viernes, 13 de enero de 2017

PUESTO DE CONTROL DE BELÉN UN POEMA DE ROBIN MYERS





 
Puesto de control de Belén

 

«Yo no soy como tú: para una voz

yo sólo tengo un cuerpo»

Louise Glück

 

El soldado se hace el muerto. Miles

de hombres se apiñan en los tornos.

¿Quién se piensa que es?

¿Morirse ahí, en su puesto,

en hora punta,

a la vista de todos?

Él cree que está muerto.

Los hombres, indignados,

se aferran a las barras

esperando su turno.

El soldado murió

con los brazos extendidos

a lo largo de la mesa,

un gesto repentino congelado

en la testarudez

del rigor mortis.

Los hombres se apoderan de su lengua

y gritan

y lo insultan en la de ellos.

Él carece de lengua,

no tiene ojos.

Tiene una calavera que se pudre

adentro de su gorra.

Los hombres despotrican e intentan persuadir

y se cansan y escupen y patean los barrotes

como costillas.

Crecen.

La fila se despliega hasta adentrarse

en las entrañas de la tierra.

El sol se eleva.

Más encumbrado, hasta en la muerte,

que el propio sol, sabe el soldado

que la muerte no alcanza,

que también va a pasar,

que exige un tipo de consentimiento

más absoluto

de lo que su rango

podría pretender.

Y sin embargo, mientras está aquí

se siente bendecido,

no sirve para nada,

no es hombre ni palabra,

un fantasma y un huérfano,

irresponsable.

despojado;

si no absuelto,

al menos eximido.

Hasta que:

 

¡Hijo de puta!

 

De repente, un milagro.

Una infracción,

una respiración,

entendimiento:

el soldado oye,

el soldado se mueve,

el soldado levanta la cabeza.

Y levanta la mano.

Y una vez más

junta los cinco dedos

de una forma

que sus huesos recuerdan, apretados

según las órdenes reflejas

de su hogar terrenal,

un gesto que, de todos modos.

articula la jerga

preciosa de su paraíso.

 

¡Esperen!

 

Y se muere otra vez.

 

Robin Myers – lo demás - Kriller71ediciones

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