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jueves, 7 de agosto de 2025

BUENAS TARDES, JUAN RAMÓN DE PACA AGUIRRE EN LOS MAESTROS CANTORES

 






BUENAS TARDES, JUAN RAMÓN




Era como tú me lo habías contado. Estaba justo donde tú decías. Los pájaros, efectivamente cantaban. Había geranios, rosas, pensamientos. Sonaba el canturreo de los árboles, como si en vez de álamos o chopos fuesen esbeltas casuerinas. Todo tenían un aire de misterio, de ese misterio tenso que difunde lo vivo. Y era todo pequeño, cotidiano, predispuesto a la vida y sus faenas. Vi el sándalo crecer por los rincones y el vuelo remolón de las abejas. Llegaban, apagados, los bronces de Santa Clara y como un eco tu voz adolescente: «¡Qué triste es amarlo, todo, / sin saber lo que se ama!». Pero tú lo supiste, siempre lo supiste. La cantidad de cosas que sabías. Casi nadie ha sabido tanto como tú. Supiste ver y oír como ninguno: los pájaros, los árboles, las fuentes. Tu mirada era un largo pentagrama. Navego entre tus versos mejor que por las olas y respiro más hondo en tus endecasílabos que entre la tibia brisa del oxígeno. Tú en verdad fuiste la criatura afortunada. Tú oíste cantar los pájaros que cantan, tú llegaste a la calle de los marineros, te acercaste a la carbonerilla quemada, a la cojita. Tu batuta dinámica y celeste restituyó a los sordos del oído. Dueño y señor del tiempo y del espacio, encantador de olvidos y nostalgias, todo en ti fue milagro.




Francisca Aguirre

Los maestros cantores


Prólogo de Olvido García Valdés


Calambur


lunes, 7 de diciembre de 2020

TELAR POEMA FINAL DE ÍTACA DE FRANCISCA AGUIRRE

 

 

 

TELAR

 

 

 

Francisca, no debes olvidar

que la última recompensa es la muerte.

 

*

 

Pero tampoco olvides que la muerte

no es más que un atributo de la vida.

 

*

 

¿Quién cuidará de ti cuando el cansancio

ocupe el sitio de tu fortaleza?

 

*

 

Piensa en las veces que entraste en tu vida

como el turista irrumpe en la ciudad:

cualificándola por las reliquias de un pasado.

 

*

 

Tú lloras demasiado, demasiado:

¿no será que sospechas de ti?

 

*

 

Déjale a tu tristeza

el sitio que le corresponde,

pero no le permitas que se arrogue

carácter de moral.

 

*

 

Penélope, ¿qué hacer con lo constante

en el reinado de la ambigüedad?

 

*

 

Piensa en ti misma

como en una insistencia

pero no intentes consumarla.

 

*

 

No te asustes de la voracidad

de los que te aman:

su turno es anterior a los gusanos.

 

*

 

Esos que llamas otros son tu historia

divídete de ti misma y perderás.

 

*

 

¿Quién cuidará de ti cuando se te resbale

el nombre que te oculta?

 

*

 

Francisca Aguirre, acompáñate.

 

 

 

Francisca Aguirre

Ítaca

 

Colección Genealogías

 

Ediciones Tigres de papel


 

lunes, 30 de septiembre de 2019

EL ÚLTIMO MOHICANO UN POEMA DE PACA AGUIRRE




El último mohicano

A mi madre

No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,
comprendo que lo tuve todo.
No teníamos nada, nada
salvo el miedo, el dolor,
el estupor que produce la muerte.

Cuando mataron a mi padre 
nos quedamos en esa zona de vacío
que va de la vida a la muerte,
dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,
como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto.

Ahí nos quedamos,
como peces en una pecera sin agua,
como los atónitos visitantes de un planeta vacío.

Nada teníamos,
aunque también es cierto que ya nada queríamos.
Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí
nos dieron la noticia en el cuarto de aseo
de aquel colegio para hijas de presos políticos.
Había un espejo enorme
y yo vi la palabra muerte crecer dentro de aquel espejo
hasta salir de él
y alojarse en los ojos de mi hermana
como un vapor letal y pestilente.
Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos,
salvo algunas horas de amor
en que Félix y yo éramos dos huérfanos,
y el rostro milagroso de mi hija.
Y nada más tuvimos
durante mucho tiempo.
Pero mamá tuvo menos que nadie.
Mamá quedó como un espejo sin azogue.
Lo perdió todo
salvo un hilo delgado que la unía a nosotras,
y por aquel inconcebible puente
como tres hormiguitas
íbamos y veníamos a su estatua de vidrio
restituyéndole el azogue.
Volvió a nosotras desde el país del hielo
y volvió tan absolutamente
que gracias a ella, nosotras, que nada teníamos
lo tuvimos todo.
Mamá fue nuestro Espasa,
fue nuestro Guerrero del Antifaz,
el País de las Hadas,
la abundancia dentro de la miseria,
nuestro mejor amigo,
nuestro escudo contra los moros,
la enamorada de las bellas artes,
la que hizo posible que papá no muriera,
la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.

Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,
que adoraba los libros,
que no podía vivir sin la música
y que fue amigo de Unamuno.

Cierto que no tuvimos nada,
que muchas veces nos faltaba todo.
Pero aunque algunos días no comimos,
tuvimos una radio para oír a Beethoven,
y un día de reyes de mil novecientos cuarenta y cuatro
mamá y los tíos fueron al Rastro:
nos compraron tres libros:
La cuesta encantada, Nómadas del Norte
y El último mohicano.
Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
Mamá nos trajo El último mohicano
y de la mano de ese indio solitario
entramos en el mundo de lo maravilloso
y lo tuvimos todo para siempre.

Y ya nadie podrá quitárnoslo.



Francisca Aguirre
Trescientes escalones

Lectura de Marta Agudo
Bartleby Editores


domingo, 15 de febrero de 2015

ANATOMÍA E HISTORIA


Noche hotel septiembre de 2014 por Pablo Müller


«…la vida hace daño:
apenas un roce y sangramos.»
Francisca Aguirre

Frente al cuerpo que ocupo, me ocupa,
comparto con la mañana, a la tarde acarreo,
descubro que completar la historia,
un comienzo, un nudo — error — , un desenlace,
como muerte, tantos protagonistas
es el cuerpo que se nos pone tarde,
o tal vez, cada noche, nos mudamos sutiles y distintos.
No sé.
A veces pienso que no soy uno sino varios
que se han sucedido,
no como historia, sino anatomía tal vez.