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Hijos del trabajo
No tengo la voz de los que me precedieron…
Ni en la nuestra o en las otras lenguas de la soledad…
No soy el viejo Whitman ni Adrienne Rich
Ni mucho menos aún el trágico y sincero Vladimiro: no tengo la mirada
De Kollintai…
Tampoco tengo la gracia para la pedagogía del viejo Bertolt
Ni la paciencia del compasivo Weiss o de la invencible Rosa…
Y que decir del carisma del camarada Miguel o de la camarada Teresa
Tampoco gozo del magisterio profético de don Antonio…
No impostaré jamás sus voces: ni la de un Salvat-Papesseit
O la de los humildes Leiras o Salvacochea: ni la tierna aguda dureza
De Blas o Gabriel o Ángela…
Pero debajo de esos sucios glaucos celajes de percalina
sobre las aceras
o bajo los puentes: en los túneles de la ciudad de la servidumbre
Aun os amo lo suficiente como para deciros (justo antes
de odiaros irremediablemente…) que ahora
[antes del fin sin más dilación
os abracéis a un árbol: que cerréis los ojos
y que busquéis
la puerta abierta del tiempo infinito…
Y que no olvidéis los sueños…
Los sueños abrazadlos también: los necesitaremos...
Matías Escalera Cordero
Réquiem y exaltación
Lastura

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