LLORO POR MÍ
HE comprado una caja de madera sin barniz.
En ella guardo un legado emocional para mi hijo:
mi novela
un mechón de mi pelo
algunas fotografías nuestras
un frasco con mi perfume y escribo
el nombre de todas las personas que me importan
de los libros que me gustaron
de las ciudades que visité
incluso mucho antes
de conocer a su padre.
Me viene la calle blanca y azul
de Sidi Bou Said con veinte años.
Lloro porque pienso en él recorriendo mi mapa
mi perímetro.
Costas desaparecidas. Descampados que ya han sido
habitados.
Escribo algunos nombres de mis amigos de Mexico.
Escribo acerca de aquella carretera a los pies del volcán
llena de plataneros y casa de lámina.
Dibujo unas líneas
que desembocan en su nombre
y pogo un círculo los nombres de todos mis abuelos.
Donde nacieron. Los años.
Algunos recuerdos bonitos sobre mis padres
y mi hermana.
Calles. Restaurantes donde comimos. Escuelas. Conciertos
a los que fui.
Fondo abisal de mi vida.
Grabo una lista de canciones
que me recuerdan a nosotros dos.
A aquellos meses detenidos
en un tiempo feliz de terror y de leche.
La alerta primitiva.
Meto el cuaderno donde anoté las frases que decía
cuando aprendió a hablar.
Descompongo mi identidad
en cuatro objetos imprecisos.
Indoloros.
Escribo: te quiero más que a nadie.
Hoy más que nunca. Que a nadie.
Y lloro por mí.
Por si acaso.
Aroa Moreno Durán
Todavía una noche
Tusquets

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