LA FOTO QUE VIAJÓ A MADAGASCAR
Manolo Díaz Pineda, familia, fotocopia las fotografías y luego las recorta con cuidado. Las introduce en un sobre y las envía por correo. En el dorso explica: Foto enviada a Madagascar por tu aita.
Nunca le conté a Manolo, familia, mi fascinación por la isla malgache. Él es la razón de la misma. Sus cartas con fotos de las misiones interrumpían la cotidiana infancia con promesas de aventuras. Mi madre hablaba de su primo con indisimulado orgullo. El otro día se preguntaba por él, ahora que el olvido es anciano.
En aquella carta, Manolo, me ordenaba que diera a mi padre un abrazo de su parte: «siempre le tuve un gran cariño por los consejos que me daba». Mi padre nos dejó un año después, su memoria cinco antes.
En la fotografía que viajó a Madagascar y volvió a San Sebastián está mi hermano Alberto con una prematura corbata. Mi madre sostiene a mi hermano Eduardo que se nos murió hace ya cuarenta años. Yo con las manos en los bolsillos miro fijamente el mapa que señala la ruta a la gran isla africana.
La edad es una isla. Hoy que cumplo los sesenta y cinco se que he estado al fin en Madagascar.


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