y todavía nos quedan cinco carros de sábanas para pasar por la calandra, ahora resulta que la calandra no funciona, se llega el técnico, le hace una chapuza y vuelta a sacar otra lavadora, oye mira han llamado de la cuarta, que necesitan almohadas, y así

trabajando sin guantes ni mascarillas

hasta la tres de la tarde,

hora en la que el autobús

me lleva a casa,

a las tres y media almuerzo,

a las cuatro me echo una siesta,

después me pongo la tele y a las ocho

la gente sale a aplaudir a los balcones

la labor de los médicos y de los enfermeros

pero son pocos los que aplauden

la labor de la mujer que barre y friega el hospital

o la de las que lavamos la ropa de los contagiados

con las manos desnudas.

 

 

 

Begoña M. Rueda

Servicio de lavandería

 

Hiperión


miércoles, 24 de noviembre de 2021

UN FRAGMENTO DE LOS POETAS CUANDO SE EMBORRACHAN PARECEN UNA FAMILIA DE MARTÍN LATORRE Y ELADIO ORTA

 

 

 

 

   Decálogo de recomendaciones:

 

   Primero. No emperrarse en publicar en editoriales de primer orden comercial. Afortunadamente, el comercio poético es de baja intensidad.

   Segundo, Cuidarse de las caídas. Si te subes a una nube poética, procura que cuando caigas lleves el paracaídas a la espalda. Por ejemplo, Si caes en Madrid / que Sevilla aguante el chaparrón / Huelva aminore el resbalón / que Ayamonte te sostenga / y la Isla te duerma en alfombras de camarones alertas a los silbidos de la corriente en las compuertas interiores de los caños. A esto le llama Eladio Orta, base poética.

   Tercero. No mosquearse con los editores cuando te devuelven un libro, con acuse de recibo, agradeciéndote el detalle de haberlo mandado a su editorial, pero, por motivos x, imposible de publicar. Te pasará muchas veces, y alguna vez, con el paso del tiempo, le agradecerás al editor en cuestión el atino poético de devolverte el bodrio putrefacto.

   Cuarto. Escribir sin condicionantes externos. Y solo dejarte llevar por el otro, el que te acompaña en el desvelo. Además, el poeta es un mero traductor.

   Quinto. No escribir para premios, ni para corriente literaria, ni para nadie. Quitarse de la cabeza esas ideas atrayentes de que los premios son la salsa de la poesía.

   Sexto. Nunca pronuncies, Fraguar una carrera literaria. Habla de intentar seguir escribiendo y de tener el cuaderno siempre a mano.

   Séptimo. No contestar por obligación a las cartas de los lectores, o poetas neófitos, o poetas aficionados, o poetas de galaxia superior. El poeta no es un escribidor de cartas. Y por educación deben dejarlo escribir tranquilo. Que nadie se moleste, por favor, yo solo escribí cartas en la santa puta mili. Bueno, si a aquella amalgama de cicatrices garabateadas en el desperfecto de las órdenes impuestas se le podía llamar cartas. El poeta escribe versos, no cartas.

   Octavo. Desechar los tópicos, La infancia, último paraíso, suena mal y A los veintisiete años todo está escrito y vivido, suena a ignorancia.

   Noveno. No escribas para los otros. Escribir para los otros no ayuda a conocerse. Escribir para nadie te compromete.

   Décimo. Nunca cuentes con escribir el libro de tu vida. Nunca lo vas a escribir y, si lo escribes, no te vas a enterar porque ya estarás muerto. Los buenos libros los escriben los muertos. Ya no molestan. Esto sigue mañana.

 

 

 

Martín Latorre / Eladio Orta

Los poetas cuando se emborrachan parecen una familia

 

Ediciones de Baile del Sol


martes, 23 de noviembre de 2021

TERRAZA UN POEMA DE LA CASA DE MI ABUELO DE SAFRIKA

 

  

 

 

TERRAZA

 

 

 

Aquí en la terraza es donde mi abuelo

comió sandía y se tumbó en calzoncillos.

Tenía un bigote negro y vestía pantalones de pata de elefante.

Yo era diminuta, diminuta y por ello inclasificable, con sombrero,

con pendientes de oro.

No sabéis cuanto me amaban.

Hace un rato comprobé

Que las ventanas estaban limpias

y las camas estiradas

tendí la ropa al sol y al rato le di la vuelta para que se secara

más rápido.

Lo cotidiano es compulsivo y encierra cierto espanto

en la grifería, en los pomos.

Nada se de mí, sólo un poco de estos lugares que habito.

Estoy desbordada por anillos y materiales, tengo libros para

morir aplastada entre ellos y un colegio enfrente a la casa.

Después de tantos años de bonanza

tuvimos a un hombre muerto

en su cama.

y un vehículo sin conductor.

 

 

 

Safrika

Patricia R. Calpe

La casa de mi abuelo

 

Planeta Clandestino

 

Ediciones del 4 de Agosto

 

 


lunes, 22 de noviembre de 2021

TRES POEMAS DE TEMPERO DE FERMÍN HERRERO

 

 

 

 

La tarde que se alarga. Nieva. La duración

en mí, que me desprendo y al cabo doy

en todo. Y solo. Aquí o allá

es lo mismo, inmediato. Ahora puedo

ver, alguien me prenuncia, el tiempo

me retiene más salvo que nunca, menos

transcurso, a salvo ya de su condena. Después

de tanta muerte natural, de tanta

pregunta, este consuelo, lo que no mueve

el mundo, la quietud, el olor de la tierra.

 

—HÚRGURA—

 

 

—————————————————

 

 

Después de la riada, bajo el puente, hay

troncos de arbustos, lodo, plásticos, muñecas

y alguna bota suelta, como observo a menudo

con estupor en los arcenes. Más adelante, aneas

y verguizas, se ven hasta culebras, el agua

transparente que sueña el roce de la piedra

y la piedra que se hace guijarro, afila en su memoria

el ruido que traían los ramales de granizo

del nublado. La piedra y el agua. Lo que rueda

y lo que se arrebata. Los chopos hablan en la orilla

 

—CRECIDA—

 

 

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Acabará asomándose el árbol por encima

del muro aunque lo vayan dejando solo

los años y verá la luna llena sobre los almendros

en flor, subiendo desde el horizonte. Y aguantará

el jolgorio de los pájaros en el relumbre

postrero del otoño, dando por bueno

su regocijo en medio de la tristura. Será

justo y querrá que su desánimo sea luz

y mañana. Querrá su altura. La belleza

es tranquila, se ahínca, necesita reposo.

 

—CONJETURA DE BELLEZA—

 

 

 

Fermín Herrero

Tempero

 

Ediciones Hiperión 


sábado, 20 de noviembre de 2021

PRIMER POEMA DEL CANTO UNO DE APÁTRIDA DE ARIADNA G, GARCIA

 

 

 

 

I

 

 

Hubo un día hace tiempo en que soñaste

con un hogar alegre en una tierra

distinta de esta otra en la que vives.

 

Una dulce muchacha me sonríe

agarrada del brazo de su padre.

camina entre los bancos de la iglesia

por las alfombras rojas

que suben al altar,

recubierto de un manto bordado con escudos

y una corona regia.

 

Esta muchacha sabe que es la hora

en que un anillo enlaza lo que el cuerpo

ya había prometido con su entrega.

 

A ella miran nerviosas las familias

presentes en la fiesta de la boda.

 

Esta joven tendrá la casa de sus sueños,

y dos niños pequeños que se duerman

con la simple lectura cada noche

de cuentos en la cama

nada más acostarlos.

 

Pero ignora

las marcas de los puños del marido

en las puertas del baño y la cocina.

 

 

Los escudos raídos.

La corona quemada.

 

Qué lejos queda ahora este banquete,

los besos aplaudidos,

el vino y la ternera.

 

De aquella ingenuidad de tu sonrisa

 

sólo quedan las briznas de estas fotos.

 

 

 

Ariadna G. García

Apátrida

 

Hiperión