Esa línea está muerta.
Así solía regañarme, con una voz cálida, irrebatible precisamente por su calidez. Yo, que había trazado esa línea muerta, que había estado muerta mientras trazaba esa línea, lo miraba a los ojos, a aquellos ojos increíblemente vivos. Sin decir una palabra, ambos apartábamos la mirada de aquellos fugaces instantes de terror y plenitud extremos, mezclados con miedo y dolor.
«Lo sé -había dicho Inju-. Sé lo de vosotros dos, lo sé todo».
¿Qué sabía y hasta qué punto? ¿Sabía cuán difíciles y lentos habían sido los inicios? ¿Sabía lo tímidos y apasionados que habíamos sido los últimos diez días? ¿Sabía que nos besábamos sin cesar en medio del taller a oscuras, como un par de pájaros que se buscan las partes más blandas, como frotando una cerilla con mano temblorosa para que saltara la chispa?
Había momentos en que no podía creerlo. Más bien, no lo creí nunca. No podía creer que de la nada hubiera nacido todo; que nuestros corazones, que latían con furia, estuvieran en realidad vacíos, que nuestros labios secos, las manos temblorosas y nuestras mejillas, calientes como la corteza del pan recién sacado del horno, eran algo que nunca existiría, que no existía incluso antes de desaparecer. Todo eso era una nada, como el último instante de un sueño oscuro.
Han Kang
Tinta y sangre
Traducción de Sunme Yoon
Random House









