POCO A POCO HUNDIREMOS EL ARCA DE NOÉ
Hay animales muertos pegados al asfalto.
Son seres despojados del latido
y del hábitat,
seres ejecutados por la prisa
de otros seres con alma de alquitrán
―poco a poco hundiremos
el arca de Noé―.
Suena un claxon estridente.
Lo ignoran los oídos saturados
de los hombres y las bestias.
Ya nadie escucha.
El claxon predica en el desierto.
Hubo arboleda donde hay autopista;
solo quedan carriles,
líneas continuas,
señales, prohibiciones
que recuerdan las reglas del juego
―matar no está prohibido―.
Hay animales muertos pegados al asfalto.
Son seres transmutados
en trozos de carne inerte,
carne olvidada,
carne que a nadie preocupa,
carne que nadie retira
ni siquiera
hacia el arcén.
No queda tiempo para velatorios
―el botón de la pausa murió―.
Un olor putrefacto
emana del asfalto.
Las horas punta
se volvieron aún más
malolientes, si cabe.
Colapsos, atascos
frenando a los vehículos
pero no a lo frenético.
Hoy, todo es estruendoso.
Ya nadie escucha.
Ya nadie huele.
David G. Lago
Animalicémonos
Prólogo de Pedro Alberto Cruz
Epílogo de Celia Corral Cañas
Boria Ediciones

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