miércoles, 1 de mayo de 2013

NO PUEDO VER SUBIR UN NIÑO A UN BARCO





El verano del 95 en la ciudad de Mostar tuvo más de tres meses: no había escuela para terminarlo. Por eso montaron a los niños en un autobús en Ulica maršala Tita. Como despedida desde el monte los morteros saludaron con su eco de muerte. Puedo contarlo. Estaba allí. Un niño marcha de la ciudad donde su familia queda  y es la explosión la que le dice adiós, ¿qué miedo acompañará el resto de sus viajes?

Dos kilómetros después el autobús tuvo que parar porque llevaba el escudo equivocado en la matrícula. Los niños bajaron a la espera del transporte correcto. Mientras los chetniks serbios dispararon sus granadas de despedida. Un soldado azul me dijo que no los invitaba a entrar en el refugio porque igual se asustaban más. Puedo contarlo. Estaba allí.
Los niños de Mostar desayunaban miedo.
Tres horas hasta el puerto de Split y los niños subieron a un barco rumbo a Ancona.
Después vomité el desgarro y me emborraché con rabia.




Mi padre subió a los tres años a El Habana en el verano del 37 en Bilbao huyendo de las bombas de la legión Condor nazi. El padre de mi padre recorría unas semanas antes las calles vacías de Gernika, donde había crecido, arrasada por el fuego de las bombas.
No puedo ver subir un niño a un barco.
 
 

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