Ni tu parte del dolor
Ni tu parte del dolor
que un día fue tan nuestro te has llevado.
Lo criamos, ¿recuerdas? Se fue haciendo más grande
en nuestro nido. Con paciencia le observábamos crecer,
lo alimentamos.
Flotaba entre nosotros libremente,
soñábamos con él, elegimos para él
su forma y nombre.
Si al menos el dolor compartieras conmigo,
tendría de qué hablarte.
Ahora ya no existe nada compartido, esto es,
no nos existe nada. Ahora lo que es mío,
queda de un lado que para ti está en la sombra,
igual que lo tuyo me es negado por la luz
y la velocidad con la que ocurren las miserias
me hacen imposible seguirte.
Lo acuno ahora yo sola.
Es silencioso el dolor, no hace preguntas
pero todo lo observa como un niño curioso,
y con sus manos diminutas acerca su rostro al mío,
y su aliento cae sobre mi piel
como una ráfaga.
Tal vez otras amantes, con las que ahora
me entretengo y después me dejan triste,
porque nunca son tú,
sientan el dolor con el que cargo, las aleje.
Tampoco sé si crecerá,
o como a mí solo le queda ir menguando,
disolverse, ser polvo,
para dentro de unos años, cuando el dolor
tampoco sea ya mío, y pertenezca solo a la memoria,
pasa sobre él mi dedo
y nada ocurra.
María Paz Otero
Las cosas por su nombre
Hiperión

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